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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 174)»

Lugar de encuentro de católicos de todo el mundo para realizar peticiones de oración y reflexionar, en español, sobre temas católicos. Este foro pertenece a AMIGOS CATÓLICOS y está sujeto a unas normas que deberás aceptar para participar. Este foro está moderado por Antonio(Webmaster), por lo que cualquier mensaje inadecuado será eliminado.

«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 174)»

Notapor esoto » 09 Abr 2018 16:12

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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

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“SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL”

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CAPÍTULO QUINTO:

COMBATE, VIGILANCIA
Y DISCERNIMIENTO

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EL DISCERNIMIENTO

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LA LÓGICA DEL DON Y DE LA CRUZ

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Punto 174.
Una condición esencial
para el progreso
en el discernimiento
es educarse en
la paciencia de Dios
y en sus tiempos,
que nunca son
los nuestros.


Él no hace caer fuego
sobre los infieles
(cf. Lc 9,54),
ni permite a los celosos
«arrancar la cizaña»
que crece junto al trigo
(cf. Mt 13,29).

También se requiere
generosidad, porque
«hay más dicha
en dar que
en recibir»

(Hch 20,35).

No se discierne
para descubrir
qué más
le podemos
sacar a
esta vida,
sino para
reconocer
cómo podemos
cumplir mejor
esa misión que
se nos ha confiado
en el Bautismo,
y eso implica
estar dispuestos
a renuncias
hasta darlo
todo.

Porque la felicidad
es paradójica y
nos regala
las mejores
experiencias
cuando aceptamos
esa lógica
misteriosa
que no es
de este mundo,
como decía
san Buenaventura
refiriéndose a la cruz:

«Esta es
nuestra
lógica»[125].


Si uno asume
esta dinámica,
entonces no deja
anestesiar
su conciencia
y se abre
generosamente
al discernimiento.


[125]
Colaciones sobre
el Hexaemeron,
1,30.

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«ALEGRAOS Y REGOCIJAOS»

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Punto 1.
«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12),

dice Jesús a los que son
perseguidos o humillados
por su causa.

El Señor lo pide todo,
y lo que ofrece es
la verdadera vida,
la felicidad para
la cual fuimos creados.

Él nos quiere santos
y no espera que
nos conformemos
con una existencia
mediocre,
aguada,
licuada.

En realidad, desde
las primeras páginas
de la Biblia está presente,
de diversas maneras,
el llamado a la santidad.

Así se lo proponía
el Señor a Abraham:

«Camina en mi presencia
y sé perfecto»
(Gn 17,1).

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Punto 2.
No es de esperar aquí
un tratado sobre
la santidad,

con tantas definiciones
y distinciones
que podrían enriquecer
este importante tema,
o con análisis que
podrían hacerse
acerca de los medios
de santificación.

Mi humilde objetivo
es hacer resonar
una vez más
el llamado
a la santidad,
procurando
encarnarlo
en el contexto actual,
con sus riesgos,
desafíos y
oportunidades.

Porque a cada uno de nosotros
el Señor nos eligió
«para que fuésemos santos
e irreprochables ante él
por el amor»
(Ef 1,4).

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CAPÍTULO PRIMERO:
EL LLAMADO A LA SANTIDAD

LOS SANTOS
QUE NOS ALIENTAN
Y ACOMPAÑAN

Punto 3.
En la carta a los Hebreos
se mencionan distintos testimonios
que nos animan a que «corramos,
con constancia, en la carrera
que nos toca»
(12,1).

Allí se habla de Abraham, de Sara,
de Moisés, de Gedeón y de varios más
(cf. 11,1-12,3) y sobre todo
se nos invita a reconocer
que tenemos «una nube
tan ingente de testigos» (12,1)
que nos alientan a no
detenernos en el camino,
nos estimulan a seguir
caminando hacia la meta.

Y entre ellos puede estar
nuestra propia madre,
una abuela u otras
personas cercanas
(cf. 2 Tm 1,5).

Quizá su vida
no fue siempre
perfecta,
pero aun en medio
de imperfecciones y caídas
siguieron adelante
y agradaron al Señor.

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Punto 4.
Los santos que ya han llegado
a la presencia de Dios
mantienen con nosotros
lazos de amor y comunión.


Lo atestigua
el libro del Apocalipsis
cuando habla de
los mártires
que interceden:

«Vi debajo del altar
las almas de los degollados
por causa de la Palabra de Dios
y del testimonio que mantenían.

Y gritaban con voz potente:

“¿Hasta cuándo,
Dueño santo y veraz,
vas a estar
sin hacer justicia?”»
(6,9-10).

Podemos decir que
«estamos rodeados,
guiados y conducidos
por los amigos de Dios […]

No tengo que llevar
yo solo lo que, en realidad,
nunca podría soportar yo solo.

La muchedumbre de
los santos de Dios
me protege,
me sostiene y
me conduce» [1].


[1]
Benedicto XVI,
Homilía en el solemne
inicio del ministerio petrino

(24 abril 2005):
AAS 97 (2005), 708.

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Punto 5.
En los procesos de beatificación y canonización

se tienen en cuenta los signos de heroicidad
en el ejercicio de las virtudes,
la entrega de la vida en el martirio
y también los casos en que se haya verificado
un ofrecimiento de la propia vida por los demás,
sostenido hasta la muerte.

Esa ofrenda expresa
una imitación
ejemplar de Cristo,
y es digna de
la admiración
de los fieles[2].

Recordemos, por ejemplo,
a la beata María Gabriela Sagheddu,
que ofreció su vida por
la unión de los cristianos.


[2]
Supone de todos modos
que haya fama de santidad y un ejercicio,
al menos en grado ordinario,
de las virtudes cristianas:
cf. Motu proprio
Maiorem hac dilectionem (11 julio 2017),
art. 2c: L’Osservatore Romano (12 julio 2017), p. 8.

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LOS SANTOS
DE LA PUERTA
DE AL LADO

Punto 6.
No pensemos solo
en los ya beatificados
o canonizados.


El Espíritu Santo
derrama santidad
por todas partes,
en el santo pueblo
fiel de Dios,
porque «fue
voluntad de Dios
el santificar y salvar
a los hombres,
no aisladamente,
sin conexión alguna
de unos con otros,
sino constituyendo un pueblo,
que le confesara en verdad
y le sirviera santamente»[3].


El Señor,
en la historia
de la salvación,
ha salvado
a un pueblo.

No existe identidad plena
sin pertenencia a un pueblo.

Por eso nadie se salva solo,
como individuo aislado,
sino que Dios nos atrae
tomando en cuenta
la compleja trama
de relaciones interpersonales
que se establecen
en la comunidad humana:

Dios quiso entrar
en una dinámica popular,
en la dinámica de un pueblo.


[3]
Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 9.

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Punto 7.
Me gusta ver la santidad
en el pueblo de Dios
paciente:


A los padres que crían
con tanto amor a sus hijos,
en esos hombres y mujeres
que trabajan para llevar
el pan a su casa,
en los enfermos,
en las religiosas ancianas
que siguen sonriendo.

En esta constancia para
seguir adelante día a día,
veo la santidad de
la Iglesia militante.

Esa es muchas veces la santidad
«de la puerta de al lado»,
de aquellos que viven
cerca de nosotros
y son un reflejo de
la presencia de Dios,
o, para usar otra expresión,
«la clase media
de la santidad»[4].



[4]
Cf. Joseph Malègue,
Pierres noires.
Les classes moyennes
du Salut,
París 1958.

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Punto 8.
Dejémonos estimular
por los signos de santidad
que el Señor nos presenta

a través de los más
humildes miembros
de ese pueblo que
«participa también
de la función profética de Cristo,
difundiendo su testimonio vivo
sobre todo con
la vida de fe
y caridad»[5].


Pensemos, como nos sugiere
santa Teresa Benedicta de la Cruz,
que a través de muchos de ellos
se construye la verdadera historia:

«En la noche más oscura
surgen los más grandes
profetas y los santos.

Sin embargo,
la corriente vivificante
de la vida mística
permanece invisible.

Seguramente,
los acontecimientos decisivos
de la historia del mundo
fueron esencialmente
influenciados por almas
sobre las cuales nada dicen
los libros de historia.

Y cuáles sean las almas
a las que hemos
de agradecer
los acontecimientos
decisivos de nuestra
vida personal,
es algo que solo sabremos
el día en que
todo lo oculto
será revelado»[6].



[5]
Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 12.

[6] Vida escondida
y epifanía,

en Obras Completas V,
Burgos 2007, 637.

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Punto 9.
La santidad es el rostro
más bello de la Iglesia.


Pero aun fuera
de la Iglesia Católica
y en ámbitos muy diferentes,
el Espíritu suscita
«signos de su presencia,
que ayudan a los mismos
discípulos de Cristo»[7].


Por otra parte,
san Juan Pablo II
nos recordó que
«el testimonio
ofrecido a Cristo
hasta el derramamiento
de la sangre
se ha hecho
patrimonio común
de católicos,
ortodoxos,
anglicanos
y protestantes»[8].


En la hermosa
conmemoración
ecuménica que
él quiso celebrar
en el Coliseo,
durante el
Jubileo del año 2000,
sostuvo que los mártires
son «una herencia que
habla con una voz más fuerte
que la de los factores
de división»[9].



[7]
S. Juan Pablo II, Carta ap.
Novo millennio ineunte
(6 enero 2001), 56:
AAS 93 (2001), 307.

[8] Carta ap.
[i]Tertio millennio adveniente

(10 noviembre 1994), 37:
AAS 87 (1995), 29.

[9] Homilía en
la Conmemoración ecuménica
de los testigos de la fe
del siglo XX

(7 mayo 2000), 5:
AAS 92 (2000), 680-681.

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EL SEÑOR LLAMA

Punto 10.
Todo esto es
importante.

Sin embargo, lo que
quisiera recordar
con esta Exhortación
es sobre todo
el llamado a
la santidad

que el Señor hace
a cada uno de nosotros,
ese llamado que
te dirige también a ti:

«Sed santos,
porque yo soy santo»

(Lv 11,45; cf. 1 P 1,16).

El Concilio Vaticano II
lo destacó con fuerza:

«Todos los fieles, cristianos,
de cualquier condición y estado,
fortalecidos con tantos
y tan poderosos
medios de salvación,
son llamados por el Señor,
cada uno por su camino,
a la perfección de
aquella santidad
con la que es perfecto
el mismo Padre»[10].



[10]
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 11.

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Punto 11.
«Cada uno por su camino»
dice el Concilio.


Entonces, no se trata
de desalentarse
cuando uno contempla
modelos de santidad
que le parecen
inalcanzables.

Hay testimonios
que son útiles
para estimularnos
y motivarnos,
pero no para que
tratemos de copiarlos,
porque eso
hasta podría
alejarnos
del camino
único y diferente
que el Señor
tiene para
nosotros.

Lo que interesa es
que cada creyente
discierna su propio camino
y saque a la luz
lo mejor de sí,
aquello tan personal
que Dios ha puesto en él
(cf. 1 Co 12, 7),
y no que se desgaste
intentando imitar algo
que no ha sido
pensado para él.

Todos estamos
llamados a ser testigos,
pero «existen
muchas formas
existenciales de
testimonio»[11].


De hecho, cuando
el gran místico
san Juan de la Cruz
escribía su
Cántico Espiritual,
prefería evitar
reglas fijas para todos
y explicaba que
sus versos
estaban escritos
para que cada uno
los aproveche
«según
su modo»[12].


Porque la vida divina
se comunica
«a unos en
una manera
y a otros
en otra»[13].



[11]
Hans U. von Balthasar,
“Teología y santidad”,
en Communio 6 (1987), 489.

[12] Cántico
Espiritual B,

Prólogo, 2.

[13] Cántico
Espiritual,
XIV-XV, 2.

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Punto 12.
Dentro de las formas variadas,
quiero destacar que
el «genio femenino»

también se manifiesta
en estilos femeninos
de santidad,
indispensables para
reflejar la santidad de Dios
en este mundo.

Precisamente,
aun en épocas
en que las mujeres
fueron más relegadas,
el Espíritu Santo
suscitó santas
cuya fascinación
provocó nuevos
dinamismos espirituales
e importantes reformas
en la Iglesia.

Podemos mencionar a
santa Hildegarda de Bingen,
santa Brígida,
santa Catalina de Siena,
santa Teresa de Ávila
o santa Teresa de Lisieux.


Pero me interesa recordar
a tantas mujeres
desconocidas u
olvidadas quienes,
cada una a su modo,
han sostenido
y transformado
familias y
comunidades
con la potencia de
su testimonio.

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Punto 13.
Esto debería
entusiasmar
y alentar
a cada uno
para darlo todo,

para crecer hacia
ese proyecto único
e irrepetible que
Dios ha querido
para él desde
toda la eternidad:

«Antes de formarte
en el vientre, te elegí;
antes de que salieras
del seno materno,
te consagré»

(Jr 1,5).

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TAMBIÉN PARA TI

Punto 14.
Para ser santos
no es necesario
ser obispos,
sacerdotes,
religiosas o
religiosos.


Muchas veces
tenemos
la tentación
de pensar que
la santidad
está reservada
solo a quienes
tienen la posibilidad
de tomar distancia
de las ocupaciones
ordinarias,
para dedicar
mucho tiempo
a la oración.

No es así.

Todos estamos
llamados a ser santos

viviendo con amor
y ofreciendo
el propio testimonio
en las ocupaciones
de cada día,
allí donde
cada uno
se encuentra.

¿Eres consagrada
o consagrado?

Sé santo

viviendo
con alegría
tu entrega.

¿Estás casado?

Sé santo

amando
y ocupándote
de tu marido
o de tu esposa,
como Cristo
lo hizo con
la Iglesia.

¿Eres un trabajador?

Sé santo

cumpliendo con honradez
y competencia tu trabajo
al servicio de los hermanos.

¿Eres padre,
abuela o
abuelo?

Sé santo

enseñando
con paciencia
a los niños a
seguir a Jesús.

¿Tienes autoridad?

Sé santo

luchando por
el bien común
y renunciando
a tus intereses
personales[14].


[14]
Cf. Catequesis
(19 noviembre 2014):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(21 noviembre 2014), p. 16.

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Punto 15.
Deja que la gracia
de tu Bautismo
fructifique en
un camino
de santidad.


Deja que todo
esté abierto a Dios
y para ello
opta por Él,
elige a Dios
una y otra vez.

No te desalientes,
porque tienes
la fuerza del
Espíritu Santo
para que
sea posible,
y la santidad,
en el fondo,
es el fruto
del Espíritu Santo
en tu vida
(cf. Ga 5,22-23).

Cuando sientas
la tentación
de enredarte
en tu debilidad,
levanta los ojos
al Crucificado
y dile:

«Señor,
yo soy
un pobrecillo,
pero Tú puedes
realizar el milagro
de hacerme
un poco mejor».


En la Iglesia, santa
y compuesta
de pecadores,
encontrarás todo
lo que necesitas
para crecer
hacia la santidad.

El Señor
la ha llenado
de dones
con la Palabra,
los Sacramentos,
los Santuarios,
la Vida de
las comunidades,
el Testimonio de
sus santos,
y una múltiple
belleza
que procede
del amor
del Señor,
«como novia
que se adorna
con sus joyas»

(Is 61,10).

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Punto 16.
Esta santidad
a la que el Señor
te llama
irá creciendo
con pequeños
gestos.


Por ejemplo:

Una señora
va al mercado
a hacer
las compras,
encuentra
a una vecina
y comienza
a hablar,
y vienen
las críticas.

Pero esta mujer
dice en su interior:

«No, no hablaré
mal de nadie».

Este es un paso
en la santidad.


Luego, en casa,
su hijo le pide
conversar
acerca de
sus fantasías,
y aunque esté
cansada se sienta
a su lado y escucha
con paciencia y afecto.

Esa es otra ofrenda
que santifica.


Luego vive
un momento
de angustia,
pero recuerda
el amor de
la Virgen María,
toma el rosario
y reza con fe.

Ese es otro
camino de
santidad.


Luego va por la calle,
encuentra a un pobre
y se detiene a conversar
con él con cariño.

Ese es otro paso.

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Punto 17.
A veces la vida presenta
desafíos mayores
y a través de ellos
el Señor nos invita
a nuevas conversiones

que permiten que su gracia
se manifieste mejor
en nuestra existencia
«para que participemos
de su santidad»
(Hb 12,10).

Otras veces solo se trata
de encontrar una forma
más perfecta de vivir
lo que ya hacemos:

«Hay inspiraciones
que tienden solamente
a una extraordinaria perfección
de los ejercicios ordinarios
de la vida»[15].


Cuando el Cardenal
Francisco Javier
Nguyên van Thuânestaba

en la cárcel, renunció
a desgastarse
esperando
su liberación.

Su opción fue «vivir
el momento presente
colmándolo de amor»;

y el modo como se
concretaba esto era:

«Aprovecho las ocasiones
que se presentan cada día
para realizar acciones ordinarias
de manera extraordinaria»[16].


[15]
S. Francisco de Sales,
Tratado del amor a Dios, VIII, 11.

[16][/b] Cinco panes y dos peces:
un gozoso testimonio de fe
desde el sufrimiento en la cárcel,

México 19999, 21.

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Punto 18.
Así, bajo el impulso
de la gracia divina,
con muchos gestos
vamos construyendo
esa figura de santidad
que Dios quería,

pero no como seres
autosuficientes sino
«como buenos
administradores
de la multiforme
gracia de Dios»

(1 P 4,10).

Bien nos enseñaron
los Obispos de
Nueva Zelanda
que es posible amar
con el amor
incondicional
del Señor, porque
el Resucitado
comparte su vida poderosa
con nuestras frágiles vidas:

«Su amor
no tiene límites
y una vez dado
nunca se echó atrás.

Fue incondicional
y permaneció fiel.

Amar así no es fácil
porque muchas veces
somos tan débiles.

Pero precisamente
para tratar de amar
como Cristo nos amó,
Cristo comparte
su propia
vida resucitada
con nosotros.

De esta manera,
nuestras vidas
demuestran
su poder en acción,
incluso en medio
de la debilidad
humana»[17].



[17]
Conferencia de Obispos católicos
de Nueva Zelanda, Healing love
(1 enero 1988).

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TU MISIÓN EN CRISTO

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Punto 19.
Para un cristiano
no es posible pensar

en la propia
misión en la tierra
sin concebirla como
un camino de santidad,
porque «esta es
la voluntad de Dios:
Vuestra santificación»

(1 Ts 4,3).

Cada santo es una misión;
es un proyecto del Padre
para reflejar y encarnar,
en un momento
determinado de
la historia,
un aspecto
del Evangelio.

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Punto 20.
Esa misión tiene
su sentido pleno en Cristo
y solo se entiende desde Él.


En el fondo la santidad
es vivir en unión con Él
los misterios de su vida.

Consiste en asociarse
a la muerte y
resurrección del Señor
de una manera
única y personal,
en morir y resucitar
constantemente con Él.

Pero también puede
implicar reproducir
en la propia existencia
distintos aspectos de
la vida terrena de Jesús:

Su vida oculta,
su vida comunitaria,
su cercanía a los últimos,
su pobreza y
otras manifestaciones
de su entrega por amor.

La contemplación de
estos misterios,
como proponía
san Ignacio de Loyola,
nos orienta a hacerlos carne
en nuestras opciones
y actitudes[18].

Porque «todo
en la vida de Jesús
es signo de su misterio»[19],
«toda la vida de Cristo
es Revelación del Padre»[20],
«toda la vida de Cristo
es misterio de Redención»[21],
«toda la vida de Cristo
es misterio de Recapitulación»[22],
y «todo lo que Cristo vivió
hace que podamos vivirlo en Él
y que Él lo viva en nosotros»[23].



[18]
Cf. Ejercicios espirituales, 102-312.

[19] Catecismo de la Iglesia Católica, 515.

[20] Catecismo de la Iglesia Católica, 516.

[21] Catecismo de la Iglesia Católica, 517.

[22] Catecismo de la Iglesia Católica, 518.

[23] Catecismo de la Iglesia Católica, 521.

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Punto 21.
El designio del Padre
es Cristo, y nosotros en Él
.

En último término,
es Cristo amando en nosotros,
porque «la santidad
no es sino la caridad
plenamente vivida»[24].


Por lo tanto,
«la santidad se mide
por la estatura que Cristo
alcanza en nosotros,
por el grado como,
con la fuerza
del Espíritu Santo,
modelamos toda
nuestra vida
según la suya»[25].


Así, cada santo
es un mensaje que
el Espíritu Santo
toma de la riqueza
de Jesucristo y
regala a su pueblo.


[24-25]
Benedicto XVI,
Catequesis (13 abril 2011):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(17 abril 2011), p. 11.

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Punto 22.
Para reconocer cuál es
esa palabra que el Señor
quiere decir
a través de
un santo,

no conviene
entretenerse
en los detalles,
porque allí también
puede haber
errores y caídas.

No todo lo que dice un santo
es plenamente fiel al Evangelio,
no todo lo que hace
es auténtico o perfecto.

Lo que hay que contemplar
es el conjunto de su vida,
su camino entero
de santificación,
esa figura que refleja
algo de Jesucristo
y que resulta
cuando uno logra
componer el sentido
de la totalidad de
su persona[26].


[26]
Cf. Hans U. von Balthasar,
“Teología y santidad”,
en Communio 6 (1987), 486-493.

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Punto 23.
Esto es un fuerte
llamado de atención
para todos nosotros.


Tú también necesitas
concebir la totalidad
de tu vida como
una misión.

Inténtalo escuchando
a Dios en la oración
y reconociendo
los signos que
Él te da.

Pregúntale siempre al Espíritu
qué espera Jesús de ti
en cada momento de
tu existencia y
en cada opción
que debas tomar,
para discernir
el lugar que eso ocupa
en tu propia misión.

Y permítele que forje en ti
ese misterio personal
que refleje a Jesucristo
en el mundo de hoy.

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Punto 24.
Ojalá puedas reconocer
cuál es esa palabra,
ese mensaje de Jesús
que Dios quiere decir
al mundo con tu vida.


Déjate transformar,
déjate renovar
por el Espíritu,
para que eso
sea posible,
y así tu preciosa misión
no se malogrará.

El Señor la cumplirá también
en medio de tus errores
y malos momentos,
con tal que no abandones
el camino del amor
y estés siempre abierto
a su acción sobrenatural
que purifica e ilumina.

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LA ACTIVIDAD QUE SANTIFICA

Punto 25.
Como no puedes entender a Cristo
sin el reino que Él vino a traer,

tu propia misión es inseparable
de la construcción de ese reino:
«Buscad sobre todo
el reino de Dios
y su justicia»

(Mt6,33).

Tu identificación
con Cristo
y sus deseos,
implica el empeño
por construir, con Él,
ese reino de amor,
justicia y paz para todos.

Cristo mismo
quiere vivirlo contigo,
en todos los esfuerzos
o renuncias que implique,
y también en las alegrías
y en la fecundidad
que te ofrezca.

Por lo tanto,
no te santificarás
sin entregarte
en cuerpo y alma
para dar
lo mejor de ti
en ese empeño.

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Punto 26.
No es sano
amar el silencio
y rehuir el encuentro
con el otro,

desear el descanso
y rechazar la actividad,
buscar la oración
y menospreciar
el servicio.

Todo puede ser
aceptado e integrado
como parte de
la propia existencia
en este mundo,
y se incorpora
en el camino
de santificación.

Somos llamados a vivir
la contemplación también
en medio de la acción,
y nos santificamos
en el ejercicio
responsable
y generoso
de la propia
misión.

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Punto 27.
¿Acaso el Espíritu Santo
puede lanzarnos
a cumplir una misión

y al mismo tiempo
pedirnos que
escapemos de ella,
o que evitemos
entregarnos
totalmente
para preservar
la paz interior?

Sin embargo,
a veces
tenemos
la tentación
de relegar
la entrega pastoral
o el compromiso
en el mundo
a un lugar
secundario,
como si fueran
«distracciones»
en el camino de
la santificación y
de la paz interior.

Se olvida que
«no es que
la vida tenga
una misión,
sino que
es misión»[27].



[27]
Xavier Zubiri,
Naturaleza, historia, Dios,
Madrid 19993, 427.

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Punto 28.
Una tarea movida
por la ansiedad,
el orgullo,
la necesidad
de aparecer y
de dominar,
ciertamente
no será
santificadora.


El desafío es vivir
la propia entrega
de tal manera que
los esfuerzos tengan
un sentido evangélico
y nos identifiquen
más y más con Jesucristo.

De ahí que
suela hablarse,
por ejemplo,
de una espiritualidad
del catequista,
de una espiritualidad
del clero diocesano,
de una espiritualidad
del trabajo.

Por la misma razón,
en Evangelii gaudium
quise concluir con
una espiritualidad
de la misión
,
en Laudato si’ con
una espiritualidad
ecológica

y en Amoris laetitia con
una espiritualidad de
la vida familiar.


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Punto 29.
Esto no implica
despreciar
los momentos
de quietud,
soledad y
silencio
ante Dios.


Al contrario.

Porque las constantes novedades
de los recursos tecnológicos,
el atractivo de los viajes,
las innumerables ofertas
para el consumo,
a veces no dejan
espacios vacíos
donde resuene
la voz de Dios.

Todo se llena
de palabras,
de disfrutes
epidérmicos
y de ruidos con
una velocidad
siempre mayor.

Allí no reina la alegría
sino la insatisfacción
de quien no sabe
para qué vive.

¿Cómo no reconocer entonces
que necesitamos detener
esa carrera frenética
para recuperar
un espacio personal,
a veces doloroso
pero siempre fecundo,
donde se entabla
el diálogo sincero
con Dios?

En algún momento tendremos que
percibir de frente la propia verdad,
para dejarla invadir por el Señor,
y no siempre se logra esto si uno
«no se ve al borde del abismo
de la tentación más agobiante,
si no siente el vértigo del precipicio
del más desesperado abandono,
si no se encuentra absolutamente solo,
en la cima de la soledad
más radical»[28].


Así encontramos
las grandes
motivaciones
que nos impulsan
a vivir a fondo
las propias tareas.


[28]
Carlo M. Martini,
Las confesiones de Pedro,
Estella 1994, 76.

Imagen

Punto 30.
Los mismos recursos
de distracción que
invaden la vida actual
nos llevan también
a absolutizar
el tiempo libre,

en el cual podemos
utilizar sin límites
esos dispositivos
que nos brindan
entretenimiento
o placeres
efímeros[29].

Como consecuencia,
es la propia misión
la que se resiente,
es el compromiso
el que se debilita,
es el servicio
generoso
y disponible
el que comienza
a retacearse.

Eso desnaturaliza
la experiencia espiritual.

¿Puede ser sano
un fervor espiritual
que conviva con
una acedia en
la acción
evangelizadora
o en el servicio
a los otros?


[29]
Es necesario distinguir
esta distracción superficial,
de una sana cultura del ocio,
que nos abre al otro y a la realidad
con un espíritu disponible
y contemplativo.

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Punto 31.
Nos hace falta
un espíritu
de santidad
que impregne
tanto la soledad
como el servicio,

tanto la intimidad
como la tarea
evangelizadora,
de manera que
cada instante
sea expresión
de amor entregado
bajo la mirada
del Señor.

De este modo,
todos los momentos
serán escalones
en nuestro camino
de santificación.

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MÁS VIVOS, MÁS HUMANOS

Punto 32.
No tengas miedo
de la santidad.

No te quitará fuerzas,
vida o alegría.


Todo lo contrario,
porque llegarás a ser
lo que el Padre pensó
cuando te creó
y serás fiel
a tu propio ser.

Depender de Él
nos libera de
las esclavitudes
y nos lleva a
reconocer nuestra
propia dignidad.

Esto se refleja en
santa Josefina Bakhita,
quien fue «secuestrada
y vendida como esclava
a la tierna edad
de siete años,
sufrió mucho en manos
de amos crueles.

Pero llegó a comprender
la profunda verdad
de que Dios,
y no el hombre,
es el verdadero Señor
de todo ser humano,
de toda vida humana.

Esta experiencia se transformó
en una fuente de gran sabiduría
para esta humilde hija de África»[30].



[30]
S. Juan Pablo II,
Homilía en la Misa de canonización
(1 octubre 2000), 5: AAS 92 (2000), 852.

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Punto 33.
En la medida en
que se santifica,
cada cristiano
se vuelve
más fecundo
para el mundo.


Los Obispos de
África occidental
nos enseñaron:

«Estamos siendo llamados,
en el espíritu de
la nueva evangelización,
a ser evangelizados
y a evangelizar
a través del empoderamiento
de todos los bautizados
para que asumáis
vuestros roles
como sal de la tierra y
luz del mundo
donde quiera
que os encontréis»[31].



[31]
Conferencia Episcopal
Regional de África Occidental,
Mensaje pastoral a la conclusión
de la II Asamblea Plenaria

(29 febrero 2016), 2.

Imagen

Punto 34.
No tengas miedo
de apuntar más alto,
de dejarte amar
y liberar por Dios.


No tengas miedo
de dejarte guiar
por el Espíritu Santo.

La santidad
no te hace
menos humano,
porque es
el encuentro
de tu debilidad
con la fuerza
de la gracia.

En el fondo,
como decía
León Bloy,
en la vida
«existe una
sola tristeza,
la de no ser
santos»[32].



[32]
La mujer pobre, II, 27.

--------------------------------------------------------------------------------
Capítulo II, VERLO EN EL SIGUIENTE MENSAJE.

Para ver el texto completo, pulsar en:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html


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Re: «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 0

Notapor Maria de Lourdes » 09 Abr 2018 16:37

esoto escribió:Imagen

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

"SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL"

1. «Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12),

dice Jesús a los que son
perseguidos o humillados
por su causa.

El Señor lo pide todo,
y lo que ofrece es
la verdadera vida,
la felicidad para
la cual fuimos creados.

Él nos quiere santos
y no espera que
nos conformemos
con una existencia
mediocre,
aguada,
licuada.

En realidad, desde
las primeras páginas
de la Biblia está presente,
de diversas maneras,
el llamado a la santidad.

Así se lo proponía
el Señor a Abraham:

«Camina en mi presencia
y sé perfecto»
(Gn 17,1).



Para ver el texto completo, pulsar en:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html


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Jesus, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador
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Re: «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 0

Notapor Montemar » 09 Abr 2018 19:29

¡¡Gracias, esoto!!
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Señor, que sepa vivir abrazada al Evangelio.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Cap. II)

Notapor esoto » 10 Abr 2018 07:54

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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

“SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL”

-------------------------------------------------------------------------

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CAPÍTULO SEGUNDO:

DOS SUTILES
ENEMIGOS DE
LA SANTIDAD

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Punto 35.
En este marco, quiero
llamar la atención
acerca de dos falsificaciones
de la santidad que podrían
desviarnos del camino:
el gnosticismo y
el pelagianismo.


Son dos herejías
que surgieron
en los primeros
siglos cristianos,
pero que siguen
teniendo alarmante
actualidad.

Aun hoy los corazones
de muchos cristianos,
quizá sin darse cuenta,
se dejan seducir
por estas propuestas
engañosas.

En ellas se expresa
un inmanentismo
antropocéntrico
disfrazado de
verdad católica.[33]

Veamos estas dos formas
de seguridad doctrinal
o disciplinaria
que dan lugar
«a un elitismo
narcisista
y autoritario,
donde en lugar
de evangelizar
lo que se hace
es analizar y
clasificar a
los demás,
y en lugar de
facilitar el acceso
a la gracia
se gastan
las energías
en controlar.

En los dos casos,
ni Jesucristo
ni los demás
interesan
verdaderamente»[34].



[33]
Cf. Congregación para
la Doctrina de la Fe,
CartaPlacuit Deo,
sobre algunos aspectos
de la salvación cristiana
(22 febrero 2018), 4:
L’Osservatore Romano
(2 marzo 2018), pp. 4-5:
«Tanto el individualismo neo-pelagiano
como el desprecio neo-gnóstico del cuerpo
deforman la confesión de fe en Cristo,
el Salvador único y universal»
.
En este documento se encuentran
las bases doctrinales para la comprensión
de la salvación cristiana en relación con
las derivas neo-gnósticas y neo-pelagianas actuales.

[34][/b] Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 94: AAS 105 (2013), 1060.

Imagen

EL GNOSTICISMO ACTUAL

Punto 36.
El gnosticismo supone
«una fe encerrada
en el subjetivismo,

donde solo interesa
una determinada experiencia
o una serie de razonamientos
y conocimientos que
supuestamente
reconfortan e iluminan,
pero en definitiva
el sujeto queda clausurado
en la inmanencia de
su propia razón o
de sus sentimientos»[35].


[35]
Exhort. ap.
Evangelii gaudium[/b]
(24 noviembre 2013), 94:
AAS 105 (2013), 1059.

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Una mente sin Dios y sin carne


Punto 37.
Gracias a Dios, a lo largo
de la historia de la Iglesia
quedó muy claro que
lo que mide la perfección
de las personas es
su grado de caridad,

no la cantidad de datos
y conocimientos
que acumulen.

Los «gnósticos» tienen
una confusión en este punto,
y juzgan a los demás
según la capacidad
que tengan de comprender
la profundidad de
determinadas doctrinas.

Conciben una mente
sin encarnación,
incapaz de tocar
la carne sufriente
de Cristo en los otros,
encorsetada en
una enciclopedia
de abstracciones.

Al descarnar el misterio
finalmente prefieren
«un Dios sin Cristo,
un Cristo sin Iglesia,
una Iglesia sin pueblo»[36].



[36]

Homilía en la Misa
de la Casa Santa Marta

(11 noviembre 2016):
L’Osservatore Romano
(12 noviembre 2016), p. 8.

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Punto 38.
En definitiva, se trata de
una superficialidad vanidosa:

mucho movimiento en
la superficie de la mente,
pero no se mueve
ni se conmueve
la profundidad del
pensamiento.

Sin embargo, logra
subyugar a algunos con
una fascinación engañosa,
porque el equilibrio gnóstico
es formal y supuestamente
aséptico, y puede asumir
el aspecto de
una cierta armonía
o de un orden que
lo abarca todo.

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Punto 39.
Pero estemos atentos.

No me refiero
a los racionalistas
enemigos de
la fe cristiana.


Esto puede ocurrir
dentro de la Iglesia,
tanto en los laicos
de las parroquias
como en quienes
enseñan filosofía
o teología en centros
de formación.

Porque también
es propio de
los gnósticos
creer que con
sus explicaciones
ellos pueden hacer
perfectamente comprensible
toda la fe y todo el Evangelio.

Absolutizan sus propias teorías
y obligan a los demás a someterse
a los razonamientos que ellos usan.

Una cosa es un sano
y humilde uso de la razón
para reflexionar sobre
la enseñanza teológica
y moral del Evangelio;
otra es pretender reducir
la enseñanza de Jesús
a una lógica fría y dura
que busca
dominarlo
todo[37].


[37]
Como enseña S. Buenaventura:
«Es necesario que se dejen
todas las operaciones intelectuales,
y que el ápice del afecto
se traslade todo a Dios
y todo se transforme
en Dios. […]

Y así, no pudiendo
nada la naturaleza
y poco la industria,
ha de darse poco
a la inquisición y
mucho a la unción;
poco a la lengua
y muchísimo a
la alegría interior;
poco a la palabra
y a los escritos,
y todo al don de Dios,
que es el Espíritu Santo;
poco o nada a la criatura,
todo a la esencia creadora,
esto es, al Padre, y al Hijo,
y a Espíritu Santo»

(Itinerario de
la mente a Dios,
VII,4-5).

Imagen

Una doctrina sin misterio

Punto 40.
El gnosticismo es una de
las peores ideologías,

ya que, al mismo tiempo
que exalta indebidamente
el conocimiento o
una determinada
experiencia,
considera que
su propia visión
de la realidad es
la perfección.

Así, quizá sin advertirlo,
esta ideología se
alimenta a sí misma
y se enceguece aún más.

A veces se vuelve
especialmente engañosa
cuando se disfraza
de una espiritualidad
desencarnada.

Porque el gnosticismo
«por su propia naturaleza
quiere domesticar
el misterio»[38],

tanto el misterio de Dios
y de su gracia,
como el misterio
de la vida de
los demás.


[38]
Carta al Gran Canciller
de la Pontificia Universidad
Católica Argentina
en el centenario de
la Facultad de Teología

(3 marzo 2015):
L’Osservatore Romano
(10 marzo 2015), p. 6.

Imagen

Punto 41.
Cuando alguien
tiene respuestas
a todas las preguntas,
demuestra que no está
en un sano camino

y es posible que sea
un falso profeta,
que usa la religión
en beneficio propio,
al servicio de
us elucubraciones
psicológicas
y mentales.

Dios nos supera
infinitamente,
siempre es
una sorpresa
y no somos nosotros
los que decidimos
en qué circunstancia
histórica encontrarlo,
ya que
no depende
de nosotros
determinar el tiempo
y el lugar del encuentro.

Quien lo quiere
todo claro y seguro
pretende dominar
la trascendencia
de Dios.

Imagen

Punto 42.
Tampoco se puede pretender
definir dónde no está Dios,

porque Él está misteriosamente
en la vida de toda persona,
está en la vida de cada uno
como Él quiere, y no
podemos negarlo con
nuestras supuestas certezas.

Aun cuando
la existencia
de alguien
haya sido
un desastre,
aun cuando
lo veamos
destruido
por los vicios
o las adicciones,

Dios está
en su vida.

Si nos dejamos guiar
por el Espíritu más que
por nuestros razonamientos,
podemos y debemos
buscar al Señor en
toda vida humana.

Esto es parte del misterio
que las mentalidades gnósticas
terminan rechazando,
porque no lo pueden controlar.

Imagen

Los límites de la razón

Imagen

Punto 43.
Nosotros llegamos
a comprender
muy pobremente
la verdad que
recibimos
del Señor.


Con mayor
dificultad
todavía
logramos
expresarla.

Por ello no podemos pretender
que nuestro modo de entenderla
nos autorice a ejercer
una supervisión estricta
de la vida de los demás.

Quiero recordar
que en la Iglesia
conviven lícitamente
distintas maneras
de interpretar muchos
aspectos de la doctrina
y de la vida cristiana que,
en su variedad,
«ayudan
a explicitar mejor
el riquísimo tesoro
de la Palabra».


Es verdad que
«a quienes sueñan
con una doctrina monolítica
defendida por todos
sin matices,
esto puede parecerles
una imperfecta dispersión»[39].


Precisamente,
algunas corrientes
gnósticas despreciaron
la sencillez tan
concreta del Evangelio
e intentaron reemplazar
al Dios trinitario y encarnado
por una Unidad superior
donde desaparecía
la rica multiplicidad
de nuestra historia.


[39]
Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 40:
AAS 105 (2013), 1037.

Imagen

Punto 44.
En realidad, la doctrina,
o mejor,
nuestra comprensión y expresión de ella,
«no es un sistema cerrado, privado
de dinámicas capaces de generar
interrogantes, dudas, cuestionamientos»
,
y «las preguntas de nuestro pueblo,
sus angustias, sus peleas, sus sueños,
sus luchas, sus preocupaciones,
poseen valor hermenéutico
que no podemos ignorar
si queremos tomar en serio
el principio de encarnación.

Sus preguntas
nos ayudan
a preguntarnos,
sus cuestionamientos
nos cuestionan»[40].



[40]
Videomensaje al Congreso
internacional de Teología de
la Pontificia Universidad
Católica Argentina

(1-3 septiembre 2015):
AAS 107 (2015), 980.

Imagen

Punto 45.
Con frecuencia se produce
una peligrosa confusión:


Creer que porque sabemos algo
o podemos explicarlo con
una determinada lógica,
ya somos santos, perfectos,
mejores que la
«masa ignorante».

A todos los que en la Iglesia
tienen la posibilidad de
una formación más alta,
san Juan Pablo II
les advertía de
la tentación de desarrollar
«un cierto sentimiento
de superioridad respecto
a los demás fieles»[41].


Pero en realidad,
eso que creemos saber
debería ser siempre
una motivación para
responder mejor
al amor de Dios,
porque «se
aprende para vivir:
teología y santidad
son un binomio
inseparable»[42].



[41]
Exhort. ap. postsin.
Vita consecrata
(25 marzo 1996), 38:
AAS88 (1996), 412.

[42] Carta al Gran Canciller
de la Pontificia Universidad
Católica Argentina en
el centenario de
la Facultad de Teología

(3 marzo 2015):
L’Osservatore Romano
(10 marzo 2015), p. 6.

Imagen

Punto 46.
Cuando san Francisco de Asís
veía que algunos
de sus discípulos
enseñaban la doctrina,
quiso evitar la tentación
del gnosticismo.


Entonces escribió esto
a san Antonio de Padua:

«Me agrada que enseñes
sagrada teología
a los hermanos
con tal que, en
el estudio de la misma,
no apagues el espíritu
de oración y devoción»[43].


Él reconocía
la tentación de convertir
la experiencia cristiana
en un conjunto de
elucubraciones mentales
que terminan alejándonos
de la frescura del Evangelio.

San Buenaventura,
por otra parte,
advertía que
la verdadera
sabiduría cristiana
no se debe desconectar
de la misericordia
hacia el prójimo:

«La mayor sabiduría
que puede existir
consiste en difundir
fructuosamente
lo que uno tiene para dar,
lo que se le ha dado
precisamente para
que lo dispense. [...]

Por eso, así como
la misericordia
es amiga de la sabiduría,
la avaricia es su enemiga»[44].

«Hay una actividad
que al unirse a
la contemplación
no la impide,
sino que la facilita,
como las obras de
misericordia
y piedad»[45].



[43] Carta a Fray
Antonio, 2: FF 251.

[44] Los siete dones
del Espíritu Santo,
9,15.

[45] Id., In IV Sent.,
37, 1, 3, ad 6.

Imagen

EL PELAGIANISMO ACTUAL

Punto 47.
El gnosticismo dio lugar
a otra vieja herejía,
que también está
presente hoy.


Con el paso del tiempo,
muchos comenzaron
a reconocer que
no es el conocimiento
lo que nos hace
mejores o santos,
sino la vida
que llevamos.

El problema es que
esto se degeneró
sutilmente,
de manera que
el mismo error
de los gnósticos
simplemente
se transformó,
pero no fue
superado.

Imagen

Punto 48.
Porque el poder
que los gnósticos
atribuían a la inteligencia,
algunos comenzaron
a atribuírselo a
la voluntad humana,
al esfuerzo personal.


Así surgieron
los pelagianos y
los semipelagianos.

Ya no era la inteligencia
lo que ocupaba
el lugar del misterio
y de la gracia,
sino la voluntad.

Se olvidaba que
«todo depende
no del querer
o del correr,
sino de
la misericordia
de Dios»
(Rm 9,16)
y que «Él
nos amó
primero»

(1 Jn 4,19).

Imagen

Una voluntad sin humildad

Punto 49.
Los que responden
a esta mentalidad
pelagiana o
semipelagiana,

aunque hablen
de la gracia de Dios
con discursos edulcorados
«en el fondo
solo confían
en sus propias
fuerzas
y se sienten
superiores a otros
por cumplir
determinadas
normas
o por ser
inquebrantablemente
fieles a cierto estilo
católico»[46].


Cuando algunos de ellos
se dirigen a los débiles
diciéndoles que todo se puede
con la gracia de Dios,
en el fondo suelen
transmitir la idea
de que todo se puede
con la voluntad humana,
como si ella fuera algo
puro, perfecto,
omnipotente,
a lo que se añade
la gracia.

Se pretende
ignorar que
«no todos
pueden todo»[47],

y que en esta vida
las fragilidades
humanas
no son sanadas
completa y
definitivamente
por la gracia[48].

En cualquier caso,
como enseñaba
san Agustín,
Dios te invita
a hacer
lo que puedas
y a pedir lo que
no puedas[49];
o bien a decirle
al Señor
humildemente:

«Dame lo que me pides
y pídeme lo que quieras»
[50]
.


[46] Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 94:
AAS 105 (2013), 1059.

[47] Cf. S. Buenaventura,
Las seis alas del Serafín 3,8:
«Non omnes omnia possunt».
Cabe entenderlo en la línea del
Catecismo de la Iglesia Católica, 1735.

[48] Sto. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae
I-II, q.109, a.9, ad 1:
«La gracia entraña
cierta imperfección,
en cuanto no sana
perfectamente
al hombre».


[49] Cf. La naturaleza
y la gracia,

XLIII, 50: PL 44,271.

[50] Confesiones X, 29, 40:
PL 32, 796.

Imagen

Punto 50.
En el fondo, la falta de
un reconocimiento sincero,
dolorido y orante de
nuestros límites
es lo que impide
a la gracia actuar
mejor en nosotros,

ya que no le deja espacio
para provocar
ese bien posible
que se integra en
un camino sincero
y real de crecimiento[51].

La gracia, precisamente
porque supone
nuestra naturaleza,
no nos hace
superhombres
de golpe.

Pretenderlo sería
confiar demasiado
en nosotros mismos.

En este caso,
detrás de la ortodoxia,
nuestras actitudes
pueden no corresponder
a lo que afirmamos
sobre la necesidad
de la gracia,
y en los hechos
terminamos confiando
poco en ella.

Porque si no advertimos
nuestra realidad
concreta y limitada,
tampoco podremos ver
los pasos reales y posibles
que el Señor nos pide
en cada momento,
después de
habernos capacitado
y cautivado con su don.

La gracia actúa
históricamente
y, de ordinario,
nos toma
y transforma
de una forma
progresiva[52].

Por ello, si rechazamos
esta manera
histórica y progresiva,
de hecho podemos llegar
a negarla y bloquearla,
aunque la exaltemos
con nuestras palabras.


[51] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 44: [/çi]AAS[/i] 105 (2013), 1038.

[52] La fe cristiana entiende la gracia
como preveniente, concomitante
y subsecuente a nuestras acciones
(cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VI,
Decr. de iustificatione,
sobre la justificación, cap. 5: DH, 1525).

Imagen

Punto 51.
Cuando Dios se dirige
a Abraham le dice:
«Yo soy Dios todopoderoso,
camina en mi presencia
y sé perfecto»
(Gn 17,1).

Para poder ser perfectos,
como a Él le agrada,
necesitamos vivir
humildemente en
su presencia,
envueltos en su gloria;
nos hace falta caminar
en unión con Él
reconociendo su amor
constante en
nuestras vidas.

Hay que perderle el miedo
a esa presencia que
solamente puede
hacernos bien.

Es el Padre que
nos dio la vida
y nos ama tanto.

Una vez que
lo aceptamos
y dejamos de
pensar nuestra
existencia sin Él,
desaparece
la angustia de
la soledad (cf. Sal 139,7).

Y si ya no ponemos
distancias frente a Dios
y vivimos en su presencia,
podremos permitirle
que examine
nuestro corazón
para ver si va
por el camino
correcto
(cf. Sal 139,23-24).

Así conoceremos
la voluntad agradable
y perfecta del Señor
(cf. Rm 12,1-2)
y dejaremos que
Él nos moldee
como un alfarero
(cf. Is 29,16).

Hemos dicho tantas veces
que Dios habita en nosotros,
pero es mejor decir que
nosotros habitamos en Él,
que Él nos permite vivir
en su luz y en su amor.

Él es nuestro templo:
lo que busco es habitar
en la casa del Señor
todos los días
de mi vida
(cf. Sal 27,4).

«Vale más un día en tus atrios
que mil en mi casa»
(Sal 84,11).

En Él somos
santificados.

Imagen

Una enseñanza de la Iglesia
muchas veces olvidada

Punto 52.
La Iglesia enseñó
reiteradas veces
que no somos justificados
por nuestras obras
o por nuestros esfuerzos,
sino por la gracia del Señor
que toma la iniciativa.


Los Padres de la Iglesia,
aun antes de san Agustín,
expresaban con claridad
esta convicción primaria.

San Juan Crisóstomo
decía que Dios
derrama en nosotros
la fuente misma
de todos los dones
antes de que nosotros
hayamos entrado
en el combate[53].

San Basilio Magno
remarcaba que el fiel
se gloría solo en Dios,
porque «reconoce estar
privado de la verdadera justicia
y que es justificado únicamente
mediante la fe en Cristo»[54].



[53] Cf. Homilías sobre
la carta a los Romanos,

IX, 11: PG 60, 470.

[54] Homilía sobre
la humildad: PG
31, 530.

Imagen

Punto 54.
El Catecismo de
la Iglesia Católica

también nos recuerda
que el don de la gracia
«sobrepasa
las capacidades
de la inteligencia
y las fuerzas de
la voluntad
humana»[57],

y que «frente
a Dios no hay,
en el sentido de
un derecho estricto,
mérito alguno
de parte del hombre.

Entre Él y nosotros
la desigualdad
no tiene medida»[58].


Su amistad
nos supera
infinitamente,
no puede ser
comprada por nosotros
con nuestras obras
y solo puede ser
un regalo de su
iniciativa de amor.

Esto nos invita a vivir
con una gozosa gratitud
por ese regalo que
nunca mereceremos,
puesto que
«después que uno
ya posee la gracia,
no puede la gracia
ya recibida caer
bajo mérito»[59].


Los santos
evitan depositar
la confianza en
sus acciones:

«En el atardecer
de esta vida
me presentaré ante Ti
con las manos vacías, Señor,
porque no te pido
que lleves cuenta
de mis obras.

Todas nuestras justicias
tienen manchas
a tus ojos»[60].



[57] Catecismo de
la Iglesia Católica
, N. 1998.

[58] Catecismo de
la Iglesia Católica
, N. 2007.

[59] Sto. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae
I-II, q.114, a.5.

[60] Sta. Teresa de Lisieux,
“Acto de ofrenda al
Amor misericordioso”
(Oraciones, 6).

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Punto 55.
Esta es una de
las grandes
convicciones
definitivamente
adquiridas
por la Iglesia,
y está tan
claramente
expresada
en la Palabra
de Dios que
queda fuera de
toda discusión.


Así como el supremo
mandamiento del amor,
esta verdad debería
marcar nuestro
estilo de vida,
porque bebe
del corazón
del Evangelio
y nos convoca
no solo a aceptarla
con la mente,
sino a convertirla
en un gozo
contagioso.

Pero no podremos
celebrar con gratitud
el regalo gratuito
de la amistad con
el Señor si
no reconocemos
que aun nuestra
existencia terrena
y nuestras
capacidades
naturales
son un regalo.

Necesitamos
«consentir
jubilosamente que
nuestra realidad
sea dádiva,
y aceptar aun
nuestra libertad
como gracia.

Esto es lo difícil
hoy en un mundo
que cree tener
algo por sí mismo,
fruto de su propia
originalidad o
de su libertad»[61].



[61] Lucio Gera,
“Sobre el misterio del pobre”,
en P. Grelot-L. Gera-A. Dumas,
El Pobre, Buenos Aires 1962, 103.

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Punto 56.
Solamente a partir
del don de Dios,
libremente acogido
y humildemente recibido,
podemos cooperar
con nuestros esfuerzos
para dejarnos
transformar
más y más[62].


Lo primero es
pertenecer a Dios.

Se trata de ofrecernos
a Él que nos primerea,
de entregarle
nuestras capacidades,
nuestro empeño,
nuestra lucha contra el mal
y nuestra creatividad,
para que su don gratuito
crezca y se desarrolle
en nosotros:

«Os exhorto,
pues, hermanos, por
la misericordia de Dios,
a que presentéis
vuestros cuerpos
como sacrificio
vivo, santo,
agradable a Dios»

(Rm 12,1).

Por otra parte, la Iglesia
siempre enseñó
que solo la caridad
hace posible
el crecimiento
en la vida
de la gracia,
porque si no
tengo caridad,
no soy nada
(cf. 1 Co 13,2).


[62] Esta es,
en definitiva,
la doctrina católica
acerca del «mérito»
posterior a la justificación:
se trata de
la cooperación
del justificado
para el crecimiento
de la vida de la gracia
(cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 2010).
Pero esta cooperación
de ninguna manera
hace que
la justificación misma
y la amistad con Dios
se vuelvan objeto
de un mérito humano.

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Los nuevos pelagianos

Punto 57.
Todavía hay cristianos
que se empeñan
en seguir otro camino:


El de la justificación
por las propias fuerzas,
el de la adoración de
la voluntad humana
y de la propia capacidad,
que se traduce en
una autocomplacencia
egocéntrica y
elitista privada del
verdadero amor.

Se manifiesta
en muchas actitudes
aparentemente
distintas:

La obsesión por la ley,
la fascinación por mostrar
conquistas sociales y políticas,
la ostentación en
el cuidado de la liturgia,
de la doctrina y del
prestigio de la Iglesia,
la vanagloria ligada a
la gestión de
asuntos prácticos,
el embeleso por
las dinámicas
de autoayuda
y de realización
autorreferencial.

En esto algunos cristianos
gastan sus energías
y su tiempo,
en lugar de dejarse
llevar por el Espíritu
en el camino del amor,
de apasionarse por
comunicar la hermosura
y la alegría del Evangelio
y de buscar a los perdidos
en esas inmensas multitudes
sedientas de Cristo[63].



[63] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 95: AAS 105 (2013), 1060.

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Punto 58.
Muchas veces, en contra
del impulso del Espíritu,
la vida de la Iglesia
se convierte en
una pieza de museo
o en una posesión
de pocos.


Esto ocurre cuando
algunos grupos cristianos
dan excesiva importancia
al cumplimiento de
determinadas
normas propias,
costumbres
o estilos.

De esa manera,
se suele reducir y
encorsetar
el Evangelio,
quitándole
su sencillez
cautivante
y su sal.

Es quizás una forma
sutil de pelagianismo,
porque parece someter
la vida de la gracia
a unas estructuras
humanas.

Esto afecta
a grupos,
movimientos
y comunidades,
y es lo que explica
por qué tantas veces
comienzan con
una intensa
vida en el Espíritu,
pero luego
terminan
fosilizados...
o corruptos.

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Punto 59.
Sin darnos cuenta,
por pensar que
todo depende
del esfuerzo humano
encauzado por normas
y estructuras eclesiales,
complicamos el Evangelio

y nos volvemos esclavos
de un esquema que
deja pocos resquicios
para que la gracia actúe.

Santo Tomás de Aquino
nos recordaba que
los preceptos añadidos
al Evangelio por la Iglesia
deben exigirse con moderación
«para no hacer pesada
la vida a los fieles»
,
porque así
«se convertiría
nuestra religión
en una esclavitud»[64].


[64] Summa Theologiae I-II,
q.107, a.4.

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El resumen de la Ley

Punto 60.
En orden a evitarlo,
es sano recordar
frecuentemente
que existe
una jerarquía
de virtudes,
que nos invita
a buscar
lo esencial.


El primado lo tienen
las virtudes teologales,
que tienen a Dios
como objeto y motivo.

Y en el centro
está la caridad.

San Pablo dice
que lo que cuenta
de verdad es
«la fe que actúa
por el amor»

(Ga 5,6).

Estamos llamados
a cuidar atentamente
la caridad:

«El que ama ha cumplido
el resto de la ley […]
por eso la plenitud
de la ley es el amor»

(Rm 13,8.10).

«Porque
toda la ley
se cumple en
una sola frase,
que es:

Amarás a tu prójimo
como a ti mismo»

(Ga 5,14).

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Punto 61.
Dicho con otras palabras:
en medio de la tupida selva
de preceptos y prescripciones,
Jesús abre una brecha
que permite distinguir
dos rostros,
el del Padre y
el del hermano.


No nos entrega
dos fórmulas o
dos preceptos más.

Nos entrega
dos rostros,
o mejor,
uno solo,
el de Dios
que se refleja
en muchos.

Porque en
cada hermano,
especialmente
en el más pequeño,
frágil, indefenso
y necesitado,
está presente
la imagen misma
de Dios.

En efecto, el Señor,
al final de los tiempos,
plasmará
su obra de arte
con el desecho
de esta humanidad
vulnerable.

Pues, «¿qué es
lo que queda?,
¿qué es lo que
tiene valor
en la vida?,
¿qué riquezas son
las que no
desaparecen?

Sin duda, dos:

El Señor y
el prójimo.


Estas dos riquezas
no desaparecen»[65].


[65] Homilía durante el Jubileo
de las personas socialmente excluidas

(13 noviembre 2016):
L’Osservatore Romano
(14-15 noviembre 2016), p. 8.

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Punto 62.
¡Que el Señor
libere a la Iglesia
de las nuevas formas
de gnosticismo y
de pelagianismo

que la complican
y la detienen
en su camino
hacia la santidad!

Estas desviaciones
se expresan de
diversas formas,
según el propio
temperamento y
las propias
características.

Por eso exhorto
a cada uno
a preguntarse
y a discernir
frente a Dios
de qué manera
pueden estar
manifestándose
en su vida.

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--------------------------------------------------------------------------------
Capítulo III, VERLO EN EL SIGUIENTE MENSAJE.


Para ver el texto completo, pulsar en:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html


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Última edición por esoto el 23 Jul 2018 10:40, editado 12 veces en total
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esoto
 
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Re: «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 0

Notapor Montemar » 10 Abr 2018 08:58

¡¡Gracias, esoto!!
Montemar

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Señor, que sepa vivir abrazada al Evangelio.
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Montemar
 
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Cap. III)»

Notapor esoto » 11 Abr 2018 15:20

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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

“SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL”

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CAPÍTULO TERCERO:

A LA LUZ DEL MAESTRO

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Punto 63.
Puede haber
muchas teorías
sobre lo que
es la santidad,
abundantes
explicaciones
y distinciones.


Esa reflexión
podría ser útil,
pero nada es
más iluminador
que volver a
las palabras
de Jesús
y recoger
su modo de
transmitir
la verdad.

Jesús explicó
con toda sencillez
qué es ser santos,
y lo hizo
cuando nos dejó
las bienaventuranzas
(cf. Mt 5,3-12;
Lc 6,20-23).

Son como el carnet
de identidad del
cristiano.

Así, si alguno
de nosotros
se plantea
la pregunta:

«¿Cómo se hace
para llegar a ser
un buen cristiano?»
,
la respuesta es sencilla:

Es necesario hacer,
cada uno a su modo,
lo que dice Jesús
en el sermón de
las bienaventuranzas
[66].


En ellas se dibuja
el rostro del Maestro,
que estamos llamados
a transparentar
en lo cotidiano
de nuestras vidas.


[66]
Cf. Homilía en la Misa de
la Casa Santa Marta
(9 junio 2014):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(13 junio 2014), p. 11.

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Punto 64.
La palabra «feliz»
o «bienaventurado»,
pasa a ser sinónimo
de «santo»,

porque expresa
que la persona
que es fiel a Dios
y vive su Palabra
alcanza, en
la entrega de sí,
la verdadera dicha.

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A CONTRACORRIENTE

Punto 65.
Aunque las palabras de Jesús
puedan parecernos poéticas,
sin embargo van muy
a contracorriente

con respecto a
lo que es costumbre,
a lo que se hace
en la sociedad;
y, si bien este
mensaje de Jesús
nos atrae,
en realidad
el mundo
nos lleva
hacia otro
estilo de vida.

Las bienaventuranzas
de ninguna manera
son algo liviano
o superficial;
al contrario,
ya que solo
podemos vivirlas
si el Espíritu Santo
nos invade con
toda su potencia
y nos libera de
la debilidad
del egoísmo,
de la comodidad,
del orgullo.

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Punto 66.
Volvamos a escuchar a Jesús,
con todo el amor y el respeto
que merece el Maestro.


Permitámosle
que nos golpee
con sus palabras,
que nos desafíe,
que nos interpele
a un cambio
real de vida.

De otro modo,
la santidad
será solo
palabras.

Recordamos ahora
las distintas
bienaventuranzas
en la versión del
evangelio de Mateo
(cf. Mt 5,3-12) [67].


[67]
El orden entre la segunda
y la tercera bienaventuranza cambia
según las diversas tradiciones textuales.

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«Felices los pobres de espíritu,
porque de ellos es
el reino de los cielos»

Punto 67.
El Evangelio nos invita
a reconocer la verdad
de nuestro corazón,

para ver dónde
colocamos
la seguridad
de nuestra vida.

Normalmente el rico
se siente seguro
con sus riquezas,
y cree que cuando
están en riesgo,
todo el sentido
de su vida
en la tierra
se desmorona.

Jesús mismo
nos lo dijo
en la parábola
del rico insensato,
de ese hombre seguro
que, como necio,
no pensaba
que podría morir
ese mismo día
(cf. Lc 12,16-21).

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Punto 68.
Las riquezas no
te aseguran
nada.


Es más:
cuando el corazón
se siente rico,
está tan satisfecho
de sí mismo
que no tiene espacio
para la Palabra de Dios,
para amar a los hermanos
ni para gozar de las cosas
más grandes de la vida.

Así se priva de
los mayores
bienes.

Por eso Jesús
llama felices
a los pobres
de espíritu,
que tienen
el corazón pobre,
donde puede
entrar el Señor
con su constante
novedad.

Imagen

Punto 69.
Esta pobreza de espíritu
está muy relacionada
con aquella
«santa indiferencia»

que proponía
san Ignacio de Loyola,
en la cual alcanzamos
una hermosa libertad interior:

«Es menester
hacernos indiferentes
a todas las cosas criadas,
en todo lo que es concedido
a la libertad de
nuestro libre albedrío,
y no le está prohibido;
en tal manera, que
no queramos
de nuestra parte
más salud que enfermedad,
riqueza que pobreza,
honor que deshonor,
vida larga que corta,
y por consiguiente
en todo lo demás»[68].



[68]
Ejercicios espirituales, 23.

Imagen

Punto 70.
Lucas no habla
de una pobreza
«de espíritu»
sino de ser
«pobres»
a secas

(cf. Lc 6,20),
y así nos invita
también a
una existencia
austera y
despojada.

De ese modo,
nos convoca
a compartir
la vida de
los más
necesitados,
la vida que
llevaron
los Apóstoles,
y en definitiva
a configurarnos
con Jesús,
que «siendo rico
se hizo pobre»

(2 Co 8,9).

Ser pobre
en el corazón,
esto es santidad
.


Imagen

«Felices los mansos,
porque heredarán la tierra»

Punto 71.
Es una expresión fuerte,
en este mundo que
desde el inicio
es un lugar de
enemistad,

donde se riñe
por doquier,
donde por
todos lados
hay odio,
donde
constantemente
clasificamos
a los demás
por sus ideas,
por sus costumbres,
y hasta por
su forma
de hablar o
de vestir.

En definitiva,
es el reino
del orgullo y
de la vanidad,
donde cada uno
se cree con
el derecho
de alzarse
por encima
de los otros.

Sin embargo,
aunque
parezca
imposible,
Jesús propone
otro estilo:

La mansedumbre.

Es lo que Él practicaba
con sus propios discípulos
y lo que contemplamos
en su entrada a Jerusalén:

«Mira a tu rey,
que viene a ti,
humilde,
montado en
una borrica»

(Mt 21,5; cf. Za 9,9).

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Punto 72.
Él dijo:
«Aprended de mí,
que soy manso
y humilde
de corazón,
y encontraréis
descanso para
vuestras almas»

(Mt 11,29).

Si vivimos tensos,
engreídos
ante los demás,
terminamos
cansados
y agotados.

Pero cuando
miramos
sus límites
y defectos
con ternura
y mansedumbre,
sin sentirnos
más que ellos,
podemos darles
una mano y evitamos
desgastar energías
en lamentos inútiles.

Para santa Teresa de Lisieux
«la caridad perfecta
consiste en soportar
los defectos de los demás,
en no escandalizarse
de sus debilidades»[69].



[69]
Manuscrito C, 12r.

Imagen

Punto 73.
Pablo menciona
la mansedumbre
como un fruto
del Espíritu Santo

(cf. Ga 5,23).

Propone que,
si alguna vez
nos preocupan
las malas acciones
del hermano,
nos acerquemos
a corregirle,
pero «con espíritu
de mansedumbre»

(Ga 6,1),
y recuerda:
«Piensa que
también tú
puedes ser
tentado»
(ibíd.).

Aun cuando uno
defienda su fe
y sus convicciones
debe hacerlo
con mansedumbre
(cf. 1 P 3,16),
y hasta los adversarios
deben ser tratados
con mansedumbre
(cf. 2 Tm2,25).

En la Iglesia
muchas veces
nos hemos equivocado
por no haber acogido
este pedido de
la Palabra divina.

Imagen

Punto 74.
La mansedumbre
es otra expresión de
la pobreza interior,
de quien deposita
su confianza
solo en Dios.


De hecho, en la Biblia
suele usarse
la misma palabra
anawin
para referirse
a los pobres y
a los mansos.

Alguien podría objetar:

«Si yo soy tan manso,
pensarán que soy un necio,
que soy simple o débil».


Tal vez sea así,
pero dejemos
que los demás
piensen esto.

Es mejor
ser siempre
mansos,
y se cumplirán
nuestros
mayores
anhelos:

Los mansos
«poseerán
la tierra»,

es decir,
verán cumplidas
en sus vidas
las promesas
de Dios.

Porque los mansos,
más allá de lo que digan
las circunstancias,
esperan en el Señor,
y los que esperan
en el Señor
poseerán la tierra
y gozarán
de inmensa paz
(cf. Sal 37,9.11).

Al mismo tiempo,
el Señor confía
en ellos:

«En ese pondré mis ojos,
en el humilde y el abatido,
que se estremece
ante mis palabras»

(Is 66,2).

Reaccionar con
humilde mansedumbre,
esto es santidad
.


Imagen

«Felices los que lloran,
porque ellos serán
consolados»


Punto 75.
El mundo
nos propone
lo contrario:


El entretenimiento,
el disfrute,
la distracción,
la diversión,
y nos dice que eso
es lo que hace
buena la vida.

El mundano ignora,
mira hacia otra parte
cuando hay problemas
de enfermedad
o de dolor
en la familia
o a su alrededor.

El mundo
no quiere
llorar:

Prefiere ignorar
las situaciones
dolorosas,
cubrirlas,
esconderlas.

Se gastan
muchas energías
por escapar de
las circunstancias
donde se hace
presente
el sufrimiento,
creyendo que
es posible
disimular
la realidad,
donde nunca, nunca,
puede faltar la cruz.


Imagen

Punto 76.
La persona
que ve las cosas
como son realmente,
se deja traspasar
por el dolor
y llora en
su corazón,
es capaz de tocar
las profundidades de la vida
y de ser auténticamente feliz[70].


Esa persona es consolada,
pero con el consuelo de Jesús
y no con el del mundo.

Así puede atreverse
a compartir
el sufrimiento ajeno
y deja de huir
de las situaciones
dolorosas.

De ese modo
encuentra que
la vida tiene sentido
socorriendo al otro
en su dolor,
comprendiendo
la angustia ajena,
aliviando a los demás.

Esa persona siente
que el otro es
carne de su carne,
no teme acercarse
hasta tocar su herida,
se compadece
hasta experimentar
que las distancias
se borran.

Así es posible acoger
aquella exhortación
de san Pablo:
«Llorad con
los que lloran»

(Rm12,15).

Saber llorar
con los demás,
esto es santidad.


[70]
Desde los tiempos patrísticos,
la Iglesia valora el don de lágrimas,
como se puede ver también
en la hermosa oración
Ad petendam compunctionem cordis:
«Oh Dios omnipotente y mansísimo,
que para el pueblo sediento
hiciste surgir de la roca
una fuente de agua viva,
haz brotar de la dureza
de nuestros corazones
lágrimas de compunción,
para que llorando
nuestros pecados,
obtengamos por
tu misericordia
el perdón»

(Missale Romanum,
ed. typ. 1962, p. [110]).

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«Felices los que tienen
hambre y sed de justicia,
porque ellos quedarán saciados»


Punto 77.
«Hambre y sed»
son experiencias
muy intensas,
porque responden
a necesidades
primarias
y tienen que ver
con el instinto
de sobrevivir.


Hay quienes con
esa intensidad
desean la justicia
y la buscan con
un anhelo tan fuerte.

Jesús dice que
serán saciados,
ya que tarde
o temprano
la justicia llega,
y nosotros
podemos
colaborar
para que
sea posible,
aunque no siempre
veamos los resultados
de este empeño.

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Punto 78.
Pero la justicia
que propone Jesús
no es como
la que busca
el mundo,

tantas veces manchada
por intereses mezquinos,
manipulada para
un lado o para otro.

La realidad nos muestra
qué fácil es entrar en
las pandillas de
la corrupción,
formar parte de esa
política cotidiana del
«doy para que me den»,
donde todo es negocio.

Y cuánta gente sufre
por las injusticias,
cuántos se quedan
observando impotentes
cómo los demás se turnan
para repartirse
la torta de la vida.

Algunos desisten de luchar
por la verdadera justicia,
y optan por subirse
al carro del vencedor.

Eso no tiene
nada que ver
con el hambre
y la sed de justicia
que Jesús elogia.

Imagen

Punto 79.
Tal justicia empieza
por hacerse realidad
en la vida de cada uno

siendo justo en
las propias decisiones,
y luego se expresa
buscando la justicia
para los pobres
y débiles.

Es cierto que
la palabra «justicia»
puede ser sinónimo de fidelidad
a la voluntad de Dios
con toda nuestra vida,
pero si le damos
un sentido muy general
olvidamos que se manifiesta
especialmente en
la justicia con
los desamparados:

«Buscad la justicia,
socorred al oprimido,
proteged el derecho
del huérfano,
defended
a la viuda»

(Is 1,17).

Buscar la justicia
con hambre y sed,
esto es santidad
.


Imagen

«Felices los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán
misericordia»

Punto 80.
La misericordia
tiene dos aspectos:
es dar,
ayudar,
servir a
los otros,
y también
perdonar,
comprender.


Mateo lo resume
en una regla de oro:

«Todo lo que queráis
que haga la gente
con vosotros,
hacedlo vosotros
con ella»

(Mt 7,12).

El Catecismo nos recuerda
que esta ley se debe aplicar
«en todos los casos»[71],
de manera especial cuando alguien
«se ve a veces enfrentado
con situaciones que hacen
el juicio moral menos seguro,
y la decisión difícil»[72].



[71]
Catecismo de la Iglesia Católica, 1789; cf. 1970.

[72] Catecismo de la Iglesia Católica, 1787.

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Punto 81.
Dar y perdonar
es intentar reproducir
en nuestras vidas
un pequeño reflejo
de la perfección de Dios,
que da y perdona
sobreabundantemente.


Por tal razón,
en el evangelio
de Lucas ya no
escuchamos el
«sed perfectos»
(Mt5,48) sino
«sed misericordiosos
como vuestro Padre
es misericordioso;
no juzguéis,
y no seréis juzgados;
no condenéis,
y no seréis condenados;
perdonad,
y seréis perdonados;
dad, y se os dará»

(Lc 6,36-38).

Y luego Lucas
agrega algo
que no deberíamos
ignorar:

«Con la medida
con que midiereis
se os medirá
a vosotros»

(Lc 6,38).

La medida
que usemos
para comprender
y perdonar
se aplicará
a nosotros para
perdonarnos.

La medida que
apliquemos para dar,
se nos aplicará en el cielo
para recompensarnos.

No nos conviene olvidarlo.

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Punto 82.
Jesús no dice:

«Felices los que
planean venganza»,

sino que
llama felices
a aquellos
que perdonan
y lo hacen
«setenta
veces siete»

(Mt 18,22).

Es necesario pensar
que todos nosotros
somos un ejército
de perdonados.

Todos nosotros
hemos sido
mirados
con compasión
divina.

Si nos acercamos
sinceramente
al Señor y
afinamos el oído,
posiblemente
escucharemos
algunas veces
este reproche:

«¿No debías
tú también
tener compasión
de tu compañero,
como yo tuve
compasión de ti?»

(Mt 18,33).

Mirar y actuar
con misericordia,
esto es santidad
.


Imagen

«Felices los de corazón limpio,
porque ellos verán a Dios»


Punto 83.
Esta bienaventuranza
se refiere a quienes
tienen un corazón
sencillo, puro,
sin suciedad,

porque un corazón
que sabe amar
no deja entrar
en su vida algo
que atente
contra
ese amor,
algo que
lo debilite
o lo ponga
en riesgo.

En la Biblia,
el corazón
son nuestras
intenciones
verdaderas,
lo que realmente
buscamos
y deseamos,
más allá de lo que
aparentamos:

«El hombre mira
las apariencias,
pero el Señor mira
el corazón»

(1 S 16,7).

Él busca hablarnos
en el corazón
(cf. Os 2,16)
y allí desea
escribir su Ley
(cf. Jr 31,33).

En definitiva,
quiere darnos
un corazón nuevo
(cf. Ez 36,26).

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Punto 84.
Lo que más
hay que cuidar
es el corazón

(cf. Pr 4,23).

Nada manchado
por la falsedad
tiene un valor real
para el Señor.

Él «huye
de la falsedad,
se aleja de
los pensamientos
vacíos»

(Sb 1,5).

El Padre, que
«ve en
lo secreto»

(Mt 6,6),
reconoce lo que
no es limpio,
es decir, lo que
no es sincero,
sino solo
cáscara y
apariencia,
así como el Hijo
sabe también
«lo que hay dentro
de cada hombre»

(Jn2,25).

Imagen

Punto 85.
Es cierto que
no hay amor
sin obras
de amor,

pero esta
bienaventuranza
nos recuerda que
el Señor espera
una entrega al hermano
que brote del corazón,
ya que «si repartiera
todos mis bienes
entre los necesitados;
si entregara
mi cuerpo a las llamas,
pero no tengo amor,
de nada me serviría»

(1 Co 13,3).

En el evangelio de Mateo
vemos también que
lo que viene de
dentro del corazón
es lo que contamina
al hombre
(cf. Mt 15,18),
porque de allí proceden
los asesinatos,
el robo,
los falsos testimonios,
y demás cosas
(cf. Mt 15,19).

En las intenciones
del corazón
se originan
los deseos
y las decisiones
más profundas
que realmente
nos mueven.

Imagen

Punto 86.
Cuando el corazón
ama a Dios y al prójimo

(cf. Mt 22,36-40),
cuando esa es
su intención verdadera
y no palabras vacías,
entonces ese
corazón es puro
y puede ver a Dios.

San Pablo,
en medio
de su himno
a la caridad,
recuerda que
«ahora vemos
como en un espejo,
confusamente»

(1 Co 13,12),
pero en
la medida
que reine
de verdad
el amor,
nos volveremos
capaces de ver
«cara a cara»
(ibíd.).

Jesús promete
que los de corazón puro
«verán a Dios».

Mantener
el corazón limpio
de todo lo que
mancha el amor,
esto es santidad
.


Imagen

«Felices los que
trabajan por la paz,
porque ellos
serán llamados
hijos de Dios»


Punto 87.
Esta bienaventuranza
nos hace pensar
en las numerosas
situaciones de guerra
que se repiten.


Para nosotros es muy común
ser agentes de enfrentamientos
o al menos de malentendidos.

Por ejemplo, cuando
escucho algo de alguien
y voy a otro y se lo digo;
e incluso hago
una segunda versión
un poco más amplia
y la difundo.

Y si logro hacer más daño,
parece que me provoca
mayor satisfacción.

El mundo de las habladurías,
hecho por gente que
se dedica a criticar y a destruir,
no construye la paz.

Esa gente más bien
es enemiga de la paz
y de ningún modo
bienaventurada[73].


[73]
La difamación y la calumnia
son como un acto terrorista:
se arroja la bomba, se destruye,
y el atacante se queda
feliz y tranquilo.

Esto es muy diferente
de la nobleza
de quien se acerca
a conversar cara a cara,
con serena sinceridad,
pensando en el bien del otro.

Imagen

Punto 88.
Los pacíficos
son fuente de paz,
construyen paz
y amistad social.


A esos que se ocupan
de sembrar paz
en todas partes,
Jesús les hace
una promesa
hermosa:

«Ellos serán llamados
hijos de Dios»

(Mt 5,9).

Él pedía a los discípulos
que cuando llegaran
a un hogar dijeran:

«Paz a esta casa»
(Lc 10,5).

La Palabra de Dios
exhorta a cada creyente
para que busque la paz
junto con todos
(cf. 2 Tm 2,22), porque
«el fruto de la justicia
se siembra en la paz
para quienes trabajan
por la paz»

(St 3,18).

Y si en alguna ocasión
en nuestra comunidad
tenemos dudas acerca
de lo que hay que hacer,
«procuremos lo que
favorece la paz»

(Rm 14,19)
porque la unidad
es superior
al conflicto[74].



[74]
En algunas ocasiones
puede ser necesario
conversar acerca de
las dificultades
de algún hermano.

En estos casos puede ocurrir
que se transmita un relato
en lugar de un hecho objetivo.

La pasión deforma
la realidad concreta del hecho,
lo transforma en relato
y termina transmitiendo
ese relato cargado
de subjetividad.

Así se destruye
la realidad
y no se respeta
la verdad del otro.

Imagen

Punto 89.
No es fácil construir
esta paz evangélica
que no excluye a nadie

sino que integra también
a los que son algo extraños,
a las personas difíciles
y complicadas,
a los que reclaman atención,
a los que son diferentes,
a quienes están
muy golpeados por la vida,
a los que tienen
otros intereses.

Es duro y requiere
una gran amplitud
de mente y de corazón,
ya que no se trata de
«un consenso de escritorio
o una efímera paz
para una minoría feliz»[75],

ni de un proyecto
«de unos pocos
para unos pocos»[76].


Tampoco pretende
ignorar o disimular
los conflictos, sino
«aceptar
sufrir el conflicto,
resolverlo
y transformarlo
en el eslabón de
un nuevo proceso»[77].


Se trata de ser
artesanos de la paz,
porque construir la paz
es un arte que
requiere
serenidad,
creatividad,
sensibilidad
y destreza.

Sembrar paz
a nuestro alrededor,
esto es santidad
.



[75]
Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 218: AAS 105 (2013), 1110.

[76] Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 239: AAS 105 (2013), 1116.

[77] Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 227: AAS 105 (2013), 1112.

Imagen

«Felices los perseguidos
por causa de la justicia,
porque de ellos es
el reino de los cielos»


Punto 90.
Jesús mismo remarca
que este camino va
a contracorriente

hasta el punto de
convertirnos en seres
que cuestionan
a la sociedad
con su vida,
personas
que molestan.

Jesús recuerda
cuánta gente
es perseguida
y ha sido
perseguida
sencillamente por
haber luchado
por la justicia,
por haber vivido
sus compromisos
con Dios y con
los demás.

Si no queremos
sumergirnos
en una oscura
mediocridad
no pretendamos
una vida cómoda,
porque «quien quiera
salvar su vida
la perderá»

(Mt16,25).

Imagen

Punto 91.
No se puede esperar,
para vivir el Evangelio,
que todo a nuestro
alrededor sea favorable,
porque muchas veces
las ambiciones del poder
y los intereses mundanos
juegan en contra nuestra.


SanJuan Pablo II decía
que «está alienada
una sociedad que,
en sus formas
de organización social,
de producción y consumo,
hace más difícil la realización
de esta donación [de sí]
y la formación de esa
solidaridad interhumana»[78].


En una sociedad así,
alienada, atrapada
en una trama política,
mediática, económica,
cultural e incluso religiosa
que impide un auténtico
desarrollo humano y social,
se vuelve difícil vivir
las bienaventuranzas,
llegando incluso
a ser algo mal visto,
sospechado, ridiculizado.


[78]
Carta enc. Centesimus annus
(1 mayo 1991), 41c: AAS 83 (1991), 844-845.

Imagen

Punto 92.
La cruz, sobre todo
los cansancios y
los dolores que
soportamos
por vivir
el mandamiento
del amor y
el camino de
la justicia,
es fuente de
maduración y
de santificación.


Recordemos que cuando
el Nuevo Testamento
habla de los sufrimientos
que hay que soportar
por el Evangelio,
se refiere
precisamente a
las persecuciones.

(cf. Hch 5,41;
Flp 1,29;
Col 1,24;
2 Tm 1,12;
1 P 2,20;
1 P 4,14-16;
Ap 2,10).

Imagen

Punto 93.
Pero hablamos de
las persecuciones inevitables,
no de las que podamos
ocasionarnos nosotros mismos
con un modo equivocado
de tratar a los demás.


Un santo no es
alguien raro, lejano,
que se vuelve
insoportable
por su vanidad,
su negatividad
y sus resentimientos.

No eran así
los Apóstoles
de Cristo.

El libro de
los Hechos

cuenta
insistentemente
que ellos gozaban
de la simpatía
«de todo
el pueblo»

(2,47; cf. 4,21.33; 5,13)
mientras algunas
autoridades
los acosaban
y perseguían
(cf. 4,1-3; 5,17-18).

Imagen

Punto 94.
Las persecuciones no son
una realidad del pasado,
porque hoy también
las sufrimos,

sea de manera cruenta,
como tantos mártires
contemporáneos,
o de un modo más sutil,
a través de calumnias
y falsedades.

Jesús dice que
habrá felicidad cuando
«os calumnien
de cualquier modo
por mi causa»

(Mt 5,11).

Otras veces
se trata de burlas
que intentan
desfigurar
nuestra fe y
hacernos pasar
como seres
ridículos.

Aceptar cada día
el camino del
Evangelio
aunque
nos traiga
problemas,
esto es
santidad
.


Imagen

EL GRAN PROTOCOLO

Punto 95.
En el capítulo 25
del evangelio
de Mateo
(vv. 31-46),
Jesús vuelve
a detenerse
en una de estas
bienaventuranzas,
la que declara felices
a los misericordiosos.


Si buscamos esa santidad
que agrada a los ojos de Dios,
en este texto hallamos
precisamente un protocolo
sobre el cual seremos juzgados:

«Porque tuve hambre
y me disteis de comer,
tuve sed y me disteis de beber,
fui forastero y me hospedasteis,
estuve desnudo y me vestisteis,
enfermo y me visitasteis,
en la cárcel y vinisteis a verme»

(Mt 25,35-36).

Imagen

Por fidelidad al Maestro

Punto 96.
Por lo tanto,
ser santos
no significa
blanquear
los ojos
en un supuesto
éxtasis.


Decía san Juan Pablo II
que «si verdaderamente
hemos partido de
la contemplación de Cristo,
tenemos que saberlo descubrir
sobre todo en el rostro
de aquellos con los que
Él mismo ha querido
identificarse»[79].


El texto de Mateo 25,35-36
«no es una simple
invitación a la caridad:
es una página
de cristología,
que ilumina
el misterio
de Cristo»[80].


En este llamado
a reconocerlo
en los pobres
y sufrientes
se revela el mismo
corazón de Cristo,
sus sentimientos
y opciones
más profundas,
con las cuales
todo santo intenta
configurarse.


[79]
Carta ap. Novo millennio ineunte
(6 enero 2001), 49: AAS 93 (2001), 302.

[80] Carta ap. Novo millennio ineunte
(6 enero 2001), 49: AAS 93 (2001), 302.

Imagen

Punto 97.
Ante la contundencia
de estos pedidos de Jesús
es mi deber rogar
a los cristianos
que los acepten y reciban
con sincera apertura,
«sine glossa»,

es decir, sin comentario,
sin elucubraciones y excusas
que les quiten fuerza.

El Señor nos dejó bien claro
que la santidad no puede
entenderse ni vivirse
al margen de estas exigencias suyas,
porque la misericordia es
«el corazón palpitante
del Evangelio»[81].



[81]
Bula Misericordiae Vultus
(11 abril 2015), 12: AAS107 (2015), 407.

Imagen

Punto 98.
Cuando encuentro
a una persona durmiendo
a la intemperie,
en una noche fría,

puedo sentir
que ese bulto
es un imprevisto
que me interrumpe,
un delincuente ocioso,
un estorbo en mi camino,
un aguijón molesto
para mi conciencia,
un problema que
deben resolver
los políticos,
y quizá hasta
una basura
que ensucia
el espacio
público.

O puedo reaccionar
desde la fe
y la caridad,
y reconocer en él
a un ser humano
con mi misma dignidad,
a una creatura
infinitamente amada
por el Padre,
a una imagen de Dios,
a un hermano
redimido
por Jesucristo.

¡Eso es ser
cristianos!


¿O acaso puede
entenderse
la santidad
al margen de este
reconocimiento vivo
de la dignidad
de todo
ser humano?[82]



[82]
Recordemos la reacción
del buen samaritano
ante el hombre que
unos bandidos dejaron
medio muerto
al borde del camino
(cf. Lc 10,30-37).

Imagen

Punto 99.
Esto implica
para los cristianos
una sana y
permanente
insatisfacción.


Aunque aliviar
a una sola persona
ya justificaría todos
nuestros esfuerzos,
eso no nos basta.

Los Obispos de Canadá
lo expresaron claramente
mostrando que,
en las enseñanzas bíblicas
sobre el Jubileo, por ejemplo,
no se trata solo de realizar
algunas buenas obras
sino de buscar
un cambio social:

«Para que
las generaciones
posteriores también
fueran liberadas,
claramente
el objetivo debía ser
la restauración
de sistemas sociales
y económicos justos
para que ya no pudiera
haber exclusión»[83].



[83]
Conferencia Canadiense
de Obispos Católicos.
Comisión de Asuntos Sociales,
Carta abierta a
los miembros del Parlamento,
The Common Good or Exclusion:
A Choice for Canadians

(1 febrero 2001), 9.

Imagen

Las ideologías que mutilan
el corazón del Evangelio

Punto 100.
Lamento que a veces
las ideologías nos lleven
a dos errores nocivos.


Por una parte,
el de los cristianos
que separan estas
exigencias
del Evangelio
de su relación
personal
con el Señor,
de la unión
interior con Él,
de la gracia.

Así se convierte
al cristianismo
en una especie
de ONG,
quitándole
esa mística
luminosa
que tan bien
vivieron
y manifestaron
san Francisco de Asís,
san Vicente de Paúl,
santa Teresa de Calcuta
y otros muchos.

A estos grandes santos
ni la oración,
ni el amor de Dios,
ni la lectura del Evangelio
les disminuyeron
la pasión o la eficacia
de su entrega al prójimo,
sino todo lo contrario.


Imagen

Punto 101.
También es nocivo
e ideológico el error
de quienes viven
sospechando del
compromiso social
de los demás,

considerándolo
algo superficial,
mundano,
secularista,
inmanentista,
comunista,
populista.

O lo relativizan
como si hubiera
otras cosas
más importantes
o como si solo
interesara
una determinada
ética o una razón
que ellos defienden.

La defensa del inocente
que no ha nacido,
por ejemplo,
debe ser clara,
firme y
apasionada,
porque allí
está en juego
la dignidad de
la vida humana,
siempre sagrada,
y lo exige el amor
a cada persona
más allá de
su desarrollo.

Pero igualmente
sagrada
es la vida de
los pobres que
ya han nacido,
que se debaten
en la miseria,
el abandono,
la postergación,
la trata de personas,
la eutanasia encubierta
en los enfermos
y ancianos
privados de atención,
las nuevas formas
de esclavitud,
y en toda forma
de descarte[84].


No podemos plantearnos
un ideal de santidad
que ignore la injusticia
de este mundo,
donde unos festejan,
gastan alegremente
y reducen su vida
a las novedades
del consumo,
al mismo tiempo
que otros
solo miran
desde afuera
mientras
su vida pasa
y se acaba
miserablemente.


[84]
Cf. La V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe,
según el magisterio constante de la Iglesia,
ha enseñado que el ser humano
«es siempre sagrado,
desde su concepción,
en todas las etapas
de su existencia,
hasta su muerte natural
y después de la muerte»,

y que su vida debe ser cuidada
«desde la concepción,
en todas sus etapas,
y hasta la muerte natural»

(Documento de Aparecida,
29 junio 2007, 388,464).

Imagen

Punto 102.
Suele escucharse que,
frente al relativismo y
a los límites del
mundo actual,
sería un asunto menor
la situación de
los migrantes,

por ejemplo.

Algunos católicos afirman
que es un tema secundario
al lado de los temas
«serios» de la bioética.

Que diga algo así
un político preocupado
por sus éxitos
se puede comprender;
pero no un cristiano,
a quien solo le cabe
la actitud de ponerse
en los zapatos de
ese hermano
que arriesga su vida
para dar un futuro
a sus hijos.

¿Podemos reconocer
que es precisamente
eso lo que nos reclama
Jesucristo cuando nos dice
que a Él mismo lo recibimos
en cada forastero
(cf. Mt 25,35)?

San Benito lo había
asumido sin vueltas y,
aunque eso pudiera
«complicar»
la vida de los monjes,
estableció que a
todos los huéspedes
que se presentaran
en el monasterio
se los acogiera
«como a Cristo»[85],
expresándolo aun con
gestos de adoración[86],
y que a los pobres
y peregrinos
se los tratara
«con el máximo
cuidado y solicitud»[87].



[85]
Cf. Regla, 53,1: PL 66,749.

[86]
Cf. Regla, 53,7: PL 66,750.

[87]
Cf. Regla, 53,15: PL 66,751.

Imagen

Punto 103.
Algo semejante plantea
el Antiguo Testamento
cuando dice:
«No maltratarás
ni oprimirás
al emigrante,
pues emigrantes
fuisteis vosotros
en la tierra
de Egipto»

(Ex 22,20).

«Si un emigrante
reside con vosotros
en vuestro país,
no lo oprimiréis.

El emigrante que
reside entre vosotros
será para vosotros
como el indígena:
lo amarás como
a ti mismo,
porque emigrantes
fuisteis en Egipto»

(Lv 19,33-34).

Por lo tanto,
no se trata de
un invento de
un Papa o de
un delirio
pasajero.

Nosotros también,
en el contexto actual,
estamos llamados
a vivir el camino
de iluminación
espiritual que
nos presentaba
el profeta Isaías
cuando se
preguntaba
qué es lo que
agrada a Dios:

«Partir tu pan
con el hambriento,
hospedar a
los pobres
sin techo,
cubrir a quien
ves desnudo
y no desentenderte
de los tuyos.

Entonces surgirá tu luz
como la aurora»

(Is 58,7-8).

Imagen

El culto que más le agrada

Punto 104.
Podríamos pensar
que damos gloria a Dios
solo con el culto
y la oración, o
únicamente cumpliendo
algunas normas éticas

―es verdad que el primado
es la relación con Dios―,
y olvidamos que el criterio
para evaluar nuestra vida
es ante todo lo que hicimos
con los demás.

La oración
es preciosa
si alimenta
una entrega
cotidiana
de amor.


Nuestro culto
agrada a Dios
cuando allí llevamos
los intentos de vivir
con generosidad y
cuando dejamos que
el don de Dios
que recibimos en Él
se manifieste en
la entrega a
los hermanos.

Imagen

Punto 105.
Por la misma razón,
el mejor modo
de discernir
si nuestro
camino
de oración
es auténtico

será mirar
en qué medida
nuestra vida
se va
transformando
a la luz de
la misericordia.

Porque «la misericordia
no es solo el obrar del Padre,
sino que ella se convierte
en el criterio para saber
quiénes son realmente
sus verdaderos hijos»[88].


Ella «es la viga maestra
que sostiene la vida
de la Iglesia»[89].


Quiero remarcar
una vez más que,
si bien la misericordia
no excluye
la justicia y
la verdad,
«ante todo
tenemos
que decir que
la misericordia es
la plenitud de
la justicia y
la manifestación
más luminosa de
la verdad
de Dios»[90].


Ella «es la llave
del cielo»[91].



[88]
Bula Misericordiae Vultus
(11 abril 2015),
9: AAS 107 (2015), 405.

[89] Bula Misericordiae Vultus
(11 abril 2015),
10: AAS 107 (2015), 406.

[90] Exhort. ap. postsin.
Amoris laetitia
(19 marzo 2016),
311: AAS 108 (2016), 439.

[91] Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013),
197: AAS 105 (2013), 1103.

Imagen

Punto 106.
No puedo
dejar de recordar

aquella pregunta
que se hacía
santo Tomás de Aquino
cuando se planteaba
cuáles son nuestras
acciones más grandes,
cuáles son
las obras externas
que mejor manifiestan
nuestro amor a Dios.

Él respondió sin dudar
que son
as obras de
misericordia
con el prójimo[92],

más que los actos de culto:

«No adoramos a Dios
con sacrificios y
dones exteriores
por Él mismo,
sino por nosotros
y por el prójimo.

Él no necesita
nuestros sacrificios,
pero quiere que
se los ofrezcamos
por nuestra devoción
y para la utilidad
del prójimo.

Por eso,
la misericordia,
que socorre
los defectos ajenos,
es el sacrificio
que más le agrada,
ya que causa
más de cerca
la utilidad
del prójimo»[93].



[92]
Cf. Summa Theologiae
II-II, q.30, a.4.

[93]
Cf. Summa Theologiae
II-II, q.30, ad 1.

Imagen

Punto 107.
Quien de verdad quiera
dar gloria a Dios con su vida,

quien realmente
anhele santificarse
para que su existencia
glorifique al Santo,
está llamado
a obsesionarse,
desgastarse
y cansarse
intentando vivir
las obras de
misericordia.

Es lo que había
comprendido muy bien
santa Teresa de Calcuta:

«Sí, tengo muchas
debilidades humanas,
muchas miserias
humanas. […]

Pero Él baja
y nos usa,
a usted y a mí,
para ser su amor
y su compasión
en el mundo,
a pesar de
nuestros
pecados,
a pesar de
nuestras miserias
y defectos.

Él depende de nosotros
para amar al mundo
y demostrarle lo mucho
que lo ama.

Si nos ocupamos demasiado
de nosotros mismos,
no nos quedará tiempo
para los demás»[94].



[94]
Cristo en los pobres,
Madrid 1981, 37-38.

Imagen

Punto 108.
El consumismo
hedonista
puede jugarnos
una mala pasada,

porque en la obsesión
por pasarla bien
terminamos
excesivamente
concentrados
en nosotros mismos,
en nuestros derechos
y en esa desesperación
por tener tiempo libre
para disfrutar.

Será difícil que
nos ocupemos
y dediquemos energías
a dar una mano
a los que están mal
si no cultivamos
una cierta austeridad,
si no luchamos contra
esa fiebre que nos impone
la sociedad de consumo
para vendernos cosas,
y que termina
convirtiéndonos
en pobres insatisfechos
que quieren tenerlo todo
y probarlo todo.

También el consumo
de información superficial
y las formas de comunicación
rápida y virtual pueden ser
un factor de atontamiento
que se lleva todo
nuestro tiempo
y nos aleja de
la carne sufriente
de los hermanos.

En medio de esta
vorágine actual,
el Evangelio
vuelve a resonar
para ofrecernos
una vida diferente,
más sana y
más feliz.

Imagen

Punto 109.
La fuerza del
testimonio de
los santos
está en vivir
las bienaventuranzas
y el protocolo
del juicio final.


Son pocas
palabras,
sencillas,
pero prácticas
y válidas
para todos,
porque el cristianismo
es principalmente
para ser practicado,
y si es también
objeto de reflexión,
eso solo es válido
cuando nos ayuda
a vivir el Evangelio
en la vida cotidiana.

Recomiendo
vivamente
releer con
frecuencia
estos grandes
textos bíblicos,
recordarlos,
orar con ellos,
intentar
hacerlos
carne.

Nos harán bien,
nos harán
genuinamente
felices.

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Para ver la exhortación completa pulsar en:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Cap. IV)»

Notapor esoto » 12 Abr 2018 07:55

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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

“SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL”

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CAPÍTULO CUARTO:

ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL

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Punto 110.
Dentro del
gran marco
de la santidad
que nos proponen
las bienaventuranzas y
Mateo 25,31-46,

quisiera recoger
algunas notas
o expresiones
espirituales que,
a mi juicio,
no deben faltar
para entender
el estilo de vida
al que el Señor
nos llama.

No me detendré
a explicar
los medios de
santificación
que ya conocemos:
los distintos
métodos de oración,
los preciosos
sacramentos de
la Eucaristía y
la Reconciliación,
la ofrenda de sacrificios,
las diversas formas
de devoción,
la dirección espiritual,
y tantos otros.

Solo me referiré
a algunos aspectos
del llamado a
la santidad
que espero
resuenen de
modo especial.

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Punto 111.
Estas notas
que quiero destacar
no son todas
las que pueden
conformar
un modelo
de santidad,

pero son cinco
grandes
manifestaciones
del amor a Dios
y al prójimo
que considero
de particular
mportancia,
debido a algunos
riesgos y límites
de la cultura
de hoy.

En ella se manifiestan:
la ansiedad nerviosa
y violenta que
nos dispersa
y nos debilita;
la negatividad
y la tristeza;
la acedia cómoda,
consumista
y egoísta;
el individualismo,
y tantas formas
de falsa espiritualidad
sin encuentro con Dios
que reinan
en el mercado
religioso actual.

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AGUANTE, PACIENCIA Y MANSEDUMBRE

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Punto 112.
La primera de
estas grandes notas
es estar centrado,
firme en
torno a Dios
que ama y
que sostiene.


Desde esa firmeza interior
es posible aguantar,
soportar las contrariedades,
los vaivenes de la vida,
y también las agresiones
de los demás,
sus infidelidades
y defectos:

«Si Dios está
con nosotros,
¿quién estará
contra nosotros?»

(Rm 8,31).

Esto es fuente de la paz
que se expresa
en las actitudes
de un santo.

A partir de tal
solidez interior,
el testimonio
de santidad,
en nuestro
mundo acelerado,
voluble y agresivo,
está hecho
de paciencia
y constancia
en el bien.

Es la fidelidad
del amor,
porque quien
se apoya en Dios (pistis)
también puede ser fiel
frente a los hermanos (pistós),
no los abandona en
los malos momentos,
no se deja llevar
por su ansiedad
y se mantiene
al lado de
los demás aun
cuando eso
no le brinde
satisfacciones
inmediatas.

Imagen

Punto 113.
San Pablo invitaba
a los romanos
a no devolver
«a nadie mal
por mal»

(Rm 12,17),

a no querer
hacerse justicia
«por vuestra cuenta»
(Rm 12,19),

y a no dejarse
vencer por el mal,
sino a vencer
«al mal con el bien»
(Rm 12,21).

Esta actitud
no es expresión
de debilidad sino de
la verdadera fuerza,
porque el mismo Dios
«es lento para la ira
pero grande en poder»

(Na 1,3).

La Palabra de Dios
nos reclama:
«Desterrad
de vosotros
la amargura,
la ira,
los enfados
e insultos y
toda maldad»

(Ef 4,31).

Imagen

Punto 114.
Hace falta luchar
y estar atentos
frente a nuestras
propias inclinaciones

agresivas y egocéntricas
para no permitir
que se arraiguen:

«Si os indignáis,
no lleguéis a pecar;
que el sol no se ponga
sobre vuestra ira»

(Ef 4,26).

Cuando hay circunstancias
que nos abruman,
siempre podemos recurrir
al ancla de la súplica,
que nos lleva
a quedar de nuevo
en las manos de Dios
y junto a la fuente
de la paz:

«Nada os preocupe;
sino que, en toda ocasión,
en la oración y
en la súplica,
con acción de gracias,
vuestras peticiones
sean presentadas a Dios.

Y la paz de Dios,
que supera todo juicio,
custodiará vuestros
corazones»

(Flp 4,6-7).

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Punto 115.
También los cristianos
pueden formar parte
de redes de violencia verbal
a través de internet
y de los diversos foros
o espacios de
intercambio digital.


Aun en medios católicos
se pueden perder los límites,
se suelen naturalizar
la difamación y la calumnia,
y parece quedar fuera toda ética
y respeto por la fama ajena.

Así se produce
un peligroso dualismo,
porque en estas redes
se dicen cosas que
no serían tolerables
en la vida pública,
y se busca compensar
las propias insatisfacciones
descargando con furia
los deseos de venganza.

Es llamativo que a veces,
pretendiendo defender
otros mandamientos,
se pasa por alto
completamente el octavo:

«No levantar
falso testimonio
ni mentir»,

y se destroza
la imagen ajena
sin piedad.

Allí se manifiesta
con descontrol
que la lengua
«es un mundo
de maldad»
y
«encendida por
el mismo infierno,
hace arder todo
el ciclo de la vida»

(St 3,6).

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Punto 116.
La firmeza
interior
que es obra
de la gracia,

nos preserva
de dejarnos
arrastrar por
la violencia
que invade
la vida social,
porque la gracia
aplaca la vanidad
y hace posible
la mansedumbre
del corazón.

El santo no gasta
sus energías
lamentando
los errores ajenos,
es capaz de
hacer silencio
ante los defectos
de sus hermanos
y evita la violencia verbal
que arrasa y maltrata,
porque no se cree digno
de ser duro con los demás,
sino que los considera
como superiores
a uno mismo
(cf. Flp 2,3).

Imagen

Punto 117.
No nos hace bien
mirar desde arriba,
colocarnos en el lugar
de jueces sin piedad,

considerar a los otros
como indignos y
pretender dar lecciones
permanentemente.

Esa es una sutil
forma de violencia[95].

San Juan de la Cruz
proponía otra cosa:

«Sea siempre más amigo
de ser enseñado por todos
que de querer enseñar aun
al que es menos que todos»[96].


Y agregaba
un consejo
para tener lejos
al demonio:

«Gozándote
del bien de los otros
como de ti mismo,
y queriendo que
los pongan a ellos
delante de ti
en todas
las cosas,
y esto con
verdadero
corazón.

De esta manera
vencerás el mal
con el bien
y echarás lejos
al demonio
y traerás alegría
de corazón.

Procura ejercitarlo más
con los que menos
te caen en gracia.

Y sabe que si no ejercitas esto,
no llegarás a la verdadera caridad
ni aprovecharás en ella»[97].



[95]
Hay muchas formas
de bullying que,
aunque parezcan
elegantes o respetuosas
e incluso muy espirituales,
provocan mucho sufrimiento
en la autoestima de los demás.

[96] Cautelas, 13b.

[97] Cautelas, 13a.

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Punto 118.
La humildad solamente
puede arraigarse en el corazón
a través de las humillaciones.


Sin ellas no hay
humildad ni santidad.

Si tú no eres capaz
de soportar y ofrecer
algunas humillaciones
no eres humilde
y no estás
en el camino
de la santidad.

La santidad que Dios
regala a su Iglesia
viene a través de
la humillación de su Hijo,
ése es el camino.

La humillación te lleva
a asemejarte a Jesús,
es parte ineludible de
la imitación de Jesucristo:

«Cristo padeció
por vosotros,
dejándoos
un ejemplo
para que sigáis
sus huellas»

(1 P 2,21).

Él a su vez expresa
la humildad del Padre,
que se humilla
para caminar
con su pueblo,
que soporta
sus infidelidades
y murmuraciones
(cf. Ex 34,6-9;
Sb 11,23-12,2;
Lc 6,36).

Por esta razón los Apóstoles,
después de la humillación,
«salieron del Sanedrín
dichosos de haber sido
considerados dignos
de padecer por
el nombre de Jesús»

(Hch 5,41).

Imagen

Punto 119.
No me refiero
solo a las situaciones
crudas de martirio,

sino a las humillaciones
cotidianas de aquellos
que callan para
salvar a su familia,
o evitan hablar bien
de sí mismos
y prefieren
exaltar a otros
en lugar de gloriarse,
eligen las tareas
menos brillantes,
e incluso a veces
prefieren soportar
algo injusto para
ofrecerlo al Señor:

«En cambio,
que aguantéis
cuando sufrís
por hacer el bien,
eso es una gracia
de parte de Dios»

(1 P 2,20).

No es caminar
con la cabeza baja,
hablar poco
o escapar de
la sociedad.

A veces, precisamente
porque está liberado
del egocentrismo,
alguien puede atreverse
a discutir amablemente,
a reclamar justicia
o a defender
a los débiles
ante los poderosos,
aunque eso le traiga
consecuencias negativas
para su imagen.

Imagen

Punto 120.
No digo que
la humillación
sea algo
agradable,

porque eso
sería masoquismo,
sino que se trata
de un camino
para imitar a Jesús
y crecer en
la unión con Él.

Esto no se entiende
naturalmente
y el mundo se burla
de semejante
propuesta.

Es una gracia que
necesitamos suplicar:

«Señor,
cuando lleguen
las humillaciones,
ayúdame a sentir
que estoy
detrás de Ti,
en tu camino».


Imagen

Punto 121.
Tal actitud supone
un corazón pacificado
por Cristo,

liberado de
esa agresividad
que brota de un yo
demasiado grande.

La misma pacificación
que obra la gracia
nos permite mantener
una seguridad
interior y aguantar,
perseverar en el bien
«aunque camine
por cañadas
oscuras»

(Sal 23,4) o
«si un ejército
acampa
contra mí»

(Sal 27,3).

Firmes
en el Señor,
la Roca,
podemos
cantar:

«En paz me acuesto
y enseguida me duermo,
porque tú solo, Señor,
me haces vivir tranquilo»

(Sal 4,9).

En definitiva, Cristo
«es nuestra paz»
(Ef 2,14),
vino a «guiar
nuestros pasos
por el camino
de la paz»

(Lc 1,79).

Él transmitió a santa
Faustina Kowalska que
«la humanidad
no encontrará paz
hasta que no se dirija
con confianza a
la misericordia
divina»[98].


Entonces no caigamos
en la tentación de buscar
la seguridad interior
en los éxitos,
en los placeres vacíos,
en las posesiones,
en el dominio
sobre los demás o
en la imagen social:

«Os doy mi paz;
pero no como
la da el mundo»

(Jn 14,27).


[98]
Diario, p. 132.

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ALEGRÍA Y SENTIDO DEL HUMOR

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Punto 122.
Lo dicho hasta ahora
no implica un espíritu
apocado, tristón,
agriado, melancólico,
o un bajo perfil
sin energía.


El santo es capaz
de vivir con alegría
y sentido del humor.

Sin perder el realismo,
ilumina a los demás
con un espíritu positivo
y esperanzado.

Ser cristianos es
«gozo en el
Espíritu Santo»

(Rm 14,17),
porque
«al amor
de caridad
le sigue
necesariamente
el gozo,
pues todo amante
se goza en la unión
con el amado […]

De ahí que
la consecuencia
de la caridad
sea el gozo»[99].


Hemos recibido
la hermosura de
su Palabra y
la abrazamos
«en medio de
una gran tribulación,
con la alegría del
Espíritu Santo»

(1Ts[/b] 1,6).

Si dejamos
que el Señor
nos saque de
nuestro caparazón
y nos cambie la vida,
entonces podremos
hacer realidad lo que
pedía san Pablo:

«Alegraos
siempre en
el Señor;
os lo repito,
alegraos»

([i]Flp
4,4).


[99]
Sto. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae
I-II, q.70, a.3.

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Punto 123.
Los profetas anunciaban
el tiempo de Jesús,
que nosotros
estamos viviendo,
como una revelación
de la alegría:

«Gritad jubilosos»

(Is 12,6).

«Súbete a
un monte elevado,
heraldo de Sión;
alza fuerte la voz,
heraldo de Jerusalén»

(Is 40,9).

«Romped a cantar,
montañas,
porque el Señor
consuela a su pueblo
y se compadece
de los desamparados»

(Is 49,13).

«¡Salta de gozo, Sión;
alégrate, Jerusalén!

Mira que viene tu rey,
justo y triunfador»

(Za 9,9).

Y no olvidemos
la exhortación
de Nehemías:

«¡No os pongáis tristes;
el gozo del Señor
es vuestra fuerza!»

(Neh 8,10).

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Punto 124.
María, que
supo descubrir
la novedad que
Jesús traía,
cantaba:

«Se alegra
mi espíritu
en Dios,
mi salvador»

(Lc 1,47)
y el mismo Jesús
«se llenó
de alegría en
el Espíritu Santo»

(Lc 10,21).

Cuando él pasaba
«toda la gente
se alegraba»

(Lc 13,17).

Después de su resurrección,
donde llegaban los discípulos
había una gran alegría
(cf. Hch 8,8).

A nosotros, Jesús
nos da una seguridad:

«Estaréis tristes,
pero vuestra tristeza
se convertirá en alegría.

[…]

Volveré a veros,
y se alegrará
vuestro corazón,
y nadie os quitará
vuestra alegría»

(Jn 16,20.22).

«Os he hablado de esto
para que mi alegría
esté en vosotros,
y vuestra alegría
llegue a plenitud»

(Jn 15,11).

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Punto 125.
Hay momentos duros,
tiempos de cruz,

pero nada puede destruir
la alegría sobrenatural,
que «se adapta
y se transforma,
y siempre
permanece
al menos como
un brote de luz
que nace de
la certeza
personal
de ser
infinitamente
amado,
más allá
de todo»[100].


Es una seguridad interior,
una serenidad esperanzada
que brinda una
satisfacción espiritual
incomprensible para
los parámetros
mundanos.


[100]
Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 6:
AAS 105 (2013), 1221.

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Punto 126.
Ordinariamente
la alegría cristiana
está acompañada
del sentido del humor,

tan destacado,
por ejemplo,
en santo Tomás Moro,
en san Vicente de Paúl
o en san Felipe Neri.

El mal humor no es
un signo de santidad:

«Aparta de
tu corazón
la tristeza»

(Qo 11,10).

Es tanto lo que
recibimos del Señor,
«para que
lo disfrutemos»

(1 Tm 6,17),
que a veces la tristeza
tiene que ver
con la ingratitud,
con estar tan
encerrado
en sí mismo
que uno
se vuelve incapaz
de reconocer
los regalos de
Dios[101].



[101]
Recomiendo rezar
la oración atribuida
a santo Tomás Moro:
«Concédeme, Señor,
una buena digestión,
y también algo que digerir.

Concédeme
la salud del cuerpo,
con el buen humor
necesario para
mantenerla.

Dame, Señor,
un alma santa
que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro,
para que no se asuste
ante el pecado,
sino que encuentre
el modo de poner
las cosas de nuevo
en orden.

Concédeme un alma
que no conozca
el aburrimiento,
las murmuraciones,
los suspiros
y los lamentos
y no permitas
que sufra
excesivamente
por esa cosa
tan dominante
que se llama “yo”.

Dame, Señor,
el sentido del humor.

Concédeme la gracia
de comprender las bromas,
para que conozca en la vida
un poco de alegría
y pueda comunicársela
a los demás.

Así sea».


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Punto 127.
Su amor
paterno
nos invita:

«Hijo, en cuanto
te sea posible,
cuida de
ti mismo […].

No te prives
de pasar
un día feliz»

(Si 14,11.14).

Nos quiere positivos,
agradecidos y
no demasiado
complicados:

«En tiempo
de prosperidad
disfruta […].

Dios hizo
a los humanos
equilibrados,
pero ellos
se buscaron
preocupaciones
sin cuento»

(Qo 7,14.29).

En todo caso,
hay que mantener
un espíritu flexible,
y hacer como
san Pablo:

«Yo he aprendido
a bastarme con
lo que tengo»

(Flp 4,11).

Es lo que vivía
san Francisco de Asís,
capaz de conmoverse
de gratitud ante
un pedazo
de pan duro,
o de alabar
feliz a Dios
solo por
la brisa que
acariciaba
su rostro.

Imagen

Punto 128.
No estoy hablando
de la alegría
consumista e
individualista

tan presente en
algunas experiencias
culturales de hoy.

Porque el consumismo
solo empacha el corazón;
puede brindar placeres
ocasionales y pasajeros,
pero no gozo.

Me refiero más bien
a esa alegría que
se vive en comunión,
que se comparte
y se reparte,
porque «hay
más dicha en dar
que en recibir»

(Hch 20,35) y
«Dios ama
al que da
con alegría»

(2 Co 9,7).

El amor
fraterno
multiplica
nuestra
capacidad
de gozo,
ya que
nos vuelve
capaces
de gozar con
el bien de
los otros:

«Alegraos
con los que
están alegres»

(Rm 12,15).

«Nos alegramos
siendo débiles,
con tal de que
vosotros
seáis fuertes»

(2 Co 13,9).

En cambio, si
«nos concentramos
en nuestras propias
necesidades,
nos condenamos
a vivir con
poca alegría»[102].



[102]
Exhort. ap. postsin.
Amoris laetitia
(19 marzo 2016), 110:
AAS 108 (2016), 354.

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AUDACIA Y FERVOR

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Punto 129.
Al mismo tiempo,
la santidad es
parresía:
es audacia,
es empuje
evangelizador

que deja una marca
en este mundo.

Para que sea posible,
el mismo Jesús viene
a nuestro encuentro
y nos repite con
serenidad y firmeza:

«No tengáis miedo»
(Mc 6,50).

«Yo estoy
con vosotros
todos los días,
hasta el final
de los tiempos»

(Mt 28,20).

Estas palabras
nos permiten
caminar y servir
con esa actitud
llena de coraje
que suscitaba
el Espíritu Santo
en los Apóstoles
y los llevaba
a anunciar
a Jesucristo.

Audacia, entusiasmo,
hablar con libertad,
fervor apostólico,
todo eso se incluye
en el vocablo
parresía,
palabra con
la que la Biblia
expresa también
la libertad
de una existencia
que está abierta,
porque se encuentra
disponible para Dios
y para los demás
(cf. Hch 4,29;
9,28; 28,31;
2 Co 3,12;
Ef 3,12;
Hb 3,6;
10,19).

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Punto 130.
El beato Pablo VI
mencionaba,
entre los obstáculos
de la evangelización,

precisamente
la carencia
de parresía:

«La falta de fervor,
tanto más grave
cuanto que
viene de
dentro»[103].


¡Cuántas veces
nos sentimos
tironeados
a quedarnos en
la comodidad
de la orilla!

Pero el Señor
nos llama
para navegar
mar adentro
y arrojar
las redes
en aguas
más profundas
(cf. Lc 5,4).

Nos invita
a gastar
nuestra vida
en su servicio.

Aferrados a él
nos animamos
a poner todos
nuestros carismas
al servicio de
los otros.

Ojalá nos sintamos
apremiados por
su amor
(cf. 2 Co 5,14)
y podamos decir
con san Pablo:

«¡Ay de mí
si no anuncio
el Evangelio!»

(1 Co 9,16).


[103]
Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi
(8 diciembre 1975), 80:
AAS 68 (1976), 73.
Es interesante advertir
que en este texto
el beato Pablo VI
une íntimamente
la alegría a la parresía.

Así como lamenta
«la falta de alegría
y de esperanza»,

exalta la «dulce y
confortadora alegría
de evangelizar»

que está unida a
«un ímpetu interior
que nadie ni nada
sea capaz
de extinguir»,

para que el mundo
no reciba el Evangelio
«a través de evangelizadores
tristes y desalentados».


Durante el Año Santo de 1975,
el mismo Pablo VI
dedicó a la alegría
la Exhortación Apostólica,
Gaudete in Domino
(9 mayo 1975):
AAS 67 (1975), 289-322.

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Punto 131.
Miremos a Jesús:

Su compasión
entrañable

no era algo que
lo ensimismara,
no era una
compasión
paralizante,
tímida o
avergonzada
como muchas veces
nos sucede a nosotros,
sino todo lo contrario.

Era una compasión
que lo movía
a salir de sí
con fuerza
para anunciar,
para enviar
en misión,
para enviar
a sanar y
a liberar.

Reconozcamos
nuestra fragilidad
pero dejemos
que Jesús
la tome con
sus manos y
nos lance a
la misión.

Somos frágiles,
pero portadores
de un tesoro
que nos hace
grandes y que
puede hacer
más buenos
y felices
a quienes
lo reciban.

La audacia y
el coraje
apostólico
son constitutivos
de la misión.


Imagen

Punto 132.
La parresía es
sello del Espíritu,
testimonio de
la autenticidad
del anuncio.


Es feliz seguridad
que nos lleva
a gloriarnos
del Evangelio
que anunciamos,
es confianza
inquebrantable
en la fidelidad
del Testigo fiel,
que nos da
la seguridad
de que nada
«podrá
separarnos
del amor
de Dios»

(Rm 8,39).

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Punto 133.
Necesitamos
el empuje del Espíritu
para no ser paralizados
por el miedo y el cálculo,

para no acostumbrarnos
a caminar solo dentro
de confines seguros.

Recordemos que
lo que está cerrado
termina oliendo
a humedad y
enfermándonos.

Cuando los Apóstoles
sintieron la tentación
de dejarse paralizar
por los temores
y peligros,
se pusieron
a orar juntos
pidiendo
la parresía:

«Ahora, Señor,
fíjate en sus
amenazas y
concede a
tus siervos
predicar
tu palabra
con toda
valentía»

(Hch 4,29).

Y la respuesta
fue que
«al terminar
la oración,
tembló el lugar
donde estaban
reunidos;
los llenó a todos
el Espíritu Santo,
y predicaban
con valentía
la palabra
de Dios»

(Hch 4,31).

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Punto 134.
Como el profeta Jonás,
siempre llevamos latente
la tentación de huir

a un lugar seguro
que puede tener
muchos nombres:
individualismo,
espiritualismo,
encerramiento en
pequeños mundos,
dependencia,
instalación,
repetición
de esquemas
ya prefijados,
dogmatismo,
nostalgia,
pesimismo,
refugio en
las normas.

Tal vez nos resistimos
a salir de un territorio
que nos era conocido
y manejable.

Sin embargo,
las dificultades
pueden ser como
la tormenta,
la ballena,
el gusano que secó
el ricino de Jonás,
o el viento y el sol que
le quemaron la cabeza;
y lo mismo que para él,
pueden tener la función
de hacernos volver
a ese Dios que es ternura
y que quiere llevarnos
a una itinerancia
constante
y renovadora.

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Punto 135.
Dios siempre
es novedad,

que nos empuja
a partir
una y otra vez
y a desplazarnos
para ir más allá
de lo conocido,
hacia las periferias
y las fronteras.

Nos lleva allí donde
está la humanidad
más herida y donde
los seres humanos,
por debajo de
la apariencia de
la superficialidad y
el conformismo,
siguen buscando
la respuesta a
la pregunta por
el sentido de
la vida.

¡Dios no tiene miedo!

¡No tiene miedo!


Él va siempre más allá
de nuestros esquemas
y no le teme a
las periferias.

Él mismo se hizo periferia
(cf. Flp 2,6-8;
Jn 1,14).

Por eso, si nos atrevemos
a llegar a las periferias,
allí lo encontraremos,
Él ya estará allí.

Jesús nos primerea
en el corazón de
aquel hermano,
en su carne herida,
en su vida oprimida,
en su alma oscurecida.

Él ya está allí.

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Punto 136.
Es verdad que hay
que abrir la puerta
del corazón a Jesucristo,
porque él golpea y llama

(cf. Ap 3,20).

Pero a veces
me pregunto si,
por el aire
irrespirable
de nuestra
autorreferencialidad,
Jesús no estará ya
dentro de nosotros
golpeando para que
lo dejemos salir.

En el Evangelio
vemos cómo Jesús
«iba caminando
de ciudad en ciudad
y de pueblo en pueblo,
proclamando
y anunciando
la Buena Noticia
del reino de Dios»

(Lc 8,1).

También después
de la resurrección,
cuando los discípulos
salieron a predicar
por todas partes,
«el Señor cooperaba
confirmando la palabra
con las señales que
los acompañaban»

(Mc 16,20).

Esa es la dinámica que brota
del verdadero encuentro.

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Punto 137.
La costumbre nos seduce
y nos dice que no tiene sentido
tratar de cambiar algo,

que no podemos hacer nada
frente a esta situación,
que siempre ha sido así
y que, sin embargo,
sobrevivimos.

A causa de ese
acostumbrarnos
ya no nos
enfrentamos
al mal y
permitimos
que las cosas
«sean lo que son»,
o lo que algunos
han decidido
que sean.

Pero dejemos que el Señor
venga a despertarnos,
a pegarnos un sacudón
en nuestra modorra,
a liberarnos de la inercia.

Desafiemos
la costumbre,
abramos bien
los ojos y los oídos,
y sobre todo
el corazón,
para dejarnos
descolocar
por lo que sucede
a nuestro alrededor
y por el grito
de la Palabra viva
y eficaz del Resucitado.

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Punto 138.
Nos moviliza
el ejemplo
de tantos
sacerdotes,
religiosas,
religiosos
y laicos

que se dedican
a anunciar y a servir
con gran fidelidad,
muchas veces
arriesgando sus vidas
y ciertamente a costa
de su comodidad.

Su testimonio
nos recuerda que
la Iglesia no necesita
tantos burócratas
y funcionarios,
sino misioneros
apasionados,
devorados por
el entusiasmo
de comunicar
la verdadera vida.

Los santos
sorprenden,
desinstalan,
porque sus vidas
nos invitan a salir
de la mediocridad
tranquila y
anestesiante.

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Punto 139.
Pidamos al Señor
la gracia de no vacilar
cuando el Espíritu
nos reclame que
demos un paso adelante,

pidamos el valor apostólico
de comunicar el Evangelio
a los demás
y de renunciar a hacer
de nuestra vida cristiana
un museo de recuerdos.

En todo caso, dejemos
que el Espíritu Santo
nos haga contemplar
la historia en la clave
de Jesús resucitado.

De ese modo la Iglesia,
en lugar de estancarse,
podrá seguir adelante
acogiendo las sorpresas
del Señor.
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EN COMUNIDAD

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Punto 140.
Es muy difícil luchar
contra la propia
concupiscencia

y contra
las asechanzas
y tentaciones
del demonio
y del mundo
egoísta
si estamos
aislados.

Es tal el bombardeo
que nos seduce que,
si estamos
demasiado solos,
fácilmente perdemos
el sentido de la realidad,
la claridad interior,
y sucumbimos.

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Punto 141.
La santificación es
un camino comunitario,
de dos en dos.

Así lo reflejan algunas
comunidades santas.


En varias ocasiones la Iglesia
ha canonizado a comunidades enteras
que vivieron heroicamente el Evangelio
o que ofrecieron a Dios
la vida de todos sus miembros.

Pensemos, por ejemplo,
en los siete santos fundadores
de la Orden de los Siervos de María,
en las siete beatas religiosas del primer
monasterio de la Visitación de Madrid,
en san Pablo Miki y compañeros
mártires en Japón,
en san Andrés Kim Taegon
y compañeros mártires en Corea,
en san Roque González,
san Alfonso Rodríguez
y compañeros mártires
en Sudamérica.

También recordemos
el reciente testimonio
de los monjes trapenses
de Tibhirine (Argelia),
que se prepararon juntos
para el martirio.

Del mismo modo,
hay muchos
matrimonios
santos,
donde cada uno fue
un instrumento de Cristo
para la santificación
del cónyuge.

Vivir o trabajar con otros
es sin duda un camino
de desarrollo espiritual.

San Juan de la Cruz
decía a un discípulo:

Estás viviendo con otros
«para que te labren
y ejerciten»[104].



[104]
Cautelas, 15.

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Punto 142.
La comunidad está llamada
a crear ese «espacio teologal
en el que se puede experimentar
la presencia mística
del Señor resucitado»[105].


Compartir la Palabra
y celebrar juntos
la Eucaristía
nos hace más hermanos
y nos va convirtiendo
en comunidad santa
y misionera.

Esto da lugar también
a verdaderas
experiencias místicas
vividas en comunidad,
como fue el caso de
san Benito y santa Escolástica,
o aquel sublime
encuentro espiritual
que vivieron juntos
san Agustín y su madre
santa Mónica:

«Cuando ya se acercaba
el día de su muerte

―día por Ti conocido,
y que nosotros ignorábamos―,
sucedió, por
tus ocultos designios,
como lo creo firmemente,
que nos encontramos
ella y yo solos,
apoyados en una ventana
que daba al jardín
interior de la casa
donde nos hospedábamos […].

Y abríamos la boca
de nuestro corazón,
ávidos de las corrientes
de tu fuente, la fuente
de vida que hay en Ti […].

Y mientras estamos hablando
y suspirando por ella [la sabiduría],
llegamos a tocarla un poco
con todo el ímpetu
de nuestro corazón […]
de modo que fuese
la vida sempiterna
cual fue este momento
de intuición por el cual
suspiramos»[106].



[105]
S. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsin.
Vita consecrata
(25 marzo 1996), 42:
AAS 88 (1996), 416.

[106]
Confesiones,
IX, 10,23-25:
PL 32,773-775.

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Punto 143.
Pero estas experiencias
no son lo más frecuente,
ni lo más importante.


La vida comunitaria,
sea en la familia,
en la parroquia,
en la comunidad
religiosa o
en cualquier otra,
está hecha de
muchos pequeños
detalles cotidianos.

Esto ocurría en
la comunidad santa
que formaron
Jesús, María y José,
donde se reflejó
de manera
paradigmática
la belleza de
la comunión
trinitaria.

También es
lo que sucedía
en la vida
comunitaria
que Jesús llevó
con sus discípulos
y con el pueblo sencillo.

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Punto 144.
Recordemos cómo Jesús
invitaba a sus discípulos
a prestar atención
a los detalles.


El pequeño detalle
de que se estaba
acabando el vino
en una fiesta.

El pequeño detalle
de que faltaba
una oveja.

El pequeño detalle
de la viuda que ofreció
sus dos moneditas.

El pequeño detalle
de tener aceite
de repuesto para
las lámparas por
si el novio
se demora.

El pequeño detalle
de pedir a sus discípulos
que vieran cuántos
panes tenían.

El pequeño detalle
de tener un fueguito
preparado y
un pescado en
la parrilla
mientras esperaba
a los discípulos
de madrugada.

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Punto 145.
La comunidad que preserva
los pequeños detalles del amor[107],

donde los miembros
se cuidan unos a otros
y constituyen un espacio
abierto y evangelizador,
es lugar de la presencia
del Resucitado que
la va santificando según
el proyecto del Padre.

A veces, por un don
del amor del Señor,
en medio de esos
pequeños detalles
se nos regalan
consoladoras
experiencias de Dios:

«Una tarde de invierno
estaba yo cumpliendo,
como de costumbre,
mi dulce tarea […].

De pronto, oí a lo lejos
el sonido armonioso
de un instrumento
musical.

Entonces me imaginé
un salón muy bien iluminado,
todo resplandeciente
de ricos dorados;
y en él, señoritas
elegantemente vestidas,
prodigándose
mutuamente
cumplidos y
cortesías
mundanas.

Luego posé la mirada
en la pobre enferma,
a quien sostenía.

En lugar de una melodía,
escuchaba de vez en cuando
sus gemidos lastimeros […].

No puedo expresar
lo que pasó
por mi alma.

Lo único que sé
es que el Señor
la iluminó con
los rayos de la verdad,
los cuales sobrepasaban
de tal modo
el brillo tenebroso
de las fiestas
de la tierra,
que no podía creer
en mi felicidad»[108].



[107]
Especialmente recuerdo
las tres palabras clave
«permiso, gracias, perdón»,
porque «las palabras adecuadas,
dichas en el momento justo,
protegen y alimentan
el amor día tras día»:[/b]
Exhort. ap. postsin.
Amoris laetitia (19 marzo 2016),
133: AAS 108 (2016), 363.

[108]
Sta. Teresa de Lisieux,
Manuscrito C, 29v-30r.

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Punto 146.
En contra de la tendencia
al individualismo consumista

que termina aislándonos
en la búsqueda del bienestar
al margen de los demás,
nuestro camino de santificación
no puede dejar de identificarnos
con aquel deseo de Jesús:

«Que todos
sean uno,
como tú Padre
en mí y
yo en ti»

(Jn 17,21).

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EN ORACIÓN CONSTANTE

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Punto 147.
Finalmente, aunque
parezca obvio, recordemos
que la santidad está hecha
de una apertura habitual
a la trascendencia, que
se expresa en la oración
y en la adoración.


El santo es una persona
con espíritu orante,
que necesita
comunicarse
con Dios.

Es alguien que
no soporta
asfixiarse en
la inmanencia
cerrada de
este mundo,
y en medio de
sus esfuerzos
y entregas
suspira por Dios,
sale de sí en
la alabanza y
amplía sus
límites en
la contemplación
del Señor.

No creo en
la santidad
sin oración,
aunque
no se trate
necesariamente
de largos momentos
o de sentimientos
intensos.

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Punto 148.
San Juan de la Cruz
recomendaba
«procurar andar siempre
en la presencia de Dios,
sea real, imaginaria o unitiva,
de acuerdo con lo que
le permitan las obras
que esté haciendo»
[109].


En el fondo,
es el deseo
de Dios
que no puede dejar
de manifestarse
de alguna manera
en medio de
nuestra vida
cotidiana:

«Procure ser
continuo en
la oración,
y en medio de
los ejercicios
corporales
no la deje.

Sea que coma,
beba, hable con otros,
o haga cualquier cosa,
siempre ande
deseando a Dios
y apegando a él
su corazón»
[110].



[109]
Grados de
perfección,
2.

[110]
Id., Avisos a
un religioso
para alcanzar
la perfección,
9b.

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Punto 149.
No obstante, para
que esto sea posible,
también son necesarios
algunos momentos
solo para Dios,
en soledad
con Él.


Para santa
Teresa de Ávila

la oración es
«tratar de amistad
estando muchas
veces a solas
con quien sabemos
nos ama»[111].


Quisiera insistir
que esto no es solo
para pocos privilegiados,
sino para todos, porque
«todos tenemos
necesidad de este silencio
penetrado de presencia
adorada»[112].


La oración confiada es
una reacción del corazón
que se abre a Dios
frente a frente,
donde se hacen callar
todos los rumores
para escuchar
la suave voz del Señor
que resuena en
el silencio.


[111]
Libro de la Vida, 8,5.

[112]
Juan Pablo II, Carta ap.
Orientale lumen (2 mayo 1995), 16:
AAS 87 (1995), 762.

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Punto 150.
En ese silencio
es posible discernir,
a la luz del Espíritu,

los caminos de santidad
que el Señor nos propone.

De otro modo,
todas nuestras decisiones
podrán ser solamente
«decoraciones»
que, en lugar de exaltar
el Evangelio en
nuestras vidas,
lo recubrirán
o lo ahogarán.

Para todo discípulo
es indispensable
estar con
el Maestro,
escucharle,
aprender de él,
siempre aprender.

Si no escuchamos,
todas nuestras palabras
serán únicamente ruidos
que no sirven para nada.

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Punto 151.
Recordemos que
«es la contemplación
del rostro de Jesús
muerto y resucitado
la que recompone
nuestra humanidad,
también la que está
fragmentada por
las fatigas de la vida,
o marcada
por el pecado.

No hay que domesticar
el poder del rostro
de Cristo»[113].


Entonces,
me atrevo
a preguntarte:

¿Hay momentos
en los que te pones
en su presencia
en silencio,
permaneces con Él
sin prisas,
y te dejas
mirar por Él?

¿Dejas que
su fuego
inflame
tu corazón?


Si no le permites
que Él alimente
el calor de su amor
y de su ternura,
no tendrás fuego,
y así
¿cómo podrás
inflamar el corazón
de los demás
con tu testimonio
y tus palabras?

Y si ante
el rostro
de Cristo
todavía
no logras
dejarte sanar
y transformar,
entonces
penetra en
las entrañas
del Señor,
entra en
sus llagas,
porque allí
tiene su sede
la misericordia
divina[114].



[113]
Discurso en el
V Congreso de la Iglesia italiana,

Florencia (10 noviembre 2015):
AAS 107 (2015), 1284.

[114]
Cf. S. Bernardo,
Sermones sobre
el Cantar de los Cantares
61,3-5:
PL 183, 1071-1073.

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Punto 152.
Pero ruego que
no entendamos
el silencio orante
como una evasión

que niega el mundo
que nos rodea.

El «peregrino ruso»,
que caminaba
en oración continua,
cuenta que esa oración
no lo separaba de
la realidad externa:

«Cuando
me encontraba
con la gente,
me parecía que
eran todos tan amables
como si fueran
mi propia familia. [...]

Y la felicidad
no solamente
iluminaba
el interior
de mi alma,
sino que
el mundo exterior
me aparecía bajo
un aspecto
maravilloso»[115].



[115]
Relatos de un peregrino ruso,
Buenos Aires 1990, 25.96.

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Punto 153.
Tampoco
la historia
desaparece.

La oración,
precisamente
porque se alimenta
del don de Dios
que se derrama
en nuestra vida,
debería ser
siempre memoriosa.

La memoria de
las acciones de Dios
está en la base
de la experiencia
de la alianza
entre Dios y
su pueblo.

Si Dios ha querido
entrar en la historia,
la oración está tejida
de recuerdos.

No solo del recuerdo
de la Palabra revelada,
sino también
de la propia vida,
de la vida
de los demás,
de lo que el Señor
ha hecho en
su Iglesia.

Es la memoria
agradecida
de la que
también habla
san Ignacio de Loyola
en su «Contemplación
para alcanzar amor»[116],

cuando nos pide que
traigamos a la memoria
todos los beneficios
que hemos recibido
del Señor.

Mira tu historia
cuando ores
y en ella
encontrarás
tanta
misericordia.

Al mismo tiempo
esto alimentará
tu consciencia
de que el Señor
te tiene en
su memoria y
nunca te olvida.

Por consiguiente,
tiene sentido pedirle
que ilumine aun
los pequeños detalles
de tu existencia,
que a Él no
se le escapan.


[116]
Cf. Ejercicios espirituales, 230-237.

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Punto 154.
La súplica
es expresión
del corazón que
confía en Dios,

que sabe que
solo no puede.

En la vida del
pueblo fiel de Dios
encontramos
mucha súplica
llena de ternura
creyente
y de profunda
confianza.

No quitemos valor
a la oración de petición,
que tantas veces
nos serena el corazón
y nos ayuda a
seguir luchando
con esperanza.

La súplica de intercesión
tiene un valor particular,
porque es un acto
de confianza en Dios
y al mismo tiempo
una expresión de
amor al prójimo.

Algunos,
por prejuicios
espiritualistas,
creen que
la oración
debería ser
una pura
contemplación
de Dios,
sin distracciones,
como si los nombres
y los rostros
de los hermanos
fueran
una perturbación
a evitar.

Al contrario,
la realidad es
que la oración
será más
agradable a Dios
y más santificadora
si en ella,
por la intercesión,
intentamos vivir
el doble mandamiento
que nos dejó Jesús.

La intercesión expresa
el compromiso fraterno
con los otros
cuando en ella
somos capaces
de incorporar
la vida de los demás,
sus angustias
más perturbadoras
y sus mejores sueños.

De quien se entrega
generosamente
a interceder
puede decirse
con las palabras
bíblicas:

«Este es el que ama
a sus hermanos,
el que ora mucho
por el pueblo»

(2 Mac 15,14).

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Punto 155.
Si de verdad
reconocemos
que Dios existe
no podemos
dejar de
adorarlo,

a veces en
un silencio
lleno de
admiración,
o de cantarle
en festiva
alabanza.

Así expresamos
lo que vivía el beato
Carlos de Foucauld
cuando dijo:

«Apenas creí
que Dios existía,
comprendí que
solo podía vivir
para Él»[117].


También en la vida
del pueblo peregrino
hay muchos
gestos simples
de pura adoración,
como por ejemplo
cuando «la mirada
del peregrino
se deposita sobre
una imagen que
simboliza la ternura
y la cercanía de Dios.

El amor se detiene,
contempla el misterio,
lo disfruta en silencio»[118].



[117]
Carta a Henry de Castries
(14 agosto 1901).

[118]
V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe,
Documento de Aparecida
(29 junio 2007), 259.

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Punto 156.
La lectura orante de
la Palabra de Dios,
más dulce
que la miel

(cf. Sal 119,103)
y «espada de
doble filo»

(Hb 4,12),
nos permite detenernos
a escuchar al Maestro
para que sea lámpara
para nuestros pasos,
luz en nuestro camino

(cf. Sal 119,105).

Como bien
nos recordaron
los Obispos
de India:

«La devoción
a la Palabra de Dios
no es solo una de
muchas devociones,
hermosa pero
algo opcional.

Pertenece al corazón
y a la identidad misma
de la vida cristiana.

La Palabra tiene en sí
el poder para transformar
las vidas»[119].



[119]
Conferencia de Obispos
Católicos de India,
Declaración final de la
XXI Asamblea plenaria

(18 febrero 2009), 3.2.

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Punto 157.
El encuentro con Jesús
en las Escrituras nos lleva
a la Eucaristía,

donde esa misma Palabra
alcanza su máxima eficacia,
porque es presencia real
del que es la Palabra viva.

Allí, el único Absoluto
recibe la mayor adoración
que puede darle esta tierra,
porque es el mismo Cristo
quien se ofrece.

Y cuando
lo recibimos
en la comunión,
renovamos
nuestra
alianza con Él
y le permitimos
que realice
más y más
su obra
transformadora.

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Para ver la exhortación completa pulsar en:
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “GAUDETE ET EXSULTATE” (Cap. V)»

Notapor esoto » 13 Abr 2018 15:31

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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

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“SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL”

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CAPÍTULO QUINTO:

COMBATE, VIGILANCIA
Y DISCERNIMIENTO

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Punto 158.
La vida cristiana
es un combate
permanente.


Se requieren
fuerza y valentía
para resistir
las tentaciones
del diablo
y anunciar
el Evangelio.

Esta lucha
es muy bella,
porque nos
permite
celebrar
cada vez que
el Señor vence
en nuestra vida.

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EL COMBATE Y LA VIGILANCIA

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Punto 159.
No se trata solo
de un combate
contra el mundo

y la mentalidad
mundana,
que nos engaña,
nos atonta y
nos vuelve
mediocres
sin compromiso
y sin gozo.

Tampoco se reduce
a una lucha contra
la propia fragilidad
y las propias
inclinaciones
(cada uno
tiene la suya:
la pereza,
la lujuria,
la envidia,
los celos,
y demás).

Es también
una lucha constante
contra el diablo,
que es el príncipe
del mal.

Jesús mismo festeja
nuestras victorias.

Se alegraba cuando
sus discípulos
lograban avanzar
en el anuncio
del Evangelio,
superando
la oposición
del Maligno,
y celebraba:

«Estaba viendo a Satanás
caer del cielo como un rayo»

(Lc 10,18).

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ALGO MÁS QUE UN MITO

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Punto 160.
No aceptaremos
la existencia del diablo
si nos empeñamos
en mirar la vida solo
con criterios empíricos
y sin sentido sobrenatural.


Precisamente, la convicción
de que este poder maligno
está entre nosotros,
es lo que nos permite entender
por qué a veces el mal
tiene tanta fuerza destructiva.

Es verdad que
los autores bíblicos
tenían un bagaje
conceptual limitado
para expresar
algunas realidades
y que en tiempos de Jesús
se podía confundir,
por ejemplo,
una epilepsia con
la posesión
del demonio.

Sin embargo, eso
no debe llevarnos
a simplificar
tanto la realidad
diciendo que todos
los casos narrados
en los evangelios
eran enfermedades
psíquicas y que
en definitiva
el demonio
no existe
o no actúa.

Su presencia está
en la primera página
de las Escrituras,
que acaban con
la victoria de Dios
sobre el demonio[120].


De hecho, cuando Jesús
nos dejó el Padrenuestro
quiso que termináramos
pidiendo al Padre que
nos libere del Malo.

La expresión utilizada allí
no se refiere al mal
en abstracto y su traducción
más precisa es «el Malo».

Indica un ser personal
que nos acosa.

Jesús nos enseñó
a pedir cotidianamente
esa liberación
para que su poder
no nos domine.


[120]
Cf. Homilía en la Misa de
la Casa Santa Marta

(11 octubre 2013):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(18 octubre 2013), p. 12.

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Punto 161.
Entonces,
no pensemos
que es un mito,
una representación,
un símbolo,
una figura o
una idea[121].


Ese engaño nos lleva
a bajar los brazos,
a descuidarnos y
a quedar más
expuestos.

Él no necesita
poseernos.

Nos envenena
con el odio,
con la tristeza,
con la envidia,
con los vicios.

Y así, mientras
nosotros bajamos
la guardia,
él aprovecha
para destruir
nuestra vida,
nuestras familias y
nuestras comunidades,
porque «como
león rugiente,
ronda buscando
a quien devorar»

(1 Pedro 5,8).


[121]
Cf. B. Pablo VI,
Catequesis
(15 noviembre 1972):
Ecclesia (1972/II),1605:

«Una de las necesidades mayores
es la defensa de aquel mal
que llamamos Demonio. […]

El mal no es solamente
una deficiencia,
sino una eficiencia,
un ser vivo, espiritual,
pervertido y pervertidor.

Terrible realidad.

Misteriosa y pavorosa.

Se sale del cuadro de
la enseñanza bíblica
y eclesiástica quien
se niega a reconocer
su existencia;
o bien quien
hace de ella
un principio que
existe por sí y
que no tiene,
como cualquier
otra criatura,
su origen en Dios;
o bien la explica como
una pseudorrealidad,
una personificación
conceptual y fantástica
de las causas
desconocidas
de nuestras
desgracias».

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DESPIERTOS Y CONFIADOS

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Punto 162.
La Palabra de Dios
nos invita claramente a
«afrontar las asechanzas
del diablo»

(Ef 6,11)
y a detener
«las flechas
incendiarias
del maligno»

(Ef 6,16).

No son palabras románticas,
porque nuestro camino
hacia la santidad es también
una lucha constante.

Quien no quiera reconocerlo
se verá expuesto al fracaso
o a la mediocridad.

Para el combate tenemos
las armas poderosas
que el Señor nos da:

La fe que se expresa
en la oración,
la meditación
de la Palabra de Dios,
la celebración de la Misa,
la adoración eucarística,
la reconciliación sacramental,
las obras de caridad,
la vida comunitaria,
el empeño misionero.

Si nos descuidamos
nos seducirán fácilmente
las falsas promesas del mal,
porque, como decía
el santo cura Brochero,
«¿qué importa
que Lucifer
os prometa liberar
y aun os arroje
al seno de todos sus bienes,
si son bienes engañosos,
si son bienes envenenados?»[122].



[122]
S. José Gabriel
del Rosario Brochero,
Plática de las banderas,
en Conferencia Episcopal Argentina,
El Cura Brochero.
Cartas y sermones,

Buenos Aires 1999, 71.

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Punto 163.
En este camino,
el desarrollo de lo bueno,
la maduración espiritual
y el crecimiento del amor

son el mejor contrapeso
ante el mal.

Nadie resiste
si opta por quedarse
en un punto muerto,
si se conforma con poco,
si deja de soñar
con ofrecerle al Señor
una entrega más bella.

Menos aún si cae en
un espíritu de derrota,
porque «el que
comienza sin confiar
perdió de antemano
la mitad de la batalla
y entierra sus talentos.[…]

El triunfo cristiano
es siempre una cruz,
pero una cruz
que al mismo tiempo
es bandera de victoria,
que se lleva con
una ternura combativa
ante los embates
del mal»[123].



[123]
Exhort. ap. Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 85:
AAS 105 (2013), 1056.

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LA CORRUPCIÓN ESPIRITUAL

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Punto 164.
El camino de la santidad
es una fuente de paz y de gozo
que nos regala el Espíritu,

pero al mismo tiempo
requiere que estemos
«con las lámparas
encendidas»
(Lc 12,35)
y permanezcamos atentos:

«Guardaos de
toda clase de mal»

(1 Ts 5,22).

«Estad en vela»
(Mt 24,42;
cf.Mc 13,35).

«No nos entreguemos
al sueño»
(1 Ts 5,6).

Porque quienes sienten
que no cometen
faltas graves contra
la Ley de Dios,
pueden descuidarse
en una especie
de atontamiento
o adormecimiento.

Como no encuentran
algo grave que
reprocharse,
no advierten
esa tibieza que
poco a poco se va
apoderando de
su vida espiritual y
terminan
desgastándose
y corrompiéndose.

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Punto 165.
La corrupción espiritual
es peor que la caída
de un pecador,

porque se trata de
una ceguera cómoda
y autosuficiente
donde todo termina
pareciendo lícito:
el engaño,
la calumnia,
el egoísmo
y tantas formas sutiles
de autorreferencialidad,
ya que
el mismo Satanás
se disfraza
de ángel de luz»

(2 Co 11,14).

Así acabó sus días Salomón,
mientras el gran pecador David
supo remontar su miseria.

En un relato, Jesús
nos advirtió acerca
de esta tentación
engañosa que
nos va deslizando
hacia la corrupción:
menciona una persona
liberada del demonio que,
pensando que su vida
ya estaba limpia,
terminó poseída
por otros
siete espíritus
malignos
(cf. Lc 11,24-26).

Otro texto bíblico
utiliza una imagen
fuerte:

«El perro vuelve
a su propio vómito»

(2 Pedro 2,22;
cf. Proverbios 26,11).

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EL DISCERNIMIENTO

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Punto 166.
¿Cómo saber si algo
viene del Espíritu Santo

o si su origen está en
el espíritu del mundo o
en el espíritu del diablo?

La única forma es
el discernimiento,
que no supone solamente
una buena capacidad
de razonar o
un sentido común,
es también un don
que hay que pedir.

Si lo pedimos
confiadamente
al Espíritu Santo,
y al mismo tiempo
nos esforzamos por
desarrollarlo
con la oración,
la reflexión,
la lectura y
el buen consejo,
seguramente
podremos crecer
en esta capacidad
espiritual.

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UNA NECESIDAD IMPERIOSA

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Punto 167.
Hoy día,
el hábito del
discernimiento
se ha vuelto
particularmente
necesario.


Porque
la vida actual
ofrece enormes
posibilidades
de acción y
de distracción,
y el mundo
las presenta
como si
fueran todas
válidas
y buenas.

Todos, pero
especialmente
los jóvenes,
están expuestos
a un zapping
constante.

Es posible navegar
en dos o tres pantallas
simultáneamente
e interactuar
al mismo tiempo
en diferentes
escenarios
virtuales.

Sin la sabiduría
del discernimiento
podemos convertirnos
fácilmente en marionetas
a merced de
las tendencias
del momento.

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Punto 168.
Esto resulta
especialmente
importante
cuando aparece
una novedad en
la propia vida,

y entonces hay que
discernir si es
el vino nuevo que
viene de Dios
o es
una novedad engañosa
del espíritu del mundo
o del espíritu del diablo.

En otras ocasiones
sucede lo contrario,
porque
las fuerzas
del mal
nos inducen
a no cambiar,
a dejar las cosas
como están,
a optar por
el inmovilismo
o la rigidez.

Entonces impedimos
que actúe el soplo
del Espíritu.

Somos libres,
con la libertad
de Jesucristo,
pero Él nos llama
a examinar lo que
hay dentro
de nosotros
―deseos,
angustias,
temores,
búsquedas―
y lo que sucede
fuera de nosotros
—los «signos
de los tiempos»

para reconocer
los caminos
de la libertad
plena:

«Examinadlo todo;
quedaos con lo bueno»

(1 Ts 5,21).

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SIEMPRE A LA LUZ DEL SEÑOR

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Punto 169.
El discernimiento
no solo es necesario
en momentos extraordinarios,
o cuando hay que
resolver problemas graves,
o cuando hay que tomar
una decisión crucial.


Es un instrumento de lucha
para seguir mejor al Señor.

Nos hace falta siempre,
para estar dispuestos
a reconocer
los tiempos de Dios
y de su gracia,
para no desperdiciar
las inspiraciones del Señor,
para no dejar pasar
su invitación a crecer.

Muchas veces
esto se juega
en lo pequeño,
en lo que
parece
irrelevante,
porque
la magnanimidad
se muestra en
lo simple y en
lo cotidiano[124].


Se trata de
no tener límites
para lo grande,
para lo mejor
y más bello,
pero al mismo tiempo
concentrados
en lo pequeño,
en la entrega
de hoy.

Por tanto, pido
a todos los cristianos
que no dejen
de hacer cada día,
en diálogo con
el Señor
que nos ama,
un sincero
«examen de
conciencia».


Al mismo tiempo,
el discernimiento
nos lleva a reconocer
los medios concretos
que el Señor
predispone
en su misterioso
plan de amor,
para que no nos
quedemos solo
en las buenas
intenciones.


[124]
En la tumba de
san Ignacio de Loyola
se encuentra este sabio epitafio:
«Non coerceri a maximo,
contineri tamen a minimo
divinum est»

(Es divino no asustarse
por las cosas grandes
y a la vez estar atento
a lo más pequeño
).

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UN DON SOBRENATURAL

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Punto 170.
Es verdad que
el discernimiento
espiritual
no excluye
los aportes
de sabidurías
humanas,

existenciales,
psicológicas,
sociológicas
o morales.

Pero las
trasciende.

Ni siquiera le bastan
las sabias normas
de la Iglesia.

Recordemos siempre
que el discernimiento
es una gracia.

Aunque incluya
la razón y
la prudencia,
las supera,
porque se trata
de entrever el misterio
del proyecto único
e irrepetible
que Dios tiene
para cada uno
y que se realiza
en medio de
los más variados
contextos
y límites.

No está en juego
solo un bienestar
temporal,
ni la satisfacción
de hacer algo útil,
ni siquiera
el deseo
de tener
la conciencia
tranquila.

Está en juego
el sentido de
mi vida ante
el Padre que
me conoce
y me ama,
el verdadero
para qué de
mi existencia
que nadie conoce
mejor que Él.

El discernimiento,
en definitiva,
conduce a
la fuente misma
de la vida
que no muere,
es decir,
conocer
al Padre,
el único Dios
verdadero,
y al que ha enviado:
Jesucristo

(cf. Jn 17,3).

No requiere de
capacidades
especiales
ni está
reservado
a los más
inteligentes
o instruidos,
y el Padre
se manifiesta
con gusto
a los humildes
(cf. Mt 11,25).

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Punto 171.
Si bien el Señor
nos habla de modos
muy variados

en medio de
nuestro trabajo,
a través de los demás,
y en todo momento,
no es posible prescindir
del silencio de la oración
detenida para percibir
mejor ese lenguaje,
para interpretar
el significado real
de las inspiraciones
que creímos recibir,
para calmar
las ansiedades y
recomponer
el conjunto de
la propia existencia
a la luz de Dios.

Así podemos
dejar nacer
esa nueva
síntesis
que brota
de la vida
iluminada por
el Espíritu.

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HABLA, SEÑOR

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Punto 172.
Sin embargo,
podría ocurrir que
en la misma oración

evitemos dejarnos confrontar
por la libertad del Espíritu,
que actúa como quiere.

Hay que recordar que
el discernimiento orante
requiere partir de
una disposición
a escuchar:
al Señor,
a los demás,
a la realidad misma
que siempre nos desafía
de maneras nuevas.

Solo quien está
dispuesto a escuchar
tiene la libertad
para renunciar a
su propio
punto de vista
parcial o
insuficiente,
a sus costumbres,
a sus esquemas.

Así está realmente disponible
para acoger un llamado
que rompe sus seguridades
pero que lo lleva
a una vida mejor,
porque no basta
que todo vaya bien,
que todo esté
tranquilo.

Dios puede estar
ofreciendo algo más,
y en nuestra distracción
cómoda no lo reconocemos.

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Punto 173.
Tal actitud de escucha
implica, por cierto,
obediencia al Evangelio

como último criterio,
pero también al Magisterio
que lo custodia,
intentando encontrar
en el tesoro de la Iglesia
lo que sea más fecundo
para el hoy de la salvación.

No se trata de aplicar recetas
o de repetir el pasado,
ya que las mismas soluciones
no son válidas en
toda circunstancia
y lo que era útil
en un contexto puede
no serlo en otro.

El discernimiento de espíritus
nos libera de la rigidez,
que no tiene lugar
ante el perenne hoy
del Resucitado.

Únicamente el Espíritu
sabe penetrar
en los pliegues
más oscuros
de la realidad
y tener en cuenta
todos sus matices,
para que emerja
con otra luz
la novedad del
Evangelio.

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LA LÓGICA DEL DON Y DE LA CRUZ

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Punto 174.
Una condición esencial
para el progreso
en el discernimiento
es educarse en
la paciencia de Dios
y en sus tiempos,
que nunca son
los nuestros.


Él no hace caer fuego
sobre los infieles
(cf. Lc 9,54),
ni permite a los celosos
«arrancar la cizaña»
que crece junto al trigo
(cf. Mt 13,29).

También se requiere
generosidad, porque
«hay más dicha
en dar que
en recibir»

(Hch 20,35).

No se discierne
para descubrir
qué más
le podemos
sacar a
esta vida,
sino para
reconocer
cómo podemos
cumplir mejor
esa misión que
se nos ha confiado
en el Bautismo,
y eso implica
estar dispuestos
a renuncias
hasta darlo
todo.

Porque la felicidad
es paradójica y
nos regala
las mejores
experiencias
cuando aceptamos
esa lógica
misteriosa
que no es
de este mundo,
como decía
san Buenaventura
refiriéndose a la cruz:

«Esta es
nuestra
lógica»[125].


Si uno asume
esta dinámica,
entonces no deja
anestesiar
su conciencia
y se abre
generosamente
al discernimiento.


[125]
Colaciones sobre
el Hexaemeron,
1,30.

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Para ver la exhortación completa pulsar en:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html
Última edición por esoto el 26 Sep 2018 00:15, editado 21 veces en total
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 05)»

Notapor esoto » 14 Abr 2018 07:09

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Punto 5.
En los procesos de beatificación y canonización

se tienen en cuenta los signos de heroicidad
en el ejercicio de las virtudes,
la entrega de la vida en el martirio
y también los casos en que se haya verificado
un ofrecimiento de la propia vida por los demás,
sostenido hasta la muerte.

Esa ofrenda expresa
una imitación
ejemplar de Cristo,
y es digna de
la admiración
de los fieles[2].

Recordemos, por ejemplo,
a la beata María Gabriela Sagheddu,
que ofreció su vida por
la unión de los cristianos.


[2]
Supone de todos modos
que haya fama de santidad y un ejercicio,
al menos en grado ordinario,
de las virtudes cristianas:
cf. Motu proprio
Maiorem hac dilectionem (11 julio 2017),
art. 2c: L’Osservatore Romano (12 julio 2017), p. 8.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 06)»

Notapor esoto » 15 Abr 2018 08:55

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LOS SANTOS
DE LA PUERTA
DE AL LADO

Punto 6.
No pensemos solo
en los ya beatificados
o canonizados.


El Espíritu Santo
derrama santidad
por todas partes,
en el santo pueblo
fiel de Dios,
porque «fue
voluntad de Dios
el santificar y salvar
a los hombres,
no aisladamente,
sin conexión alguna
de unos con otros,
sino constituyendo un pueblo,
que le confesara en verdad
y le sirviera santamente»[3].


El Señor,
en la historia
de la salvación,
ha salvado
a un pueblo.

No existe identidad plena
sin pertenencia a un pueblo.

Por eso nadie se salva solo,
como individuo aislado,
sino que Dios nos atrae
tomando en cuenta
la compleja trama
de relaciones interpersonales
que se establecen
en la comunidad humana:

Dios quiso entrar
en una dinámica popular,
en la dinámica de un pueblo.


[3]
Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 9.
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