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«CARTA “PLACUIT DEO”», la salvación cristiana

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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. IV. Punto 9»

Notapor esoto » 13 Mar 2018 08:55

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IV. CRISTO,
SALVADOR
Y SALVACIÓN

9. La fe cristiana, a través
de su tradición centenaria,
ha ilustrado, a través
de muchas figuras,
esta obra salvadora
del Hijo encarnado.


Lo ha hecho sin nunca separar
el aspecto curativo de la salvación,
por el que Cristo nos rescata del pecado,
del aspecto edificante, por el cual
Él nos hace hijos de Dios,
partícipes de su naturaleza divina
(cf. 2 P 1, 4).

Teniendo en cuenta
la perspectiva salvífica
que desciende
(de Dios que viene
a rescatar a los hombres),
Jesús es iluminador y revelador,
redentor y liberador,
el que diviniza
al hombre
y lo justifica.

Asumiendo la perspectiva ascendiente
(desde los hombres que acuden a Dios),
Él es el que, como Sumo Sacerdote
de la Nueva Alianza, ofrece al Padre,
en el nombre de los hombres,
el culto perfecto: se sacrifica,
expía los pecados
y permanece siempre vivo
para interceder a nuestro favor.

De esta manera aparece,
en la vida de Jesús,
una admirable sinergia
de la acción divina
con la acción humana,
que muestra la falta de fundamento
de la perspectiva individualista.

Por un lado, de hecho,
el sentido descendiente
testimonia la primacía absoluta
de la acción gratuita de Dios;
la humildad para recibir
los dones de Dios,
antes de cualquier
acción nuestra,
es esencial para
poder responder
a su amor salvífico.

Por otra parte,
el sentido ascendiente
nos recuerda que,
por la acción humana
plenamente de su Hijo,
el Padre ha querido
regenerar nuestras acciones,
de modo que,
asimilados a Cristo,
podamos hacer
«buenas obras,
que Dios preparó
de antemano
para que
las practicáramos»
(Ef 2, 10).
Última edición por esoto el 15 Mar 2018 14:04, editado 1 vez en total
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esoto
 
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. IV. Punto 10»

Notapor esoto » 14 Mar 2018 16:48

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IV. CRISTO,
SALVADOR
Y SALVACIÓN

10. Está claro, además,
que la salvación que Jesús
ha traído en su propia persona
no ocurre solo de
manera interior.

De hecho, para
poder comunicar
a cada persona
la comunión
salvífica con Dios,
el Hijo se ha
hecho carne
(cf. Jn 1, 14).

Es precisamente
asumiendo la carne
(cf. Rm 8, 3; Hb 2, 14: 1 Jn 4, 2),
naciendo de una mujer
(cf. Ga 4, 4),
que «se hizo
el Hijo de Dios
Hijo del Hombre»
[San Ireneo,
Adversus haereses, III 19, 1:
Sources Chrétiennes, 211, 374.]
y nuestro hermano
(cf. Hb 2, 14).

Así, en la medida en que Él
ha entrado a formar parte
de la familia humana,
«se ha unido, en cierto modo,
con todo hombre»
[Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past.
Gaudium et spes, n. 22.]
y ha establecido un nuevo orden
de relaciones con Dios, su Padre,
y con todos los hombres,
en quienes podemos ser incorporado
para participar a su propia vida.

En consecuencia,
la asunción de la carne,
lejos de limitar la acción
salvadora de Cristo,
le permite mediar
concretamente
la salvación de Dios
para todos los hijos de Adán.
Última edición por esoto el 17 Mar 2018 16:38, editado 1 vez en total
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. V. Punto 11»

Notapor esoto » 15 Mar 2018 14:11

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IV. CRISTO,
SALVADOR
Y SALVACIÓN

11. En conclusión, para responder,
tanto al reduccionismo individualista
de tendencia pelagiana,
como al reduccionismo neo-gnóstico
que promete una liberación
meramente interior,
es necesario recordar la forma
en que Jesús es Salvador.

No se ha limitado a mostrarnos
el camino para encontrar a Dios,
un camino que podríamos
seguir por nuestra cuenta,
obedeciendo sus palabras
e imitando su ejemplo.

Cristo, más bien, para abrirnos
la puerta de la liberación,
se ha convertido Él mismo
en el camino:
«Yo soy el camino»
(Jn 14, 6)
[Cf. San Agustín,
Tractatus in Ioannem, 13, 4:
Corpus Christianorum, 36, 132:
«Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida (Jn 14, 6).

Si buscas la verdad,
mantén el camino,
porque el Camino
es el mismo
que la Verdad.

Ella en persona es adónde vas,
ella en persona es por donde vas;
no vas por una realidad a otra,
no vienes a Cristo por otra cosa;
por Cristo vienes a Cristo.

¿Cómo «por Cristo a Cristo»?

Por Cristo hombre a Cristo Dios;
por la Palabra hecha carne
a la Palabra que en el principio
era Dios en Dios».].

Además, este camino no es
un camino meramente interno,
al margen de nuestras relaciones
con los demás y
con el mundo creado.

Por el contrario,
Jesús nos ha dado un
«camino nuevo y
viviente que Él nos abrió
a través del velo del Templo,
que es su carne»
(Hb 10,20).

En resumen,
Cristo es Salvador
porque ha asumido
nuestra humanidad integral
y vivió una vida humana plena,
en comunión con el Padre
y con los hermanos.

La salvación consiste en
incorporarnos a nosotros mismos
en su vida, recibiendo su Espíritu
(cf. 1 Jn 4, 13).

Así se ha convirtió
«en cierto modo,
en el principio
de toda gracia
según la humanidad»
[Santo Tomás de Aquino,
Quaestio de veritate,
q. 29, a. 5, co.].

Él es, al mismo tiempo,
el Salvador y la Salvación.
Última edición por esoto el 17 Mar 2018 16:37, editado 1 vez en total
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esoto
 
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. V. Punto 12»

Notapor esoto » 16 Mar 2018 13:38

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V. LA SALVACIÓN EN LA IGLESIA,
CUERPO DE CRISTO

12. El lugar donde recibimos
la salvación traída
por Jesús es la Iglesia,

comunidad de aquellos que,
habiendo sido incorporados
al nuevo orden de relaciones
inaugurado por Cristo,
pueden recibir la plenitud
del Espíritu de Cristo
(Rm 8, 9).

Comprender esta mediación
salvífica de la Iglesia
es una ayuda esencial
para superar cualquier
tendencia reduccionista.

La salvación que Dios
nos ofrece, de hecho,
no se consigue sólo con
las fuerzas individuales,
como indica
el neo-pelagianismo,
sino a través de
las relaciones que surgen
del Hijo de Dios encarnado
y que forman la comunión
de la Iglesia.

Además, dado que la gracia
que Cristo nos da no es,
como pretende
la visión neo-gnóstica,
una salvación puramente interior,
sino que nos introduce
en las relaciones concretas
que Él mismo vivió,
la Iglesia es una comunidad visible:
en ella tocamos el carne de Jesús,
singularmente en los hermanos
más pobres y más sufridos.

En resumen, la mediación
salvífica de la Iglesia,
«sacramento
universal
de salvación»
[Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm.
Lumen gentium, n. 48.],
nos asegura que la salvación
no consiste en la autorrealización
del individuo aislado, ni tampoco
en su fusión interior con el divino,
sino en la incorporación
en una comunión de personas
que participa en
la comunión de la Trinidad.
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esoto
 
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Re: «CARTA “PLACUIT DEO” Cap. V. Punto 13»

Notapor Montemar » 16 Mar 2018 16:25

¡¡¡¡UN MONTÓN DE GRACIAS, AMIGO esoto!!!!


En conclusión, para responder,
tanto al reduccionismo individualista
de tendencia pelagiana,
como al reduccionismo neo-gnóstico
que promete una liberación
meramente interior,
es necesario recordar la forma
en que Jesús es Salvador…..

…..
La fe confiesa, por el contrario,
que somos salvados por el bautismo,
que nos da el carácter indeleble
de pertenencia a Cristo y a la Iglesia,
del cual deriva la transformación
de nuestro modo concreto
de vivir las relaciones con Dios,
con los hombres
y con la creación
(cf. Mt 28, 19)."
Montemar

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Señor, que sepa vivir abrazada al Evangelio.
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. V. Punto 13»

Notapor esoto » 17 Mar 2018 16:45

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V. LA SALVACIÓN EN LA IGLESIA,
CUERPO DE CRISTO

13. Tanto la visión individualista
como la meramente interior
de la salvación
contradicen también
la economía sacramental
a través de la cual
Dios ha querido salvar
a la persona humana.

La participación, en la Iglesia,
al nuevo orden de relaciones
inaugurado por Jesús sucede
a través de los sacramentos,
entre los cuales
el bautismo
es la puerta
[Cf. Santo Tomás de Aquino,
Summa theologiae, III, q. 63, a. 3.],
y la Eucaristía,
la fuente y cumbre
[Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Cost. dogm. Lumen gentium, n. 11;
Cost. dogm. Sacrosanctum Concilium, n. 10.].

Así vemos, por un lado,
la inconsistencia de
las pretensiones
de auto-salvación,
que solo cuentan con
las fuerzas humanas.

La fe confiesa, por el contrario,
que somos salvados por el bautismo,
que nos da el carácter indeleble
de pertenencia a Cristo y a la Iglesia,
del cual deriva la transformación
de nuestro modo concreto
de vivir las relaciones con Dios,
con los hombres
y con la creación
(cf. Mt 28, 19).

Así, limpiados
del pecado original
y de todo pecado,
estamos llamados
a una vida nueva existencia
conforme a Cristo
(cf. Rm 6, 4).

Con la gracia de
los siete sacramentos,
los creyentes crecen
y se regeneran
continuamente,
especialmente cuando
el camino se vuelve
más difícil
y no faltan
las caídas.

Cuando, pecando,
abandonan
su amor a Cristo,
pueden ser
reintroducidos,
a través del
sacramento de
la Penitencia,
en el orden de
las relaciones
inaugurado
por Jesús,
para caminar
como ha caminado Él
(cf. 1 Jn 2, 6).

De esta manera,
miramos con esperanza
el juicio final,
en el que se juzgará
a cada persona en
la realidad de su amor
(cf. Rm 13, 8-10),
especialmente para
los más débiles
(cf. Mt 25, 31-46).
Última edición por esoto el 18 Mar 2018 18:49, editado 1 vez en total
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. V. Punto 14»

Notapor esoto » 18 Mar 2018 18:48

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V. LA SALVACIÓN EN LA IGLESIA,
CUERPO DE CRISTO

14. La economía salvífica sacramental
también se opone a las tendencias
que proponen una salvación
meramente interior.


El gnosticismo, de hecho,
se asocia con
una mirada negativa
en el orden creado,
comprendido
como limitación
de la libertad absoluta
del espíritu humano.


Como consecuencia,
la salvación es vista
como la liberación del cuerpo
y de las relaciones concretas
en las que vive la persona.


En cuanto somos salvados, en cambio,
«por la oblación del cuerpo de Jesucristo»
(Hb 10, 10; cf. Col 1, 22),
la verdadera salvación,
lejos de ser liberación del cuerpo,
también incluye su santificación
(cf. Ro 12, 1).


El cuerpo humano ha sido modelado por Dios,
quien ha inscrito en él un lenguaje
que invita a la persona humana
a reconocer los dones del Creador
y a vivir en comunión con los hermanos
[Cf. Francisco, Carta enc. Laudato si’
(24 de mayo de 2015), n. 155,
AAS 107 (2015), 909-910.].


El Salvador ha restablecido y renovado,
con su Encarnación y su misterio pascual,
este lenguaje originario
y nos lo ha comunicado
en la economía corporal
de los sacramentos.


Gracias a los sacramentos,
los cristianos pueden vivir
en fidelidad a la carne de Cristo
y, en consecuencia,
en fidelidad al orden concreto
de relaciones que Él nos ha dado.


Este orden de relaciones requiere,
de manera especial, el cuidado
de la humanidad sufriente
de todos los hombres,
a través de las obras
de misericordia
corporales
y espirituales
[Cf. Id., Carta apost.
Misericordia et misera
(20 de noviembre de 2016), n. 20:
AAS 108 (2016), 1325-1326.].
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. VI. Punto 15»

Notapor esoto » 20 Mar 2018 09:18

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VI. CONCLUSIÓN:
COMUNICAR LA FE,
ESPERANDO AL SALVADOR

15. La conciencia de la vida plena
en la que Jesús Salvador nos introduce
empuja a los cristianos a la misión,
para anunciar a todos los hombres
el gozo y la luz del Evangelio

[Cf. Juan Pablo II,
Carta enc. Redemptoris missio
(7 de diciembre de 1990), n. 40:
AAS 83 (1991), 287-288;
Francisco, Exhort. apost.
Evangelii gaudium, nn. 9-13:
AAS 105 (2013), 1022-1025.].


En este esfuerzo también estarán listos
para establecer un diálogo sincero y
constructivo con creyentes de otras religiones,
en la confianza de que Dios
puede conducir a la salvación en Cristo
a «todos los hombres de buena voluntad,
en cuyo corazón obra la gracia»
[Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past.
Gaudium et spes, n. 22].


Mientras se dedica
con todas sus fuerzas
a la evangelización,
la Iglesia continúa a
invocar la venida
definitiva del Salvador,
ya que «en esperanza
estamos salvados»
(Rm 8,24).

La salvación del hombre
se realizará solamente cuando,
después de haber conquistado
al último enemigo,
la muerte
(cf. 1 Co 15, 26),
participaremos plenamente
en la gloria de Jesús resucitado,
que llevará a plenitud
nuestra relación con Dios,
con los hermanos y
con toda la creación.


La salvación integral
del alma y del cuerpo
es el destino final al que Dios
llama a todos los hombres.


Fundados en la fe,
sostenidos por la esperanza,
trabajando en la caridad,
siguiendo el ejemplo
de María, la Madre del Salvador
y la primera de los salvados,
estamos seguros de que
«somos ciudadanos del cielo,
y esperamos ardientemente
que venga de allí como
Salvador el Señor Jesucristo.


El transformará nuestro pobre cuerpo mortal,
haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso,
con el poder que tiene para poner
todas las cosas bajo su dominio»
(Flp 3,20-21).
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