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«CARTA “PLACUIT DEO”», la salvación cristiana

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«CARTA “PLACUIT DEO”», la salvación cristiana

Notapor esoto » 04 Mar 2018 12:53

«CARTA “PLACUIT DEO”»

«Sobre algunos aspectos de la salvación cristiana»

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Carta «Placuit Deo»
a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

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I. INTRODUCCIÓN

1. «Dispuso Dios
en su sabiduría
revelarse a Sí mismo
y dar a conocer el misterio
de su voluntad
(cf. Ef 1, 9),
mediante el cual los hombres,
por medio de Cristo,
Verbo encarnado,
tienen acceso al Padre
en el Espíritu Santo
y se hacen consortes
de la naturaleza divina
(cf. Ef 2, 18; 2 P 1, 4).

…/…

Pero la verdad íntima
acerca de Dios y acerca
de la salvación humana
se nos manifiesta por
la revelación en Cristo,
que es a un tiempo
mediador y plenitud
de toda la revelación»
(Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Dei Verbum, n. 2.).

La enseñanza sobre
la salvación en Cristo
requiere siempre ser
profundizada nuevamente.

Manteniendo fija
la mirada en
el Señor Jesús,
la Iglesia se dirige
con amor materno
a todos los hombres,
para anunciarles todo
el designio de
la Alianza del Padre que,
a través del Espíritu Santo,
quiere «recapitular en Cristo
todas las cosas»
(cf. Ef 1,1 0).

La presente Carta
pretende resaltar,
en el surco de
la gran tradición de la fe
y con particular referencia
a la enseñanza
del Papa Francisco,
algunos aspectos
de la salvación cristiana
que hoy pueden ser
difíciles de comprender
debido a las recientes
transformaciones
culturales.

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II. EL IMPACTO DE
LAS TRANSFORMACIONES
CULTURALES DE HOY
EN EL SIGNIFICADO DE
LA SALVACIÓN CRISTIANA

2. El mundo contemporáneo percibe
no sin dificultad la confesión
de la fe cristiana,
que proclama a Jesús
como el único Salvador
de toda el hombre y
de toda la humanidad

(cf. Hch 4, 12; Rm 3, 23-24;
1 Tm 2, 4-5; Tt 2, 11-15)
(Cf. Congregación para
la Doctrina de la Fe,
Decl. Dominus Iesus
(6 de agosto del 2000),
nn. 5-8: AAS 92 (2000),
745-749.).

Por un lado, el individualismo
centrado en el sujeto autónomo
tiende a ver al hombre
como un ser cuya realización
depende únicamente
de su fuerza.
(Cf. Francisco,
Exhort. apost.
Evangelii gaudium
(24 de noviembre de 2013),
n. 67: AAS 105 (2013), 1048.).

En esta visión, la figura de Cristo
corresponde más a un modelo
que inspira acciones generosas,
con sus palabras y gestos,
que a Aquel que transforma
la condición humana,
incorporándonos en
una nueva existencia
reconciliada con el Padre
y entre nosotros
a través del Espíritu
(cf. 2 Co 5, 19; Ef 2, 18).

Por otro lado,
se extiende la visión
de una salvación
meramente interior,
la cual tal vez suscite
una fuerte convicción personal,
o un sentimiento intenso,
de estar unidos a Dios,
pero no llega a asumir,
sanar y renovar
nuestras relaciones
con los demás y con
el mundo creado.

Desde esta perspectiva,
se hace difícil comprender
el significado de
la Encarnación del Verbo,
por la cual se convirtió
miembro de la familia humana,
asumiendo nuestra carne
y nuestra historia,
por nosotros los hombres y
por nuestra salvación.

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3. El Santo Padre Francisco,
en su magisterio ordinario,
se ha referido a menudo
a dos tendencias que
representan las dos desviaciones
que acabamos de mencionar
y que en algunos aspectos
se asemejan a dos antiguas herejías:
el pelagianismo y
el gnosticismo

(Cf. Id., Carta enc. Lumen fidei
(29 de junio de 2013), n. 47:
AAS 105 (2013), 586-587;
Exhort. apost.
Evangelii gaudium, nn. 93-94:
AAS (2013), 1059;
Encuentro con los participantes
en el V Congreso de
la Iglesia Italiana, Florencia
(10 de noviembre de 2015):
AAS 107 (2015), 1287.)

En nuestros tiempos,
prolifera una especia de
neo-pelagianismo
para el cual el individuo,
radicalmente autónomo,
pretende salvarse a sí mismo,
sin reconocer que depende,
en lo más profundo de su ser,
de Dios y de los demás.

La salvación es entonces confiada
a las fuerzas del individuo,
o las estructuras puramente humanas,
incapaces de acoger la novedad
del Espíritu de Dios
(Cf. Id., Encuentro con
los participantes en el
V Congreso de la Iglesia
Italiana, Florencia
(10 de noviembre de 2015):
AAS 107 (2015), 1288.)

Un cierto neo-gnosticismo, por su parte,
presenta una salvación meramente interior,
encerrada en el subjetivismo
(Cf. Id., Exhort. apost.
Evangelii gaudium,
n. 94: AAS 105 (2013), 1059:
«la fascinación del gnosticismo,
una fe encerrada en el subjetivismo,
donde sólo interesa
una determinada experiencia
o una serie de razonamientos
y conocimientos que
supuestamente
reconfortan e iluminan,
pero en definitiva
el sujeto queda clausurado
en la inmanencia de su
propia razón o de sus sentimientos»;
Consejo Pontificio de la Cultura
–– Consejo Pontificio para
el Diálogo Interreligioso,
Jesucristo, portador
del agua de la vida.
Una reflexión cristiana
sobre la “Nueva Era”
(enero de 2003),
Ciudad del Vaticano 2003.)
que consiste en elevarse
«con el intelecto hasta
los misterios de la divinidad
desconocida»
(Francisco, Carta. enc. Lumen fidei,
n. 47: AAS 105 (2013), 586-587.)

Se pretende, de esta forma,
liberar a la persona del cuerpo
y del cosmos material,
en los cuales ya no se descubren
las huellas de la mano
providente del Creador,
sino que ve sólo
una realidad sin sentido,
ajena de la identidad última
de la persona,
y manipulable
de acuerdo con
los intereses
del hombre
(Cf. Id., Discurso del
Santo Padre Francisco
a los participantes en
la peregrinación de
la diócesis de Brescia
(22 de junio de 2013):
AAS 95 (2013), 627:
«en este mundo donde
se niega al hombre,
donde se prefiere caminar
por la senda del gnosticismo, …
del “nada de carne”
—un Dios que
no se hizo carne».) 

Por otro lado, está claro que
la comparación con las herejías
pelagiana y gnóstica
solo se refiere a rasgos
generales comunes,
sin entrar en juicios
sobre la naturaleza exacta
de los antiguos errores.

De hecho, la diferencia
entre el contexto histórico
secularizado de hoy y
el de los primeros
siglos cristianos,
en el que nacieron
estas herejías,
es grande
(Según la herejía pelagiana,
desarrollada durante el siglo V
alrededor de Pelagio,
el hombre, para cumplir
los mandamientos de Dios
y ser salvado,
necesita de la gracia
solo como una
ayuda externa
a su libertad
(a manera de luz,
ejemplo, fuerza),
pero no como
una curación
y regeneración radical
de la libertad,
sin mérito previo,
para que pueda
hacer el bien
y alcanzar
la vida eterna.

Más complejo es
el movimiento gnóstico,
que surgió en los siglos I y II,
y que tiene formas
muy diferentes entre ellas.

En general, los gnósticos
creían que la salvación
se obtiene a través de
un conocimiento
esotérico o “gnosis”.

Esta gnosis revela al gnóstico
su verdadera esencia, es decir,
una chispa del Espíritu divino
que reside en su interioridad,
que debe ser liberada del cuerpo,
ajeno a su verdadera humanidad.

Sólo de esta manera
el gnóstico regresa
a su ser original en Dios,
del cual se había alejado
debido a una caída
primordial).

Sin embargo, en la medida en que
el gnosticismo y el pelagianismo
son peligros perennes de
una errada comprensión
de la fe bíblica,
es posible encontrar
cierta familiaridad
con los movimientos
contemporáneos apenas
descritos.

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4. Tanto el individualismo neo-pelagiano
como el desprecio neo-gnóstico del cuerpo
deforman la confesión de fe en Cristo,
el Salvador único y universal.


¿Cómo podría Cristo mediar en
la Alianza de toda la familia humana,
si el hombre fuera un individuo aislado,
que se autorrealiza con sus propias fuerzas,
como lo propone el neo-pelagianismo?

¿Y cómo podría llegar la salvación
a través de la Encarnación de Jesús,
su vida, muerte y resurrección
en su verdadero cuerpo,
si lo que importa solamente
es liberar la interioridad del hombre
de las limitaciones del cuerpo y la materia,
según la nueva visión neo-gnóstica?

Frente a estas tendencias,
la presente Carta desea
reafirmar que la salvación
consiste en nuestra unión con Cristo,
quien, con su Encarnación,
vida, muerte y resurrección,
ha generado un nuevo orden
de relaciones con el Padre
y entre los hombres,
y nos ha introducido
en este orden gracias
al don de su Espíritu,
para que podamos
unirnos al Padre como
hijos en el Hijo,
y convertirnos en
un solo cuerpo en
el «primogénito entre
muchos hermanos»
(Rm 8,29).

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III. ASPIRACIÓN HUMANA
A LA SALVACIÓN

5. El hombre se percibe a sí mismo,
directa o indirectamente,
como un enigma:


¿Quién soy yo que existo,
pero no tengo en mí
el principio de mi existir?

Cada persona, a su modo,
busca la felicidad,
e intenta alcanzarla
recurriendo a los recursos
que tiene a disposición.

Sin embargo, esta
aspiración universal
no necesariamente
se expresa o se declara;
más bien, es más secreta
y oculta de lo que parece,
y está lista para revelarse
en situaciones particulares.

Muy a menudo coincide
con la esperanza
de la salud física,
a veces toma la forma
de ansiedad por
un mayor bienestar
económico,
se expresa ampliamente
a través de la necesidad
de una paz interior
y una convivencia serena
con el prójimo.

Por otro lado, si bien
la cuestión de la salvación
se presenta como
un compromiso por
un bien mayor,
también conserva
el carácter de resistencia
y superación del dolor.

A la lucha para
conquistar el bien,
se une la lucha
para defenderse del mal:
de la ignorancia y el error,
de la fragilidad y la debilidad,
de la enfermedad y la muerte.

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6. Con respecto a
estas aspiraciones,
la fe en Cristo
nos enseña,
rechazando
cualquier pretensión
de autorrealización,
que solo se
pueden realizar
plenamente
si Dios mismo
lo hace posible,
atrayéndonos
hacia Él mismo.


La salvación completa
de la persona no consiste
en las cosas que
el hombre podría
obtener por sí mismo,
como la posesión o
el bienestar material,
la ciencia o la técnica,
el poder o la influencia
sobre los demás,
la buena reputación
o la autocomplacencia
(Cf. Santo Tomás de Aquino,
Summa theologiae, I-II, q. 2.)

Nada creado
puede satisfacer
al hombre
por completo,
porque Dios
nos ha destinado
a la comunión con Él
y nuestro corazón
estará inquieto hasta
que descanse en Él.
(Cf. San Agustín, Confesiones,
I, 1: Corpus Christianorum, 27, 1.)

«La vocación
suprema del hombre
en realidad es una sola,
es decir, la divina»
(Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Past.
Gaudium et spes, n. 22.)

La revelación,
de esta manera,
no se limita a
anunciar la salvación
como una respuesta
a la expectativa
contemporánea.

«Si la redención,
por el contrario,
hubiera de
ser juzgada
o medida
por la necesidad
existencial de
los seres humanos,
¿cómo podríamos soslayar
la sospecha de haber
simplemente creado
un Dios Redentor
a imagen de nuestra
propia necesidad?»
(Comisión Teológica Internacional,
Algunas cuestiones sobre
la teología de la Redención, 1995, n. 2.)

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7. Además es necesario afirmar que,
de acuerdo con la fe bíblica,
el origen del mal no se encuentra
en el mundo material y corpóreo,
experimentada como un límite
o como una prisión de la que
debemos ser salvados.

Por el contrario, la fe proclama que
todo el cosmos es bueno,
en cuanto creado por Dios
(cf. Gn 1, 31; Sb 1, 13-14; 1 Tm 4 4),
y que el mal que más daña al hombre
es el que procede de su corazón
(cf. Mt 15, 18-19; Gn 3, 1-19).

Pecando, el hombre ha abandonado
la fuente del amor y se ha perdido
en formas espurias de amor,
que lo encierran cada vez más
en sí mismo.

Esta separación de Dios
–de Aquel que es fuente
de comunión y de vida–
que conduce a la pérdida
de la armonía entre los hombres
y de los hombres con el mundo,
introduciendo el dominio de
la disgregación y de la muerte
(cf. Rm 5, 12).

En consecuencia, la salvación
que la fe nos anuncia
no concierne solo
a nuestra interioridad,
sino a nuestro ser integral.

Es la persona completa, de hecho,
en cuerpo y alma,
que ha sido creada
por el amor de Dios
a su imagen y semejanza,
y está llamada a vivir
en comunión con Él.

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IV. CRISTO,
SALVADOR
Y SALVACIÓN

8. En ningún momento
del camino del hombre,
Dios ha dejado de
ofrecer su salvación

a los hijos de Adán
(cf. Gn 3, 15),
estableciendo una alianza
con todos los hombres en Noé
(cf. Gn 9, 9)
y, más tarde,
con Abraham y
su descendencia
(cf. Gn 15, 18).

La salvación divina asume así
el orden creativo compartido
por todos los hombres y
recorre su camino concreto
a través de la historia.

Eligiéndose un pueblo,
a quien ha ofrecido
los medios para luchar
contra el pecado
y acercarse a Él,
Dios ha preparado la venida
de «un poderoso Salvador
en la casa de David,
su servidor»
(Lc 1, 69).

En la plenitud
de los tiempos,
el Padre ha enviado
a su Hijo al mundo,
quien anunció
el reino de Dios,
curando todo tipo
de enfermedades
(cf. Mt 4, 23).

Las curaciones
realizadas por Jesús,
en las cuales
se hacía presente
la providencia de Dios,
eran un signo
que se refería
a su persona,
a Aquel que se ha
revelado plenamente
como el Señor de
la vida y la muerte
en su evento pascual.

Según el Evangelio,
la salvación para
todos los pueblos
comienza con
la aceptación
de Jesús:

«Hoy ha llegado
la salvación
a esta casa»

(Lc 19, 9).

La buena noticia
de la salvación
tienen nombre
y rostro:

Jesucristo,
Hijo de Dios,
Salvador.


«No se comienza
a ser cristiano
por una decisión ética
o una gran idea,
sino por el encuentro
con un acontecimiento,
con una Persona,
que da un nuevo horizonte
a la vida y, con ello,
una orientación decisiva»
[Benedicto XVI, Carta. enc.
Deus caritas est
(25 de diciembre de 2005),
n. 1: AAS 98 (2006), 217;
cf. Francisco, Exhort. apost.
Evangelii gaudium,
n. 3: AAS 105 (2013), 1020].

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9. La fe cristiana, a través
de su tradición centenaria,
ha ilustrado, a través
de muchas figuras,
esta obra salvadora
del Hijo encarnado.


Lo ha hecho sin nunca separar
el aspecto curativo de la salvación,
por el que Cristo nos rescata del pecado,
del aspecto edificante, por el cual
Él nos hace hijos de Dios,
partícipes de su naturaleza divina
(cf. 2 P 1, 4).

Teniendo en cuenta
la perspectiva salvífica
que desciende
(de Dios que viene
a rescatar a los hombres),
Jesús es iluminador y revelador,
redentor y liberador,
el que diviniza
al hombre
y lo justifica.

Asumiendo la perspectiva ascendiente
(desde los hombres que acuden a Dios),
Él es el que, como Sumo Sacerdote
de la Nueva Alianza, ofrece al Padre,
en el nombre de los hombres,
el culto perfecto: se sacrifica,
expía los pecados
y permanece siempre vivo
para interceder a nuestro favor.

De esta manera aparece,
en la vida de Jesús,
una admirable sinergia
de la acción divina
con la acción humana,
que muestra la falta de fundamento
de la perspectiva individualista.

Por un lado, de hecho,
el sentido descendiente
testimonia la primacía absoluta
de la acción gratuita de Dios;
la humildad para recibir
los dones de Dios,
antes de cualquier
acción nuestra,
es esencial para
poder responder
a su amor salvífico.

Por otra parte,
el sentido ascendiente
nos recuerda que,
por la acción humana
plenamente de su Hijo,
el Padre ha querido
regenerar nuestras acciones,
de modo que,
asimilados a Cristo,
podamos hacer
«buenas obras,
que Dios preparó
de antemano
para que
las practicáramos»
(Ef 2, 10).

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10. Está claro, además,
que la salvación que Jesús
ha traído en su propia persona
no ocurre solo de
manera interior.


De hecho, para
poder comunicar
a cada persona
la comunión
salvífica con Dios,
el Hijo se ha
hecho carne
(cf. Jn 1, 14).

Es precisamente
asumiendo la carne
(cf. Rm 8, 3; Hb 2, 14: 1 Jn 4, 2),
naciendo de una mujer
(cf. Ga 4, 4),
que «se hizo
el Hijo de Dios
Hijo del Hombre»
[San Ireneo,
Adversus haereses, III 19, 1:
Sources Chrétiennes, 211, 374.]
y nuestro hermano
(cf. Hb 2, 14).

Así, en la medida en que Él
ha entrado a formar parte
de la familia humana,
«se ha unido, en cierto modo,
con todo hombre»
[Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past.
Gaudium et spes, n. 22.]
y ha establecido un nuevo orden
de relaciones con Dios, su Padre,
y con todos los hombres,
en quienes podemos ser incorporado
para participar a su propia vida.

En consecuencia,
la asunción de la carne,
lejos de limitar la acción
salvadora de Cristo,
le permite mediar
concretamente
la salvación de Dios
para todos los hijos de Adán.

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11. En conclusión, para responder,
tanto al reduccionismo individualista
de tendencia pelagiana,
como al reduccionismo neo-gnóstico
que promete una liberación
meramente interior,
es necesario recordar la forma
en que Jesús es Salvador.

No se ha limitado a mostrarnos
el camino para encontrar a Dios,
un camino que podríamos
seguir por nuestra cuenta,
obedeciendo sus palabras
e imitando su ejemplo.

Cristo, más bien, para abrirnos
la puerta de la liberación,
se ha convertido Él mismo
en el camino:
«Yo soy el camino»
(Jn 14, 6)
[Cf. San Agustín,
Tractatus in Ioannem, 13, 4:
Corpus Christianorum, 36, 132:
«Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida (Jn 14, 6).

Si buscas la verdad,
mantén el camino,
porque el Camino
es el mismo
que la Verdad.

Ella en persona es adónde vas,
ella en persona es por donde vas;
no vas por una realidad a otra,
no vienes a Cristo por otra cosa;
por Cristo vienes a Cristo.

¿Cómo «por Cristo a Cristo»?

Por Cristo hombre a Cristo Dios;
por la Palabra hecha carne
a la Palabra que en el principio
era Dios en Dios».].

Además, este camino no es
un camino meramente interno,
al margen de nuestras relaciones
con los demás y
con el mundo creado.

Por el contrario,
Jesús nos ha dado un
«camino nuevo y
viviente que Él nos abrió
a través del velo del Templo,
que es su carne»
(Hb 10,20).

En resumen,
Cristo es Salvador
porque ha asumido
nuestra humanidad integral
y vivió una vida humana plena,
en comunión con el Padre
y con los hermanos.

La salvación consiste en
incorporarnos a nosotros mismos
en su vida, recibiendo su Espíritu
(cf. 1 Jn 4, 13).

Así se ha convirtió
«en cierto modo,
en el principio
de toda gracia
según la humanidad»
[Santo Tomás de Aquino,
Quaestio de veritate,
q. 29, a. 5, co.].

Él es, al mismo tiempo,
el Salvador y la Salvación.

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V. LA SALVACIÓN EN LA IGLESIA,
CUERPO DE CRISTO

12. El lugar donde recibimos
la salvación traída
por Jesús es la Iglesia,

comunidad de aquellos que,
habiendo sido incorporados
al nuevo orden de relaciones
inaugurado por Cristo,
pueden recibir la plenitud
del Espíritu de Cristo
(Rm 8, 9).

Comprender esta mediación
salvífica de la Iglesia
es una ayuda esencial
para superar cualquier
tendencia reduccionista.

La salvación que Dios
nos ofrece, de hecho,
no se consigue sólo con
las fuerzas individuales,
como indica
el neo-pelagianismo,
sino a través de
las relaciones que surgen
del Hijo de Dios encarnado
y que forman la comunión
de la Iglesia.

Además, dado que la gracia
que Cristo nos da no es,
como pretende
la visión neo-gnóstica,
una salvación puramente interior,
sino que nos introduce
en las relaciones concretas
que Él mismo vivió,
la Iglesia es una comunidad visible:
en ella tocamos el carne de Jesús,
singularmente en los hermanos
más pobres y más sufridos.

En resumen, la mediación
salvífica de la Iglesia,
«sacramento
universal
de salvación»
[Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm.
Lumen gentium, n. 48.],
nos asegura que la salvación
no consiste en la autorrealización
del individuo aislado, ni tampoco
en su fusión interior con el divino,
sino en la incorporación
en una comunión de personas
que participa en
la comunión de la Trinidad.

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13. Tanto la visión individualista
como la meramente interior
de la salvación
contradicen también
la economía sacramental
a través de la cual
Dios ha querido salvar
a la persona humana.

La participación, en la Iglesia,
al nuevo orden de relaciones
inaugurado por Jesús sucede
a través de los sacramentos,
entre los cuales
el bautismo
es la puerta
[Cf. Santo Tomás de Aquino,
Summa theologiae, III, q. 63, a. 3.],
y la Eucaristía,
la fuente y cumbre
[Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Cost. dogm. Lumen gentium, n. 11;
Cost. dogm. Sacrosanctum Concilium, n. 10.].

Así vemos, por un lado,
la inconsistencia de
las pretensiones
de auto-salvación,
que solo cuentan con
las fuerzas humanas.

La fe confiesa, por el contrario,
que somos salvados por el bautismo,
que nos da el carácter indeleble
de pertenencia a Cristo y a la Iglesia,
del cual deriva la transformación
de nuestro modo concreto
de vivir las relaciones con Dios,
con los hombres
y con la creación
(cf. Mt 28, 19).

Así, limpiados
del pecado original
y de todo pecado,
estamos llamados
a una vida nueva existencia
conforme a Cristo
(cf. Rm 6, 4).

Con la gracia de
los siete sacramentos,
los creyentes crecen
y se regeneran
continuamente,
especialmente cuando
el camino se vuelve
más difícil
y no faltan
las caídas.

Cuando, pecando,
abandonan
su amor a Cristo,
pueden ser
reintroducidos,
a través del
sacramento de
la Penitencia,
en el orden de
las relaciones
inaugurado
por Jesús,
para caminar
como ha caminado Él
(cf. 1 Jn 2, 6).

De esta manera,
miramos con esperanza
el juicio final,
en el que se juzgará
a cada persona en
la realidad de su amor
(cf. Rm 13, 8-10),
especialmente para
los más débiles
(cf. Mt 25, 31-46).

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14. La economía salvífica sacramental
también se opone a las tendencias
que proponen una salvación
meramente interior.

El gnosticismo, de hecho,
se asocia con
una mirada negativa
en el orden creado,
comprendido
como limitación
de la libertad absoluta
del espíritu humano.

Como consecuencia,
la salvación es vista
como la liberación del cuerpo
y de las relaciones concretas
en las que vive la persona.

En cuanto somos salvados, en cambio,
«por la oblación del cuerpo de Jesucristo»
(Hb 10, 10; cf. Col 1, 22),
la verdadera salvación,
lejos de ser liberación del cuerpo,
también incluye su santificación
(cf. Ro 12, 1).

El cuerpo humano ha sido modelado por Dios,
quien ha inscrito en él un lenguaje
que invita a la persona humana
a reconocer los dones del Creador
y a vivir en comunión con los hermanos
[Cf. Francisco, Carta enc. Laudato si’
(24 de mayo de 2015), n. 155,
AAS 107 (2015), 909-910.].

El Salvador ha restablecido y renovado,
con su Encarnación y su misterio pascual,
este lenguaje originario
y nos lo ha comunicado
en la economía corporal
de los sacramentos.

Gracias a los sacramentos,
los cristianos pueden vivir
en fidelidad a la carne de Cristo
y, en consecuencia,
en fidelidad al orden concreto
de relaciones que Él nos ha dado.

Este orden de relaciones requiere,
de manera especial, el cuidado
de la humanidad sufriente
de todos los hombres,
a través de las obras
de misericordia
corporales
y espirituales
[Cf. Id., Carta apost.
Misericordia et misera
(20 de noviembre de 2016), n. 20:
AAS 108 (2016), 1325-1326.].

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VI. CONCLUSIÓN:
COMUNICAR LA FE,
ESPERANDO AL SALVADOR

15. La conciencia de la vida plena
en la que Jesús Salvador nos introduce
empuja a los cristianos a la misión,
para anunciar a todos los hombres
el gozo y la luz del Evangelio

[Cf. Juan Pablo II,
Carta enc. Redemptoris missio
(7 de diciembre de 1990), n. 40:
AAS 83 (1991), 287-288;
Francisco, Exhort. apost.
Evangelii gaudium, nn. 9-13:
AAS 105 (2013), 1022-1025.].

En este esfuerzo también estarán listos
para establecer un diálogo sincero y
constructivo con creyentes de otras religiones,
en la confianza de que Dios
puede conducir a la salvación en Cristo
a «todos los hombres de buena voluntad,
en cuyo corazón obra la gracia»
[Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past.
Gaudium et spes, n. 22].

Mientras se dedica
con todas sus fuerzas
a la evangelización,
la Iglesia continúa a
invocar la venida
definitiva del Salvador,
ya que «en esperanza
estamos salvados»
(Rm 8,24).

La salvación del hombre
se realizará solamente cuando,
después de haber conquistado
al último enemigo,
la muerte
(cf. 1 Co 15, 26),
participaremos plenamente
en la gloria de Jesús resucitado,
que llevará a plenitud
nuestra relación con Dios,
con los hermanos y
con toda la creación.

La salvación integral
del alma y del cuerpo
es el destino final al que Dios
llama a todos los hombres.

Fundados en la fe,
sostenidos por la esperanza,
trabajando en la caridad,
siguiendo el ejemplo
de María, la Madre del Salvador
y la primera de los salvados,
estamos seguros de que
«somos ciudadanos del cielo,
y esperamos ardientemente
que venga de allí como
Salvador el Señor Jesucristo.

El transformará nuestro pobre cuerpo mortal,
haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso,
con el poder que tiene para poner
todas las cosas bajo su dominio»
(Flp 3,20-21).


El Sumo Pontífice Francisco,

en la Audiencia concedida
el día 16 de febrero de 2018.

Ha aprobado esta Carta, decidida
en la Sesión Ordinaria de esta
Congregación el 24 de enero de 2018,
y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de
la Congregación para la Doctrina de la Fe,
el 22 de febrero de 2018,
Fiesta de la Cátedra de San Pedro.


+ Luis F. Ladaria, S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Prefecto


+ Giacomo Morandi
Arzobispo titular de Cerveteri
Secretario


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(Ver el texto en…)

http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2018/03/01/plac.html
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Re: «CARTA “PLACUIT DEO” Cap. I. Punto 1»

Notapor pili » 04 Mar 2018 23:41


La enseñanza sobre
la salvación en Cristo
requiere siempre ser
profundizada nuevamente.

Manteniendo fija
la mirada en
el Señor Jesús,
la Iglesia se dirige
con amor materno
a todos los hombres,
para anunciarles todo
el designio de
la Alianza del Padre que,
a través del Espíritu Santo,
quiere «recapitular en Cristo
todas las cosas»
(cf. Ef 1,1 0).

La presente Carta
pretende resaltar,
en el surco de
la gran tradición de la fe
y con particular referencia
a la enseñanza
del Papa Francisco,
algunos aspectos
de la salvación cristiana
que hoy pueden ser
difíciles de comprender
debido a las recientes
transformaciones
culturales.
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. I. Punto 1»

Notapor esoto » 05 Mar 2018 15:46

«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. I. Punto 1»

«Sobre algunos aspectos de la salvación cristiana»

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Carta «Placuit Deo»
a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

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I. INTRODUCCIÓN

1. «Dispuso Dios
en su sabiduría
revelarse a Sí mismo
y dar a conocer el misterio
de su voluntad
(cf. Ef 1, 9),
mediante el cual los hombres,
por medio de Cristo,
Verbo encarnado,
tienen acceso al Padre
en el Espíritu Santo
y se hacen consortes
de la naturaleza divina
(cf. Ef 2, 18; 2 P 1, 4).

…/…

Pero la verdad íntima
acerca de Dios y acerca
de la salvación humana
se nos manifiesta por
la revelación en Cristo,
que es a un tiempo
mediador y plenitud
de toda la revelación»
(Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Dei Verbum, n. 2.).

La enseñanza sobre
la salvación en Cristo
requiere siempre ser
profundizada nuevamente.

Manteniendo fija
la mirada en
el Señor Jesús,
la Iglesia se dirige
con amor materno
a todos los hombres,
para anunciarles todo
el designio de
la Alianza del Padre que,
a través del Espíritu Santo,
quiere «recapitular en Cristo
todas las cosas»
(cf. Ef 1,1 0).

La presente Carta
pretende resaltar,
en el surco de
la gran tradición de la fe
y con particular referencia
a la enseñanza
del Papa Francisco,
algunos aspectos
de la salvación cristiana
que hoy pueden ser
difíciles de comprender
debido a las recientes
transformaciones
culturales.

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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. II. Punto 2»

Notapor esoto » 06 Mar 2018 13:22

«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. II. Punto 2»

«Sobre algunos aspectos de la salvación cristiana»

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Carta «Placuit Deo»
a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

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II. EL IMPACTO DE
LAS TRANSFORMACIONES
CULTURALES DE HOY
EN EL SIGNIFICADO DE
LA SALVACIÓN CRISTIANA

2. El mundo contemporáneo percibe
no sin dificultad la confesión
de la fe cristiana,
que proclama a Jesús
como el único Salvador
de toda el hombre y
de toda la humanidad

(cf. Hch 4, 12; Rm 3, 23-24;
1 Tm 2, 4-5; Tt 2, 11-15)
(Cf. Congregación para
la Doctrina de la Fe,
Decl. Dominus Iesus
(6 de agosto del 2000),
nn. 5-8: AAS 92 (2000),
745-749.).

Por un lado, el individualismo
centrado en el sujeto autónomo
tiende a ver al hombre
como un ser cuya realización
depende únicamente
de su fuerza.
(Cf. Francisco,
Exhort. apost.
Evangelii gaudium
(24 de noviembre de 2013),
n. 67: AAS 105 (2013), 1048.).


En esta visión, la figura de Cristo
corresponde más a un modelo
que inspira acciones generosas,
con sus palabras y gestos,
que a Aquel que transforma
la condición humana,
incorporándonos en
una nueva existencia
reconciliada con el Padre
y entre nosotros
a través del Espíritu
(cf. 2 Co 5, 19; Ef 2, 18).

Por otro lado,
se extiende la visión
de una salvación
meramente interior,
la cual tal vez suscite
una fuerte convicción personal,
o un sentimiento intenso,
de estar unidos a Dios,
pero no llega a asumir,
sanar y renovar
nuestras relaciones
con los demás y con
el mundo creado.

Desde esta perspectiva,
se hace difícil comprender
el significado de
la Encarnación del Verbo,
por la cual se convirtió
miembro de la familia humana,
asumiendo nuestra carne
y nuestra historia,
por nosotros los hombres y
por nuestra salvación.

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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. II. Punto 3»

Notapor esoto » 07 Mar 2018 16:09

«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. II. Punto 3»

«Sobre algunos aspectos de la salvación cristiana»

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Carta «Placuit Deo»
a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

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II. EL IMPACTO DE
LAS TRANSFORMACIONES
CULTURALES DE HOY
EN EL SIGNIFICADO DE
LA SALVACIÓN CRISTIANA

3. El Santo Padre Francisco,
en su magisterio ordinario,
se ha referido a menudo
a dos tendencias que
representan las dos desviaciones
que acabamos de mencionar
y que en algunos aspectos
se asemejan a dos antiguas herejías:
el pelagianismo y
el gnosticismo

(Cf. Id., Carta enc. Lumen fidei
(29 de junio de 2013), n. 47:
AAS 105 (2013), 586-587;
Exhort. apost.
Evangelii gaudium, nn. 93-94:
AAS (2013), 1059;
Encuentro con los participantes
en el V Congreso de
la Iglesia Italiana, Florencia
(10 de noviembre de 2015):
AAS 107 (2015), 1287.)

En nuestros tiempos,
prolifera una especia de
neo-pelagianismo
para el cual el individuo,
radicalmente autónomo,
pretende salvarse a sí mismo,
sin reconocer que depende,
en lo más profundo de su ser,
de Dios y de los demás.

La salvación es entonces confiada
a las fuerzas del individuo,
o las estructuras puramente humanas,
incapaces de acoger la novedad
del Espíritu de Dios
(Cf. Id., Encuentro con
los participantes en el
V Congreso de la Iglesia
Italiana, Florencia
(10 de noviembre de 2015):
AAS 107 (2015), 1288.)

Un cierto neo-gnosticismo, por su parte,
presenta una salvación meramente interior,
encerrada en el subjetivismo
(Cf. Id., Exhort. apost.
Evangelii gaudium,
n. 94: AAS 105 (2013), 1059:
«la fascinación del gnosticismo,
una fe encerrada en el subjetivismo,
donde sólo interesa
una determinada experiencia
o una serie de razonamientos
y conocimientos que
supuestamente
reconfortan e iluminan,
pero en definitiva
el sujeto queda clausurado
en la inmanencia de su
propia razón o de sus sentimientos»;
Consejo Pontificio de la Cultura
–– Consejo Pontificio para
el Diálogo Interreligioso,
Jesucristo, portador
del agua de la vida.
Una reflexión cristiana
sobre la “Nueva Era”
(enero de 2003),
Ciudad del Vaticano 2003.)
que consiste en elevarse
«con el intelecto hasta
los misterios de la divinidad
desconocida»
(Francisco, Carta. enc. Lumen fidei,
n. 47: AAS 105 (2013), 586-587.)

Se pretende, de esta forma,
liberar a la persona del cuerpo
y del cosmos material,
en los cuales ya no se descubren
las huellas de la mano
providente del Creador,
sino que ve sólo
una realidad sin sentido,
ajena de la identidad última
de la persona,
y manipulable
de acuerdo con
los intereses
del hombre
(Cf. Id., Discurso del
Santo Padre Francisco
a los participantes en
la peregrinación de
la diócesis de Brescia
(22 de junio de 2013):
AAS 95 (2013), 627:
«en este mundo donde
se niega al hombre,
donde se prefiere caminar
por la senda del gnosticismo, …
del “nada de carne”
—un Dios que
no se hizo carne».)


Por otro lado, está claro que
la comparación con las herejías
pelagiana y gnóstica
solo se refiere a rasgos
generales comunes,
sin entrar en juicios
sobre la naturaleza exacta
de los antiguos errores.

De hecho, la diferencia
entre el contexto histórico
secularizado de hoy y
el de los primeros
siglos cristianos,
en el que nacieron
estas herejías,
es grande
(Según la herejía pelagiana,
desarrollada durante el siglo V
alrededor de Pelagio,
el hombre, para cumplir
los mandamientos de Dios
y ser salvado,
necesita de la gracia
solo como una
ayuda externa
a su libertad
(a manera de luz,
ejemplo, fuerza),
pero no como
una curación
y regeneración radical
de la libertad,
sin mérito previo,
para que pueda
hacer el bien
y alcanzar
la vida eterna.

Más complejo es
el movimiento gnóstico,
que surgió en los siglos I y II,
y que tiene formas
muy diferentes entre ellas.

En general, los gnósticos
creían que la salvación
se obtiene a través de
un conocimiento
esotérico o “gnosis”.

Esta gnosis revela al gnóstico
su verdadera esencia, es decir,
una chispa del Espíritu divino
que reside en su interioridad,
que debe ser liberada del cuerpo,
ajeno a su verdadera humanidad.

Sólo de esta manera
el gnóstico regresa
a su ser original en Dios,
del cual se había alejado
debido a una caída
primordial).

Sin embargo, en la medida en que
el gnosticismo y el pelagianismo
son peligros perennes de
una errada comprensión
de la fe bíblica,
es posible encontrar
cierta familiaridad
con los movimientos
contemporáneos apenas
descritos.

(Continúa el texto…)

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El Sumo Pontífice Francisco,

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Ha aprobado esta Carta, decidida
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y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. II. Punto 4»

Notapor esoto » 08 Mar 2018 13:34

«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. II. Punto 4»

«Sobre algunos aspectos de la salvación cristiana»

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Carta «Placuit Deo»
a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

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II. EL IMPACTO DE
LAS TRANSFORMACIONES
CULTURALES DE HOY
EN EL SIGNIFICADO DE
LA SALVACIÓN CRISTIANA


4. Tanto el individualismo neo-pelagiano
como el desprecio neo-gnóstico del cuerpo
deforman la confesión de fe en Cristo,
el Salvador único y universal.



¿Cómo podría Cristo mediar en
la Alianza de toda la familia humana,
si el hombre fuera un individuo aislado,
que se autorrealiza con sus propias fuerzas,
como lo propone el neo-pelagianismo?


¿Y cómo podría llegar la salvación
a través de la Encarnación de Jesús,
su vida, muerte y resurrección
en su verdadero cuerpo,
si lo que importa solamente
es liberar la interioridad del hombre
de las limitaciones del cuerpo y la materia,
según la nueva visión neo-gnóstica?


Frente a estas tendencias,
la presente Carta desea
reafirmar que la salvación
consiste en nuestra unión con Cristo,
quien, con su Encarnación,
vida, muerte y resurrección,
ha generado un nuevo orden
de relaciones con el Padre
y entre los hombres,
y nos ha introducido
en este orden gracias
al don de su Espíritu,
para que podamos
unirnos al Padre como
hijos en el Hijo,
y convertirnos en
un solo cuerpo en
el «primogénito entre
muchos hermanos»
(Rm 8,29).

(Continúa el texto…)

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El Sumo Pontífice Francisco,

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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. III. Punto 5»

Notapor esoto » 09 Mar 2018 18:55

«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. III. Punto 5»

«Sobre algunos aspectos de la salvación cristiana»

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Carta «Placuit Deo»
a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

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III. ASPIRACIÓN HUMANA
A LA SALVACIÓN

5. El hombre se percibe a sí mismo,
directa o indirectamente,
como un enigma:


¿Quién soy yo que existo,
pero no tengo en mí
el principio de mi existir?

Cada persona, a su modo,
busca la felicidad,
e intenta alcanzarla
recurriendo a los recursos
que tiene a disposición.

Sin embargo, esta
aspiración universal
no necesariamente
se expresa o se declara;
más bien, es más secreta
y oculta de lo que parece,
y está lista para revelarse
en situaciones particulares.

Muy a menudo coincide
con la esperanza
de la salud física,
a veces toma la forma
de ansiedad por
un mayor bienestar
económico,
se expresa ampliamente
a través de la necesidad
de una paz interior
y una convivencia serena
con el prójimo.

Por otro lado, si bien
la cuestión de la salvación
se presenta como
un compromiso por
un bien mayor,
también conserva
el carácter de resistencia
y superación del dolor.

A la lucha para
conquistar el bien,
se une la lucha
para defenderse del mal:
de la ignorancia y el error,
de la fragilidad y la debilidad,
de la enfermedad y la muerte.

(Continúa el texto…)

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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. III. Punto 6»

Notapor esoto » 10 Mar 2018 11:30

«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. III. Punto 6»

«Sobre algunos aspectos de la salvación cristiana»

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Carta «Placuit Deo»
a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

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III. ASPIRACIÓN HUMANA
A LA SALVACIÓN

6. Con respecto a
estas aspiraciones,
la fe en Cristo
nos enseña,
rechazando
cualquier pretensión
de autorrealización,
que solo se
pueden realizar
plenamente
si Dios mismo
lo hace posible,
atrayéndonos
hacia Él mismo.


La salvación completa
de la persona no consiste
en las cosas que
el hombre podría
obtener por sí mismo,
como la posesión o
el bienestar material,
la ciencia o la técnica,
el poder o la influencia
sobre los demás,
la buena reputación
o la autocomplacencia
(Cf. Santo Tomás de Aquino,
Summa theologiae, I-II, q. 2.)

Nada creado
puede satisfacer
al hombre
por completo,
porque Dios
nos ha destinado
a la comunión con Él
y nuestro corazón
estará inquieto hasta
que descanse en Él.
(Cf. San Agustín, Confesiones,
I, 1: Corpus Christianorum, 27, 1.)

«La vocación
suprema del hombre
en realidad es una sola,
es decir, la divina»
(Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Past.
Gaudium et spes, n. 22.)

La revelación,
de esta manera,
no se limita a
anunciar la salvación
como una respuesta
a la expectativa
contemporánea.

«Si la redención,
por el contrario,
hubiera de
ser juzgada
o medida
por la necesidad
existencial de
los seres humanos,
¿cómo podríamos soslayar
la sospecha de haber
simplemente creado
un Dios Redentor
a imagen de nuestra
propia necesidad?»
(Comisión Teológica Internacional,
Algunas cuestiones sobre
la teología de la Redención, 1995, n. 2.)

(Continúa el texto…)

http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2018/03/01/plac.html

El Sumo Pontífice Francisco,

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Dado en Roma, en la sede de
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. III. Punto 7»

Notapor esoto » 11 Mar 2018 11:12

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III. ASPIRACIÓN HUMANA
A LA SALVACIÓN

7. Además es necesario afirmar que,
de acuerdo con la fe bíblica,
el origen del mal no se encuentra
en el mundo material y corpóreo,
experimentada como un límite
o como una prisión de la que
debemos ser salvados.

Por el contrario, la fe proclama que
todo el cosmos es bueno,
en cuanto creado por Dios
(cf. Gn 1, 31; Sb 1, 13-14; 1 Tm 4 4),
y que el mal que más daña al hombre
es el que procede de su corazón
(cf. Mt 15, 18-19; Gn 3, 1-19).

Pecando, el hombre ha abandonado
la fuente del amor y se ha perdido
en formas espurias de amor,
que lo encierran cada vez más
en sí mismo.

Esta separación de Dios
–de Aquel que es fuente
de comunión y de vida–
que conduce a la pérdida
de la armonía entre los hombres
y de los hombres con el mundo,
introduciendo el dominio de
la disgregación y de la muerte
(cf. Rm 5, 12).

En consecuencia, la salvación
que la fe nos anuncia
no concierne solo
a nuestra interioridad,
sino a nuestro ser integral.

Es la persona completa, de hecho,
en cuerpo y alma,
que ha sido creada
por el amor de Dios
a su imagen y semejanza,
y está llamada a vivir
en comunión con Él.
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«CARTA “PLACUIT DEO” Cap. IV. Punto 8»

Notapor esoto » 12 Mar 2018 13:52

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IV. CRISTO,
SALVADOR
Y SALVACIÓN

8. En ningún momento
del camino del hombre,
Dios ha dejado de
ofrecer su salvación

a los hijos de Adán
(cf. Gn 3, 15),
estableciendo una alianza
con todos los hombres en Noé
(cf. Gn 9, 9)
y, más tarde,
con Abraham y
su descendencia
(cf. Gn 15, 18).

La salvación divina asume así
el orden creativo compartido
por todos los hombres y
recorre su camino concreto
a través de la historia.

Eligiéndose un pueblo,
a quien ha ofrecido
los medios para luchar
contra el pecado
y acercarse a Él,
Dios ha preparado la venida
de «un poderoso Salvador
en la casa de David,
su servidor»
(Lc 1, 69).

En la plenitud
de los tiempos,
el Padre ha enviado
a su Hijo al mundo,
quien anunció
el reino de Dios,
curando todo tipo
de enfermedades
(cf. Mt 4, 23).

Las curaciones
realizadas por Jesús,
en las cuales
se hacía presente
la providencia de Dios,
eran un signo
que se refería
a su persona,
a Aquel que se ha
revelado plenamente
como el Señor de
la vida y la muerte
en su evento pascual.

Según el Evangelio,
la salvación para
todos los pueblos
comienza con
la aceptación
de Jesús:

«Hoy ha llegado
la salvación
a esta casa»

(Lc 19, 9).

La buena noticia
de la salvación
tienen nombre
y rostro:

Jesucristo,
Hijo de Dios,
Salvador.


«No se comienza
a ser cristiano
por una decisión ética
o una gran idea,
sino por el encuentro
con un acontecimiento,
con una Persona,
que da un nuevo horizonte
a la vida y, con ello,
una orientación decisiva»
[Benedicto XVI, Carta. enc.
Deus caritas est
(25 de diciembre de 2005),
n. 1: AAS 98 (2006), 217;
cf. Francisco, Exhort. apost.
Evangelii gaudium,
n. 3: AAS 105 (2013), 1020].
Última edición por esoto el 15 Mar 2018 14:03, editado 1 vez en total
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