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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 137)»

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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 24)»

Notapor esoto » 03 May 2018 21:07

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Punto 24.
Ojalá puedas reconocer
cuál es esa palabra,
ese mensaje de Jesús
que Dios quiere decir
al mundo con tu vida.


Déjate transformar,
déjate renovar
por el Espíritu,
para que eso
sea posible,
y así tu preciosa misión
no se malogrará.

El Señor la cumplirá también
en medio de tus errores
y malos momentos,
con tal que no abandones
el camino del amor
y estés siempre abierto
a su acción sobrenatural
que purifica e ilumina.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 25)»

Notapor esoto » 04 May 2018 20:07

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LA ACTIVIDAD QUE SANTIFICA

Punto 25.
Como no puedes entender a Cristo
sin el reino que Él vino a traer,

tu propia misión es inseparable
de la construcción de ese reino:
«Buscad sobre todo
el reino de Dios
y su justicia»

(Mt6,33).

Tu identificación
con Cristo
y sus deseos,
implica el empeño
por construir, con Él,
ese reino de amor,
justicia y paz para todos.

Cristo mismo
quiere vivirlo contigo,
en todos los esfuerzos
o renuncias que implique,
y también en las alegrías
y en la fecundidad
que te ofrezca.

Por lo tanto,
no te santificarás
sin entregarte
en cuerpo y alma
para dar
lo mejor de ti
en ese empeño.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 26)»

Notapor esoto » 05 May 2018 11:45

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Punto 26.
No es sano
amar el silencio
y rehuir el encuentro
con el otro,

desear el descanso
y rechazar la actividad,
buscar la oración
y menospreciar
el servicio.

Todo puede ser
aceptado e integrado
como parte de
la propia existencia
en este mundo,
y se incorpora
en el camino
de santificación.

Somos llamados a vivir
la contemplación también
en medio de la acción,
y nos santificamos
en el ejercicio
responsable
y generoso
de la propia
misión.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 27)»

Notapor esoto » 06 May 2018 06:34

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Punto 27.
¿Acaso el Espíritu Santo
puede lanzarnos
a cumplir una misión

y al mismo tiempo
pedirnos que
escapemos de ella,
o que evitemos
entregarnos
totalmente
para preservar
la paz interior?

Sin embargo,
a veces
tenemos
la tentación
de relegar
la entrega pastoral
o el compromiso
en el mundo
a un lugar
secundario,
como si fueran
«distracciones»
en el camino de
la santificación y
de la paz interior.

Se olvida que
«no es que
la vida tenga
una misión,
sino que
es misión»[27].



[27]
Xavier Zubiri,
Naturaleza, historia, Dios,
Madrid 19993, 427.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 28)»

Notapor esoto » 07 May 2018 07:40

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Punto 28.
Una tarea movida
por la ansiedad,
el orgullo,
la necesidad
de aparecer y
de dominar,
ciertamente
no será
santificadora.


El desafío es vivir
la propia entrega
de tal manera que
los esfuerzos tengan
un sentido evangélico
y nos identifiquen
más y más con Jesucristo.

De ahí que
suela hablarse,
por ejemplo,
de una espiritualidad
del catequista,
de una espiritualidad
del clero diocesano,
de una espiritualidad
del trabajo.

Por la misma razón,
en Evangelii gaudium
quise concluir con
una espiritualidad
de la misión
,
en Laudato si’ con
una espiritualidad
ecológica

y en Amoris laetitia con
una espiritualidad de
la vida familiar.

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Re: «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 2

Notapor FELISA PISABARRO » 07 May 2018 10:08

esoto escribió:Imagen

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

"SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL"

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CAPÍTULO PRIMERO:
EL LLAMADO A LA SANTIDAD

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LA ACTIVIDAD QUE SANTIFICA

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Punto 28.
Una tarea movida
por la ansiedad,
el orgullo,
la necesidad
de aparecer y
de dominar,
ciertamente
no será
santificadora.


El desafío es vivir
la propia entrega
de tal manera que
los esfuerzos tengan
un sentido evangélico
y nos identifiquen
más y más con Jesucristo.

De ahí que
suela hablarse,
por ejemplo,
de una espiritualidad
del catequista,
de una espiritualidad
del clero diocesano,
de una espiritualidad
del trabajo.

Por la misma razón,
en Evangelii gaudium
quise concluir con
una espiritualidad
de la misión
,
en Laudato si’ con
una espiritualidad
ecológica

y en Amoris laetitia con
una espiritualidad de
la vida familiar.


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-------------------------------------------------------------
Punto 1.
«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12),

dice Jesús a los que son
perseguidos o humillados
por su causa.

El Señor lo pide todo,
y lo que ofrece es
la verdadera vida,
la felicidad para
la cual fuimos creados.

Él nos quiere santos
y no espera que
nos conformemos
con una existencia
mediocre,
aguada,
licuada.

En realidad, desde
las primeras páginas
de la Biblia está presente,
de diversas maneras,
el llamado a la santidad.

Así se lo proponía
el Señor a Abraham:

«Camina en mi presencia
y sé perfecto»
(Gn 17,1).

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Punto 2.
No es de esperar aquí
un tratado sobre
la santidad,

con tantas definiciones
y distinciones
que podrían enriquecer
este importante tema,
o con análisis que
podrían hacerse
acerca de los medios
de santificación.

Mi humilde objetivo
es hacer resonar
una vez más
el llamado
a la santidad,
procurando
encarnarlo
en el contexto actual,
con sus riesgos,
desafíos y
oportunidades.

Porque a cada uno de nosotros
el Señor nos eligió
«para que fuésemos santos
e irreprochables ante él
por el amor»
(Ef 1,4).

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CAPÍTULO PRIMERO:
EL LLAMADO A LA SANTIDAD

LOS SANTOS
QUE NOS ALIENTAN
Y ACOMPAÑAN

Punto 3.
En la carta a los Hebreos
se mencionan distintos testimonios
que nos animan a que «corramos,
con constancia, en la carrera
que nos toca»
(12,1).

Allí se habla de Abraham, de Sara,
de Moisés, de Gedeón y de varios más
(cf. 11,1-12,3) y sobre todo
se nos invita a reconocer
que tenemos «una nube
tan ingente de testigos» (12,1)
que nos alientan a no
detenernos en el camino,
nos estimulan a seguir
caminando hacia la meta.

Y entre ellos puede estar
nuestra propia madre,
una abuela u otras
personas cercanas
(cf. 2 Tm 1,5).

Quizá su vida
no fue siempre
perfecta,
pero aun en medio
de imperfecciones y caídas
siguieron adelante
y agradaron al Señor.

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Punto 4.
Los santos que ya han llegado
a la presencia de Dios
mantienen con nosotros
lazos de amor y comunión.


Lo atestigua
el libro del Apocalipsis
cuando habla de
los mártires
que interceden:

«Vi debajo del altar
las almas de los degollados
por causa de la Palabra de Dios
y del testimonio que mantenían.

Y gritaban con voz potente:

“¿Hasta cuándo,
Dueño santo y veraz,
vas a estar
sin hacer justicia?”»

(6,9-10).

Podemos decir que
«estamos rodeados,
guiados y conducidos
por los amigos de Dios […]

No tengo que llevar
yo solo lo que, en realidad,
nunca podría soportar yo solo.

La muchedumbre de
los santos de Dios
me protege,
me sostiene y
me conduce» [1].


[1]
Benedicto XVI,
Homilía en el solemne
inicio del ministerio petrino

(24 abril 2005):
AAS 97 (2005), 708.

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Punto 5.
En los procesos de beatificación y canonización

se tienen en cuenta los signos de heroicidad
en el ejercicio de las virtudes,
la entrega de la vida en el martirio
y también los casos en que se haya verificado
un ofrecimiento de la propia vida por los demás,
sostenido hasta la muerte.

Esa ofrenda expresa
una imitación
ejemplar de Cristo,
y es digna de
la admiración
de los fieles[2].

Recordemos, por ejemplo,
a la beata María Gabriela Sagheddu,
que ofreció su vida por
la unión de los cristianos.


[2]
Supone de todos modos
que haya fama de santidad y un ejercicio,
al menos en grado ordinario,
de las virtudes cristianas:
cf. Motu proprio
Maiorem hac dilectionem (11 julio 2017),
art. 2c: L’Osservatore Romano (12 julio 2017), p. 8.

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LOS SANTOS
DE LA PUERTA
DE AL LADO

Punto 6.
No pensemos solo
en los ya beatificados
o canonizados.


El Espíritu Santo
derrama santidad
por todas partes,
en el santo pueblo
fiel de Dios,
porque «fue
voluntad de Dios
el santificar y salvar
a los hombres,
no aisladamente,
sin conexión alguna
de unos con otros,
sino constituyendo un pueblo,
que le confesara en verdad
y le sirviera santamente»[3].


El Señor,
en la historia
de la salvación,
ha salvado
a un pueblo.

No existe identidad plena
sin pertenencia a un pueblo.

Por eso nadie se salva solo,
como individuo aislado,
sino que Dios nos atrae
tomando en cuenta
la compleja trama
de relaciones interpersonales
que se establecen
en la comunidad humana:

Dios quiso entrar
en una dinámica popular,
en la dinámica de un pueblo.


[3]
Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 9.

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Punto 7.
Me gusta ver la santidad
en el pueblo de Dios
paciente:


A los padres que crían
con tanto amor a sus hijos,
en esos hombres y mujeres
que trabajan para llevar
el pan a su casa,
en los enfermos,
en las religiosas ancianas
que siguen sonriendo.

En esta constancia para
seguir adelante día a día,
veo la santidad de
la Iglesia militante.

Esa es muchas veces la santidad
«de la puerta de al lado»,
de aquellos que viven
cerca de nosotros
y son un reflejo de
la presencia de Dios,
o, para usar otra expresión,
«la clase media
de la santidad»[4].



[4]
Cf. Joseph Malègue,
Pierres noires.
Les classes moyennes
du Salut,
París 1958.

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Punto 8.
Dejémonos estimular
por los signos de santidad
que el Señor nos presenta

a través de los más
humildes miembros
de ese pueblo que
«participa también
de la función profética de Cristo,
difundiendo su testimonio vivo
sobre todo con
la vida de fe
y caridad»[5].


Pensemos, como nos sugiere
santa Teresa Benedicta de la Cruz,
que a través de muchos de ellos
se construye la verdadera historia:

«En la noche más oscura
surgen los más grandes
profetas y los santos.

Sin embargo,
la corriente vivificante
de la vida mística
permanece invisible.

Seguramente,
los acontecimientos decisivos
de la historia del mundo
fueron esencialmente
influenciados por almas
sobre las cuales nada dicen
los libros de historia.

Y cuáles sean las almas
a las que hemos
de agradecer
los acontecimientos
decisivos de nuestra
vida personal,
es algo que solo sabremos
el día en que
todo lo oculto
será revelado»[6].



[5]
Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 12.

[6] Vida escondida
y epifanía,

en Obras Completas V,
Burgos 2007, 637.

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Punto 9.
La santidad es el rostro
más bello de la Iglesia.


Pero aun fuera
de la Iglesia Católica
y en ámbitos muy diferentes,
el Espíritu suscita
«signos de su presencia,
que ayudan a los mismos
discípulos de Cristo»[7].


Por otra parte,
san Juan Pablo II
nos recordó que
«el testimonio
ofrecido a Cristo
hasta el derramamiento
de la sangre
se ha hecho
patrimonio común
de católicos,
ortodoxos,
anglicanos
y protestantes»[8].


En la hermosa
conmemoración
ecuménica que
él quiso celebrar
en el Coliseo,
durante el
Jubileo del año 2000,
sostuvo que los mártires
son «una herencia que
habla con una voz más fuerte
que la de los factores
de división»[9].



[7]
S. Juan Pablo II, Carta ap.
Novo millennio ineunte
(6 enero 2001), 56:
AAS 93 (2001), 307.

[8] Carta ap.
[i]Tertio millennio adveniente

(10 noviembre 1994), 37:
AAS 87 (1995), 29.

[9] Homilía en
la Conmemoración ecuménica
de los testigos de la fe
del siglo XX

(7 mayo 2000), 5:
AAS 92 (2000), 680-681.

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EL SEÑOR LLAMA

Punto 10.
Todo esto es
importante.

Sin embargo, lo que
quisiera recordar
con esta Exhortación
es sobre todo
el llamado a
la santidad

que el Señor hace
a cada uno de nosotros,
ese llamado que
te dirige también a ti:

«Sed santos,
porque yo soy santo»

(Lv 11,45; cf. 1 P 1,16).

El Concilio Vaticano II
lo destacó con fuerza:

«Todos los fieles, cristianos,
de cualquier condición y estado,
fortalecidos con tantos
y tan poderosos
medios de salvación,
son llamados por el Señor,
cada uno por su camino,
a la perfección de
aquella santidad
con la que es perfecto
el mismo Padre»[10].



[10]
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 11.

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Punto 11.
«Cada uno por su camino»
dice el Concilio.


Entonces, no se trata
de desalentarse
cuando uno contempla
modelos de santidad
que le parecen
inalcanzables.

Hay testimonios
que son útiles
para estimularnos
y motivarnos,
pero no para que
tratemos de copiarlos,
porque eso
hasta podría
alejarnos
del camino
único y diferente
que el Señor
tiene para
nosotros.

Lo que interesa es
que cada creyente
discierna su propio camino
y saque a la luz
lo mejor de sí,
aquello tan personal
que Dios ha puesto en él
(cf. 1 Co 12, 7),
y no que se desgaste
intentando imitar algo
que no ha sido
pensado para él.

Todos estamos
llamados a ser testigos,
pero «existen
muchas formas
existenciales de
testimonio»[11].


De hecho, cuando
el gran místico
san Juan de la Cruz
escribía su
Cántico Espiritual,
prefería evitar
reglas fijas para todos
y explicaba que
sus versos
estaban escritos
para que cada uno
los aproveche
«según
su modo»[12].


Porque la vida divina
se comunica
«a unos en
una manera
y a otros
en otra»[13].



[11]
Hans U. von Balthasar,
“Teología y santidad”,
en Communio 6 (1987), 489.

[12] Cántico
Espiritual B,

Prólogo, 2.

[13] Cántico
Espiritual,
XIV-XV, 2.

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Punto 12.
Dentro de las formas variadas,
quiero destacar que
el «genio femenino»

también se manifiesta
en estilos femeninos
de santidad,
indispensables para
reflejar la santidad de Dios
en este mundo.

Precisamente,
aun en épocas
en que las mujeres
fueron más relegadas,
el Espíritu Santo
suscitó santas
cuya fascinación
provocó nuevos
dinamismos espirituales
e importantes reformas
en la Iglesia.

Podemos mencionar a
santa Hildegarda de Bingen,
santa Brígida,
santa Catalina de Siena,
santa Teresa de Ávila
o santa Teresa de Lisieux.


Pero me interesa recordar
a tantas mujeres
desconocidas u
olvidadas quienes,
cada una a su modo,
han sostenido
y transformado
familias y
comunidades
con la potencia de
su testimonio.

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Punto 13.
Esto debería
entusiasmar
y alentar
a cada uno
para darlo todo,

para crecer hacia
ese proyecto único
e irrepetible que
Dios ha querido
para él desde
toda la eternidad:

«Antes de formarte
en el vientre, te elegí;
antes de que salieras
del seno materno,
te consagré»

(Jr 1,5).

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TAMBIÉN PARA TI

Punto 14.
Para ser santos
no es necesario
ser obispos,
sacerdotes,
religiosas o
religiosos.


Muchas veces
tenemos
la tentación
de pensar que
la santidad
está reservada
solo a quienes
tienen la posibilidad
de tomar distancia
de las ocupaciones
ordinarias,
para dedicar
mucho tiempo
a la oración.

No es así.

Todos estamos
llamados a ser santos

viviendo con amor
y ofreciendo
el propio testimonio
en las ocupaciones
de cada día,
allí donde
cada uno
se encuentra.

¿Eres consagrada
o consagrado?

Sé santo

viviendo
con alegría
tu entrega.

¿Estás casado?

Sé santo

amando
y ocupándote
de tu marido
o de tu esposa,
como Cristo
lo hizo con
la Iglesia.

¿Eres un trabajador?

Sé santo

cumpliendo con honradez
y competencia tu trabajo
al servicio de los hermanos.

¿Eres padre,
abuela o
abuelo?

Sé santo

enseñando
con paciencia
a los niños a
seguir a Jesús.

¿Tienes autoridad?

Sé santo

luchando por
el bien común
y renunciando
a tus intereses
personales[14].


[14]
Cf. Catequesis
(19 noviembre 2014):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(21 noviembre 2014), p. 16.

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Punto 15.
Deja que la gracia
de tu Bautismo
fructifique en
un camino
de santidad.


Deja que todo
esté abierto a Dios
y para ello
opta por Él,
elige a Dios
una y otra vez.

No te desalientes,
porque tienes
la fuerza del
Espíritu Santo
para que
sea posible,
y la santidad,
en el fondo,
es el fruto
del Espíritu Santo
en tu vida
(cf. Ga 5,22-23).

Cuando sientas
la tentación
de enredarte
en tu debilidad,
levanta los ojos
al Crucificado
y dile:

«Señor,
yo soy
un pobrecillo,
pero Tú puedes
realizar el milagro
de hacerme
un poco mejor».


En la Iglesia, santa
y compuesta
de pecadores,
encontrarás todo
lo que necesitas
para crecer
hacia la santidad.

El Señor
la ha llenado
de dones
con la Palabra,
los Sacramentos,
los Santuarios,
la Vida de
las comunidades,
el Testimonio de
sus santos,
y una múltiple
belleza
que procede
del amor
del Señor,
«como novia
que se adorna
con sus joyas»

(Is 61,10).

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Punto 16.
Esta santidad
a la que el Señor
te llama
irá creciendo
con pequeños
gestos.


Por ejemplo:

Una señora
va al mercado
a hacer
las compras,
encuentra
a una vecina
y comienza
a hablar,
y vienen
las críticas.

Pero esta mujer
dice en su interior:

«No, no hablaré
mal de nadie».

Este es un paso
en la santidad.


Luego, en casa,
su hijo le pide
conversar
acerca de
sus fantasías,
y aunque esté
cansada se sienta
a su lado y escucha
con paciencia y afecto.

Esa es otra ofrenda
que santifica.


Luego vive
un momento
de angustia,
pero recuerda
el amor de
la Virgen María,
toma el rosario
y reza con fe.

Ese es otro
camino de
santidad.


Luego va por la calle,
encuentra a un pobre
y se detiene a conversar
con él con cariño.

Ese es otro paso.

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Punto 17.
A veces la vida presenta
desafíos mayores
y a través de ellos
el Señor nos invita
a nuevas conversiones

que permiten que su gracia
se manifieste mejor
en nuestra existencia
«para que participemos
de su santidad»
(Hb 12,10).

Otras veces solo se trata
de encontrar una forma
más perfecta de vivir
lo que ya hacemos:

«Hay inspiraciones
que tienden solamente
a una extraordinaria perfección
de los ejercicios ordinarios
de la vida»[15].


Cuando el Cardenal
Francisco Javier
Nguyên van Thuânestaba

en la cárcel, renunció
a desgastarse
esperando
su liberación.

Su opción fue «vivir
el momento presente
colmándolo de amor»;

y el modo como se
concretaba esto era:

«Aprovecho las ocasiones
que se presentan cada día
para realizar acciones ordinarias
de manera extraordinaria»[16].


[15]
S. Francisco de Sales,
Tratado del amor a Dios, VIII, 11.

[16][/b] Cinco panes y dos peces:
un gozoso testimonio de fe
desde el sufrimiento en la cárcel,

México 19999, 21.

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Punto 18.
Así, bajo el impulso
de la gracia divina,
con muchos gestos
vamos construyendo
esa figura de santidad
que Dios quería,

pero no como seres
autosuficientes sino
«como buenos
administradores
de la multiforme
gracia de Dios»

(1 P 4,10).

Bien nos enseñaron
los Obispos de
Nueva Zelanda
que es posible amar
con el amor
incondicional
del Señor, porque
el Resucitado
comparte su vida poderosa
con nuestras frágiles vidas:

«Su amor
no tiene límites
y una vez dado
nunca se echó atrás.

Fue incondicional
y permaneció fiel.

Amar así no es fácil
porque muchas veces
somos tan débiles.

Pero precisamente
para tratar de amar
como Cristo nos amó,
Cristo comparte
su propia
vida resucitada
con nosotros.

De esta manera,
nuestras vidas
demuestran
su poder en acción,
incluso en medio
de la debilidad
humana»[17].



[17]
Conferencia de Obispos católicos
de Nueva Zelanda, Healing love
(1 enero 1988).

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TU MISIÓN EN CRISTO

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Punto 19.
Para un cristiano
no es posible pensar

en la propia
misión en la tierra
sin concebirla como
un camino de santidad,
porque «esta es
la voluntad de Dios:
Vuestra santificación»

(1 Ts 4,3).

Cada santo es una misión;
es un proyecto del Padre
para reflejar y encarnar,
en un momento
determinado de
la historia,
un aspecto
del Evangelio.

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Punto 20.
Esa misión tiene
su sentido pleno en Cristo
y solo se entiende desde Él.


En el fondo la santidad
es vivir en unión con Él
los misterios de su vida.

Consiste en asociarse
a la muerte y
resurrección del Señor
de una manera
única y personal,
en morir y resucitar
constantemente con Él.

Pero también puede
implicar reproducir
en la propia existencia
distintos aspectos de
la vida terrena de Jesús:

Su vida oculta,
su vida comunitaria,
su cercanía a los últimos,
su pobreza y
otras manifestaciones
de su entrega por amor.

La contemplación de
estos misterios,
como proponía
san Ignacio de Loyola,
nos orienta a hacerlos carne
en nuestras opciones
y actitudes[18].

Porque «todo
en la vida de Jesús
es signo de su misterio»[19],
«toda la vida de Cristo
es Revelación del Padre»[20],
«toda la vida de Cristo
es misterio de Redención»[21],
«toda la vida de Cristo
es misterio de Recapitulación»[22],
y «todo lo que Cristo vivió
hace que podamos vivirlo en Él
y que Él lo viva en nosotros»[23].



[18]
Cf. Ejercicios espirituales, 102-312.

[19] Catecismo de la Iglesia Católica, 515.

[20] Catecismo de la Iglesia Católica, 516.

[21] Catecismo de la Iglesia Católica, 517.

[22] Catecismo de la Iglesia Católica, 518.

[23] Catecismo de la Iglesia Católica, 521.

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Punto 21.
El designio del Padre
es Cristo, y nosotros en Él
.

En último término,
es Cristo amando en nosotros,
porque «la santidad
no es sino la caridad
plenamente vivida»[24].


Por lo tanto,
«la santidad se mide
por la estatura que Cristo
alcanza en nosotros,
por el grado como,
con la fuerza
del Espíritu Santo,
modelamos toda
nuestra vida
según la suya»[25].


Así, cada santo
es un mensaje que
el Espíritu Santo
toma de la riqueza
de Jesucristo y
regala a su pueblo.


[24-25]
Benedicto XVI,
Catequesis (13 abril 2011):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(17 abril 2011), p. 11.

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Punto 22.
Para reconocer cuál es
esa palabra que el Señor
quiere decir
a través de
un santo,

no conviene
entretenerse
en los detalles,
porque allí también
puede haber
errores y caídas.

No todo lo que dice un santo
es plenamente fiel al Evangelio,
no todo lo que hace
es auténtico o perfecto.

Lo que hay que contemplar
es el conjunto de su vida,
su camino entero
de santificación,
esa figura que refleja
algo de Jesucristo
y que resulta
cuando uno logra
componer el sentido
de la totalidad de
su persona[26].


[26]
Cf. Hans U. von Balthasar,
“Teología y santidad”,
en Communio 6 (1987), 486-493.

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Punto 23.
Esto es un fuerte
llamado de atención
para todos nosotros.


Tú también necesitas
concebir la totalidad
de tu vida como
una misión.

Inténtalo escuchando
a Dios en la oración
y reconociendo
los signos que
Él te da.

Pregúntale siempre al Espíritu
qué espera Jesús de ti
en cada momento de
tu existencia y
en cada opción
que debas tomar,
para discernir
el lugar que eso ocupa
en tu propia misión.

Y permítele que forje en ti
ese misterio personal
que refleje a Jesucristo
en el mundo de hoy.

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Punto 24.
Ojalá puedas reconocer
cuál es esa palabra,
ese mensaje de Jesús
que Dios quiere decir
al mundo con tu vida.


Déjate transformar,
déjate renovar
por el Espíritu,
para que eso
sea posible,
y así tu preciosa misión
no se malogrará.

El Señor la cumplirá también
en medio de tus errores
y malos momentos,
con tal que no abandones
el camino del amor
y estés siempre abierto
a su acción sobrenatural
que purifica e ilumina.

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LA ACTIVIDAD QUE SANTIFICA

Punto 25.
Como no puedes entender a Cristo
sin el reino que Él vino a traer,

tu propia misión es inseparable
de la construcción de ese reino:
«Buscad sobre todo
el reino de Dios
y su justicia»

(Mt6,33).

Tu identificación
con Cristo
y sus deseos,
implica el empeño
por construir, con Él,
ese reino de amor,
justicia y paz para todos.

Cristo mismo
quiere vivirlo contigo,
en todos los esfuerzos
o renuncias que implique,
y también en las alegrías
y en la fecundidad
que te ofrezca.

Por lo tanto,
no te santificarás
sin entregarte
en cuerpo y alma
para dar
lo mejor de ti
en ese empeño.

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Punto 26.
No es sano
amar el silencio
y rehuir el encuentro
con el otro,

desear el descanso
y rechazar la actividad,
buscar la oración
y menospreciar
el servicio.

Todo puede ser
aceptado e integrado
como parte de
la propia existencia
en este mundo,
y se incorpora
en el camino
de santificación.

Somos llamados a vivir
la contemplación también
en medio de la acción,
y nos santificamos
en el ejercicio
responsable
y generoso
de la propia
misión.

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Punto 27.
¿Acaso el Espíritu Santo
puede lanzarnos
a cumplir una misión

y al mismo tiempo
pedirnos que
escapemos de ella,
o que evitemos
entregarnos
totalmente
para preservar
la paz interior?

Sin embargo,
a veces
tenemos
la tentación
de relegar
la entrega pastoral
o el compromiso
en el mundo
a un lugar
secundario,
como si fueran
«distracciones»
en el camino de
la santificación y
de la paz interior.

Se olvida que
«no es que
la vida tenga
una misión,
sino que
es misión»[27].



[27]
Xavier Zubiri,
Naturaleza, historia, Dios,
Madrid 19993, 427.

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Punto 28.
Una tarea movida
por la ansiedad,
el orgullo,
la necesidad
de aparecer y
de dominar,
ciertamente
no será
santificadora.


El desafío es vivir
la propia entrega
de tal manera que
los esfuerzos tengan
un sentido evangélico
y nos identifiquen
más y más con Jesucristo.

De ahí que
suela hablarse,
por ejemplo,
de una espiritualidad
del catequista,
de una espiritualidad
del clero diocesano,
de una espiritualidad
del trabajo.

Por la misma razón,
en Evangelii gaudium
quise concluir con
una espiritualidad
de la misión
,
en Laudato si’ con
una espiritualidad
ecológica

y en Amoris laetitia con
una espiritualidad de
la vida familiar.


Imagen

--------------------------------------------------------------------------------
Para ver el texto completo, pulsar en:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html


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Recreando tu obra.....
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FELISA PISABARRO
 
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Re: «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 2

Notapor esoto » 08 May 2018 08:36

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Punto 29.
Esto no implica
despreciar
los momentos
de quietud,
soledad y
silencio
ante Dios.


Al contrario.

Porque las constantes novedades
de los recursos tecnológicos,
el atractivo de los viajes,
las innumerables ofertas
para el consumo,
a veces no dejan
espacios vacíos
donde resuene
la voz de Dios.

Todo se llena
de palabras,
de disfrutes
epidérmicos
y de ruidos con
una velocidad
siempre mayor.

Allí no reina la alegría
sino la insatisfacción
de quien no sabe
para qué vive.

¿Cómo no reconocer entonces
que necesitamos detener
esa carrera frenética
para recuperar
un espacio personal,
a veces doloroso
pero siempre fecundo,
donde se entabla
el diálogo sincero
con Dios?

En algún momento tendremos que
percibir de frente la propia verdad,
para dejarla invadir por el Señor,
y no siempre se logra esto si uno
«no se ve al borde del abismo
de la tentación más agobiante,
si no siente el vértigo del precipicio
del más desesperado abandono,
si no se encuentra absolutamente solo,
en la cima de la soledad
más radical»[28].


Así encontramos
las grandes
motivaciones
que nos impulsan
a vivir a fondo
las propias tareas.


[28]
Carlo M. Martini,
Las confesiones de Pedro,
Estella 1994, 76.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 30)»

Notapor esoto » 08 May 2018 21:06

Imagen

Punto 30.
Los mismos recursos
de distracción que
invaden la vida actual
nos llevan también
a absolutizar
el tiempo libre,

en el cual podemos
utilizar sin límites
esos dispositivos
que nos brindan
entretenimiento
o placeres
efímeros[29].

Como consecuencia,
es la propia misión
la que se resiente,
es el compromiso
el que se debilita,
es el servicio
generoso
y disponible
el que comienza
a retacearse.

Eso desnaturaliza
la experiencia espiritual.

¿Puede ser sano
un fervor espiritual
que conviva con
una acedia en
la acción
evangelizadora
o en el servicio
a los otros?


[29]
Es necesario distinguir
esta distracción superficial,
de una sana cultura del ocio,
que nos abre al otro y a la realidad
con un espíritu disponible
y contemplativo.
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«EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 31)»

Notapor esoto » 09 May 2018 07:20

Imagen

Punto 31.
Nos hace falta
un espíritu
de santidad
que impregne
tanto la soledad
como el servicio,

tanto la intimidad
como la tarea
evangelizadora,
de manera que
cada instante
sea expresión
de amor entregado
bajo la mirada
del Señor.

De este modo,
todos los momentos
serán escalones
en nuestro camino
de santificación.
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Re: «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: “GAUDETE ET EXSULTATE” (Punto 3

Notapor FELISA PISABARRO » 09 May 2018 09:41

esoto escribió:Imagen

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
«GAUDETE ET EXSULTATE»

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO

"SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL"

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CAPÍTULO PRIMERO:
EL LLAMADO A LA SANTIDAD

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LA ACTIVIDAD QUE SANTIFICA

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Punto 31.
Nos hace falta
un espíritu
de santidad
que impregne
tanto la soledad
como el servicio,

tanto la intimidad
como la tarea
evangelizadora,
de manera que
cada instante
sea expresión
de amor entregado
bajo la mirada
del Señor.

De este modo,
todos los momentos
serán escalones
en nuestro camino
de santificación.

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-------------------------------------------------------------
Punto 1.
«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12),

dice Jesús a los que son
perseguidos o humillados
por su causa.

El Señor lo pide todo,
y lo que ofrece es
la verdadera vida,
la felicidad para
la cual fuimos creados.

Él nos quiere santos
y no espera que
nos conformemos
con una existencia
mediocre,
aguada,
licuada.

En realidad, desde
las primeras páginas
de la Biblia está presente,
de diversas maneras,
el llamado a la santidad.

Así se lo proponía
el Señor a Abraham:

«Camina en mi presencia
y sé perfecto»
(Gn 17,1).

Imagen

Punto 2.
No es de esperar aquí
un tratado sobre
la santidad,

con tantas definiciones
y distinciones
que podrían enriquecer
este importante tema,
o con análisis que
podrían hacerse
acerca de los medios
de santificación.

Mi humilde objetivo
es hacer resonar
una vez más
el llamado
a la santidad,
procurando
encarnarlo
en el contexto actual,
con sus riesgos,
desafíos y
oportunidades.

Porque a cada uno de nosotros
el Señor nos eligió
«para que fuésemos santos
e irreprochables ante él
por el amor»
(Ef 1,4).

Imagen

CAPÍTULO PRIMERO:
EL LLAMADO A LA SANTIDAD

LOS SANTOS
QUE NOS ALIENTAN
Y ACOMPAÑAN

Punto 3.
En la carta a los Hebreos
se mencionan distintos testimonios
que nos animan a que «corramos,
con constancia, en la carrera
que nos toca»
(12,1).

Allí se habla de Abraham, de Sara,
de Moisés, de Gedeón y de varios más
(cf. 11,1-12,3) y sobre todo
se nos invita a reconocer
que tenemos «una nube
tan ingente de testigos» (12,1)
que nos alientan a no
detenernos en el camino,
nos estimulan a seguir
caminando hacia la meta.

Y entre ellos puede estar
nuestra propia madre,
una abuela u otras
personas cercanas
(cf. 2 Tm 1,5).

Quizá su vida
no fue siempre
perfecta,
pero aun en medio
de imperfecciones y caídas
siguieron adelante
y agradaron al Señor.

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Punto 4.
Los santos que ya han llegado
a la presencia de Dios
mantienen con nosotros
lazos de amor y comunión.


Lo atestigua
el libro del Apocalipsis
cuando habla de
los mártires
que interceden:

«Vi debajo del altar
las almas de los degollados
por causa de la Palabra de Dios
y del testimonio que mantenían.

Y gritaban con voz potente:

“¿Hasta cuándo,
Dueño santo y veraz,
vas a estar
sin hacer justicia?”»

(6,9-10).

Podemos decir que
«estamos rodeados,
guiados y conducidos
por los amigos de Dios […]

No tengo que llevar
yo solo lo que, en realidad,
nunca podría soportar yo solo.

La muchedumbre de
los santos de Dios
me protege,
me sostiene y
me conduce» [1].


[1]
Benedicto XVI,
Homilía en el solemne
inicio del ministerio petrino

(24 abril 2005):
AAS 97 (2005), 708.

Imagen

Punto 5.
En los procesos de beatificación y canonización

se tienen en cuenta los signos de heroicidad
en el ejercicio de las virtudes,
la entrega de la vida en el martirio
y también los casos en que se haya verificado
un ofrecimiento de la propia vida por los demás,
sostenido hasta la muerte.

Esa ofrenda expresa
una imitación
ejemplar de Cristo,
y es digna de
la admiración
de los fieles[2].

Recordemos, por ejemplo,
a la beata María Gabriela Sagheddu,
que ofreció su vida por
la unión de los cristianos.


[2]
Supone de todos modos
que haya fama de santidad y un ejercicio,
al menos en grado ordinario,
de las virtudes cristianas:
cf. Motu proprio
Maiorem hac dilectionem (11 julio 2017),
art. 2c: L’Osservatore Romano (12 julio 2017), p. 8.

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LOS SANTOS
DE LA PUERTA
DE AL LADO

Punto 6.
No pensemos solo
en los ya beatificados
o canonizados.


El Espíritu Santo
derrama santidad
por todas partes,
en el santo pueblo
fiel de Dios,
porque «fue
voluntad de Dios
el santificar y salvar
a los hombres,
no aisladamente,
sin conexión alguna
de unos con otros,
sino constituyendo un pueblo,
que le confesara en verdad
y le sirviera santamente»[3].


El Señor,
en la historia
de la salvación,
ha salvado
a un pueblo.

No existe identidad plena
sin pertenencia a un pueblo.

Por eso nadie se salva solo,
como individuo aislado,
sino que Dios nos atrae
tomando en cuenta
la compleja trama
de relaciones interpersonales
que se establecen
en la comunidad humana:

Dios quiso entrar
en una dinámica popular,
en la dinámica de un pueblo.


[3]
Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 9.

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Punto 7.
Me gusta ver la santidad
en el pueblo de Dios
paciente:


A los padres que crían
con tanto amor a sus hijos,
en esos hombres y mujeres
que trabajan para llevar
el pan a su casa,
en los enfermos,
en las religiosas ancianas
que siguen sonriendo.

En esta constancia para
seguir adelante día a día,
veo la santidad de
la Iglesia militante.

Esa es muchas veces la santidad
«de la puerta de al lado»,
de aquellos que viven
cerca de nosotros
y son un reflejo de
la presencia de Dios,
o, para usar otra expresión,
«la clase media
de la santidad»[4].



[4]
Cf. Joseph Malègue,
Pierres noires.
Les classes moyennes
du Salut,
París 1958.

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Punto 8.
Dejémonos estimular
por los signos de santidad
que el Señor nos presenta

a través de los más
humildes miembros
de ese pueblo que
«participa también
de la función profética de Cristo,
difundiendo su testimonio vivo
sobre todo con
la vida de fe
y caridad»[5].


Pensemos, como nos sugiere
santa Teresa Benedicta de la Cruz,
que a través de muchos de ellos
se construye la verdadera historia:

«En la noche más oscura
surgen los más grandes
profetas y los santos.

Sin embargo,
la corriente vivificante
de la vida mística
permanece invisible.

Seguramente,
los acontecimientos decisivos
de la historia del mundo
fueron esencialmente
influenciados por almas
sobre las cuales nada dicen
los libros de historia.

Y cuáles sean las almas
a las que hemos
de agradecer
los acontecimientos
decisivos de nuestra
vida personal,
es algo que solo sabremos
el día en que
todo lo oculto
será revelado»[6].



[5]
Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 12.

[6] Vida escondida
y epifanía,

en Obras Completas V,
Burgos 2007, 637.

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Punto 9.
La santidad es el rostro
más bello de la Iglesia.


Pero aun fuera
de la Iglesia Católica
y en ámbitos muy diferentes,
el Espíritu suscita
«signos de su presencia,
que ayudan a los mismos
discípulos de Cristo»[7].


Por otra parte,
san Juan Pablo II
nos recordó que
«el testimonio
ofrecido a Cristo
hasta el derramamiento
de la sangre
se ha hecho
patrimonio común
de católicos,
ortodoxos,
anglicanos
y protestantes»[8].


En la hermosa
conmemoración
ecuménica que
él quiso celebrar
en el Coliseo,
durante el
Jubileo del año 2000,
sostuvo que los mártires
son «una herencia que
habla con una voz más fuerte
que la de los factores
de división»[9].



[7]
S. Juan Pablo II, Carta ap.
Novo millennio ineunte
(6 enero 2001), 56:
AAS 93 (2001), 307.

[8] Carta ap.
[i]Tertio millennio adveniente

(10 noviembre 1994), 37:
AAS 87 (1995), 29.

[9] Homilía en
la Conmemoración ecuménica
de los testigos de la fe
del siglo XX

(7 mayo 2000), 5:
AAS 92 (2000), 680-681.

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EL SEÑOR LLAMA

Punto 10.
Todo esto es
importante.

Sin embargo, lo que
quisiera recordar
con esta Exhortación
es sobre todo
el llamado a
la santidad

que el Señor hace
a cada uno de nosotros,
ese llamado que
te dirige también a ti:

«Sed santos,
porque yo soy santo»

(Lv 11,45; cf. 1 P 1,16).

El Concilio Vaticano II
lo destacó con fuerza:

«Todos los fieles, cristianos,
de cualquier condición y estado,
fortalecidos con tantos
y tan poderosos
medios de salvación,
son llamados por el Señor,
cada uno por su camino,
a la perfección de
aquella santidad
con la que es perfecto
el mismo Padre»[10].



[10]
Const. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 11.

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Punto 11.
«Cada uno por su camino»
dice el Concilio.


Entonces, no se trata
de desalentarse
cuando uno contempla
modelos de santidad
que le parecen
inalcanzables.

Hay testimonios
que son útiles
para estimularnos
y motivarnos,
pero no para que
tratemos de copiarlos,
porque eso
hasta podría
alejarnos
del camino
único y diferente
que el Señor
tiene para
nosotros.

Lo que interesa es
que cada creyente
discierna su propio camino
y saque a la luz
lo mejor de sí,
aquello tan personal
que Dios ha puesto en él
(cf. 1 Co 12, 7),
y no que se desgaste
intentando imitar algo
que no ha sido
pensado para él.

Todos estamos
llamados a ser testigos,
pero «existen
muchas formas
existenciales de
testimonio»[11].


De hecho, cuando
el gran místico
san Juan de la Cruz
escribía su
Cántico Espiritual,
prefería evitar
reglas fijas para todos
y explicaba que
sus versos
estaban escritos
para que cada uno
los aproveche
«según
su modo»[12].


Porque la vida divina
se comunica
«a unos en
una manera
y a otros
en otra»[13].



[11]
Hans U. von Balthasar,
“Teología y santidad”,
en Communio 6 (1987), 489.

[12] Cántico
Espiritual B,

Prólogo, 2.

[13] Cántico
Espiritual,
XIV-XV, 2.

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Punto 12.
Dentro de las formas variadas,
quiero destacar que
el «genio femenino»

también se manifiesta
en estilos femeninos
de santidad,
indispensables para
reflejar la santidad de Dios
en este mundo.

Precisamente,
aun en épocas
en que las mujeres
fueron más relegadas,
el Espíritu Santo
suscitó santas
cuya fascinación
provocó nuevos
dinamismos espirituales
e importantes reformas
en la Iglesia.

Podemos mencionar a
santa Hildegarda de Bingen,
santa Brígida,
santa Catalina de Siena,
santa Teresa de Ávila
o santa Teresa de Lisieux.


Pero me interesa recordar
a tantas mujeres
desconocidas u
olvidadas quienes,
cada una a su modo,
han sostenido
y transformado
familias y
comunidades
con la potencia de
su testimonio.

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Punto 13.
Esto debería
entusiasmar
y alentar
a cada uno
para darlo todo,

para crecer hacia
ese proyecto único
e irrepetible que
Dios ha querido
para él desde
toda la eternidad:

«Antes de formarte
en el vientre, te elegí;
antes de que salieras
del seno materno,
te consagré»

(Jr 1,5).

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TAMBIÉN PARA TI

Punto 14.
Para ser santos
no es necesario
ser obispos,
sacerdotes,
religiosas o
religiosos.


Muchas veces
tenemos
la tentación
de pensar que
la santidad
está reservada
solo a quienes
tienen la posibilidad
de tomar distancia
de las ocupaciones
ordinarias,
para dedicar
mucho tiempo
a la oración.

No es así.

Todos estamos
llamados a ser santos

viviendo con amor
y ofreciendo
el propio testimonio
en las ocupaciones
de cada día,
allí donde
cada uno
se encuentra.

¿Eres consagrada
o consagrado?

Sé santo

viviendo
con alegría
tu entrega.

¿Estás casado?

Sé santo

amando
y ocupándote
de tu marido
o de tu esposa,
como Cristo
lo hizo con
la Iglesia.

¿Eres un trabajador?

Sé santo

cumpliendo con honradez
y competencia tu trabajo
al servicio de los hermanos.

¿Eres padre,
abuela o
abuelo?

Sé santo

enseñando
con paciencia
a los niños a
seguir a Jesús.

¿Tienes autoridad?

Sé santo

luchando por
el bien común
y renunciando
a tus intereses
personales[14].


[14]
Cf. Catequesis
(19 noviembre 2014):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(21 noviembre 2014), p. 16.

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Punto 15.
Deja que la gracia
de tu Bautismo
fructifique en
un camino
de santidad.


Deja que todo
esté abierto a Dios
y para ello
opta por Él,
elige a Dios
una y otra vez.

No te desalientes,
porque tienes
la fuerza del
Espíritu Santo
para que
sea posible,
y la santidad,
en el fondo,
es el fruto
del Espíritu Santo
en tu vida
(cf. Ga 5,22-23).

Cuando sientas
la tentación
de enredarte
en tu debilidad,
levanta los ojos
al Crucificado
y dile:

«Señor,
yo soy
un pobrecillo,
pero Tú puedes
realizar el milagro
de hacerme
un poco mejor».


En la Iglesia, santa
y compuesta
de pecadores,
encontrarás todo
lo que necesitas
para crecer
hacia la santidad.

El Señor
la ha llenado
de dones
con la Palabra,
los Sacramentos,
los Santuarios,
la Vida de
las comunidades,
el Testimonio de
sus santos,
y una múltiple
belleza
que procede
del amor
del Señor,
«como novia
que se adorna
con sus joyas»

(Is 61,10).

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Punto 16.
Esta santidad
a la que el Señor
te llama
irá creciendo
con pequeños
gestos.


Por ejemplo:

Una señora
va al mercado
a hacer
las compras,
encuentra
a una vecina
y comienza
a hablar,
y vienen
las críticas.

Pero esta mujer
dice en su interior:

«No, no hablaré
mal de nadie».

Este es un paso
en la santidad.


Luego, en casa,
su hijo le pide
conversar
acerca de
sus fantasías,
y aunque esté
cansada se sienta
a su lado y escucha
con paciencia y afecto.

Esa es otra ofrenda
que santifica.


Luego vive
un momento
de angustia,
pero recuerda
el amor de
la Virgen María,
toma el rosario
y reza con fe.

Ese es otro
camino de
santidad.


Luego va por la calle,
encuentra a un pobre
y se detiene a conversar
con él con cariño.

Ese es otro paso.

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Punto 17.
A veces la vida presenta
desafíos mayores
y a través de ellos
el Señor nos invita
a nuevas conversiones

que permiten que su gracia
se manifieste mejor
en nuestra existencia
«para que participemos
de su santidad»
(Hb 12,10).

Otras veces solo se trata
de encontrar una forma
más perfecta de vivir
lo que ya hacemos:

«Hay inspiraciones
que tienden solamente
a una extraordinaria perfección
de los ejercicios ordinarios
de la vida»[15].


Cuando el Cardenal
Francisco Javier
Nguyên van Thuânestaba

en la cárcel, renunció
a desgastarse
esperando
su liberación.

Su opción fue «vivir
el momento presente
colmándolo de amor»;

y el modo como se
concretaba esto era:

«Aprovecho las ocasiones
que se presentan cada día
para realizar acciones ordinarias
de manera extraordinaria»[16].


[15]
S. Francisco de Sales,
Tratado del amor a Dios, VIII, 11.

[16][/b] Cinco panes y dos peces:
un gozoso testimonio de fe
desde el sufrimiento en la cárcel,

México 19999, 21.

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Punto 18.
Así, bajo el impulso
de la gracia divina,
con muchos gestos
vamos construyendo
esa figura de santidad
que Dios quería,

pero no como seres
autosuficientes sino
«como buenos
administradores
de la multiforme
gracia de Dios»

(1 P 4,10).

Bien nos enseñaron
los Obispos de
Nueva Zelanda
que es posible amar
con el amor
incondicional
del Señor, porque
el Resucitado
comparte su vida poderosa
con nuestras frágiles vidas:

«Su amor
no tiene límites
y una vez dado
nunca se echó atrás.

Fue incondicional
y permaneció fiel.

Amar así no es fácil
porque muchas veces
somos tan débiles.

Pero precisamente
para tratar de amar
como Cristo nos amó,
Cristo comparte
su propia
vida resucitada
con nosotros.

De esta manera,
nuestras vidas
demuestran
su poder en acción,
incluso en medio
de la debilidad
humana»[17].



[17]
Conferencia de Obispos católicos
de Nueva Zelanda, Healing love
(1 enero 1988).

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TU MISIÓN EN CRISTO

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Punto 19.
Para un cristiano
no es posible pensar

en la propia
misión en la tierra
sin concebirla como
un camino de santidad,
porque «esta es
la voluntad de Dios:
Vuestra santificación»

(1 Ts 4,3).

Cada santo es una misión;
es un proyecto del Padre
para reflejar y encarnar,
en un momento
determinado de
la historia,
un aspecto
del Evangelio.

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Punto 20.
Esa misión tiene
su sentido pleno en Cristo
y solo se entiende desde Él.


En el fondo la santidad
es vivir en unión con Él
los misterios de su vida.

Consiste en asociarse
a la muerte y
resurrección del Señor
de una manera
única y personal,
en morir y resucitar
constantemente con Él.

Pero también puede
implicar reproducir
en la propia existencia
distintos aspectos de
la vida terrena de Jesús:

Su vida oculta,
su vida comunitaria,
su cercanía a los últimos,
su pobreza y
otras manifestaciones
de su entrega por amor.

La contemplación de
estos misterios,
como proponía
san Ignacio de Loyola,
nos orienta a hacerlos carne
en nuestras opciones
y actitudes[18].

Porque «todo
en la vida de Jesús
es signo de su misterio»[19],
«toda la vida de Cristo
es Revelación del Padre»[20],
«toda la vida de Cristo
es misterio de Redención»[21],
«toda la vida de Cristo
es misterio de Recapitulación»[22],
y «todo lo que Cristo vivió
hace que podamos vivirlo en Él
y que Él lo viva en nosotros»[23].



[18]
Cf. Ejercicios espirituales, 102-312.

[19] Catecismo de la Iglesia Católica, 515.

[20] Catecismo de la Iglesia Católica, 516.

[21] Catecismo de la Iglesia Católica, 517.

[22] Catecismo de la Iglesia Católica, 518.

[23] Catecismo de la Iglesia Católica, 521.

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Punto 21.
El designio del Padre
es Cristo, y nosotros en Él
.

En último término,
es Cristo amando en nosotros,
porque «la santidad
no es sino la caridad
plenamente vivida»[24].


Por lo tanto,
«la santidad se mide
por la estatura que Cristo
alcanza en nosotros,
por el grado como,
con la fuerza
del Espíritu Santo,
modelamos toda
nuestra vida
según la suya»[25].


Así, cada santo
es un mensaje que
el Espíritu Santo
toma de la riqueza
de Jesucristo y
regala a su pueblo.


[24-25]
Benedicto XVI,
Catequesis (13 abril 2011):
L’Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española
(17 abril 2011), p. 11.

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Punto 22.
Para reconocer cuál es
esa palabra que el Señor
quiere decir
a través de
un santo,

no conviene
entretenerse
en los detalles,
porque allí también
puede haber
errores y caídas.

No todo lo que dice un santo
es plenamente fiel al Evangelio,
no todo lo que hace
es auténtico o perfecto.

Lo que hay que contemplar
es el conjunto de su vida,
su camino entero
de santificación,
esa figura que refleja
algo de Jesucristo
y que resulta
cuando uno logra
componer el sentido
de la totalidad de
su persona[26].


[26]
Cf. Hans U. von Balthasar,
“Teología y santidad”,
en Communio 6 (1987), 486-493.

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Punto 23.
Esto es un fuerte
llamado de atención
para todos nosotros.


Tú también necesitas
concebir la totalidad
de tu vida como
una misión.

Inténtalo escuchando
a Dios en la oración
y reconociendo
los signos que
Él te da.

Pregúntale siempre al Espíritu
qué espera Jesús de ti
en cada momento de
tu existencia y
en cada opción
que debas tomar,
para discernir
el lugar que eso ocupa
en tu propia misión.

Y permítele que forje en ti
ese misterio personal
que refleje a Jesucristo
en el mundo de hoy.

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Punto 24.
Ojalá puedas reconocer
cuál es esa palabra,
ese mensaje de Jesús
que Dios quiere decir
al mundo con tu vida.


Déjate transformar,
déjate renovar
por el Espíritu,
para que eso
sea posible,
y así tu preciosa misión
no se malogrará.

El Señor la cumplirá también
en medio de tus errores
y malos momentos,
con tal que no abandones
el camino del amor
y estés siempre abierto
a su acción sobrenatural
que purifica e ilumina.

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LA ACTIVIDAD QUE SANTIFICA

Punto 25.
Como no puedes entender a Cristo
sin el reino que Él vino a traer,

tu propia misión es inseparable
de la construcción de ese reino:
«Buscad sobre todo
el reino de Dios
y su justicia»

(Mt6,33).

Tu identificación
con Cristo
y sus deseos,
implica el empeño
por construir, con Él,
ese reino de amor,
justicia y paz para todos.

Cristo mismo
quiere vivirlo contigo,
en todos los esfuerzos
o renuncias que implique,
y también en las alegrías
y en la fecundidad
que te ofrezca.

Por lo tanto,
no te santificarás
sin entregarte
en cuerpo y alma
para dar
lo mejor de ti
en ese empeño.

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Punto 26.
No es sano
amar el silencio
y rehuir el encuentro
con el otro,

desear el descanso
y rechazar la actividad,
buscar la oración
y menospreciar
el servicio.

Todo puede ser
aceptado e integrado
como parte de
la propia existencia
en este mundo,
y se incorpora
en el camino
de santificación.

Somos llamados a vivir
la contemplación también
en medio de la acción,
y nos santificamos
en el ejercicio
responsable
y generoso
de la propia
misión.

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Punto 27.
¿Acaso el Espíritu Santo
puede lanzarnos
a cumplir una misión

y al mismo tiempo
pedirnos que
escapemos de ella,
o que evitemos
entregarnos
totalmente
para preservar
la paz interior?

Sin embargo,
a veces
tenemos
la tentación
de relegar
la entrega pastoral
o el compromiso
en el mundo
a un lugar
secundario,
como si fueran
«distracciones»
en el camino de
la santificación y
de la paz interior.

Se olvida que
«no es que
la vida tenga
una misión,
sino que
es misión»[27].



[27]
Xavier Zubiri,
Naturaleza, historia, Dios,
Madrid 19993, 427.

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Punto 28.
Una tarea movida
por la ansiedad,
el orgullo,
la necesidad
de aparecer y
de dominar,
ciertamente
no será
santificadora.


El desafío es vivir
la propia entrega
de tal manera que
los esfuerzos tengan
un sentido evangélico
y nos identifiquen
más y más con Jesucristo.

De ahí que
suela hablarse,
por ejemplo,
de una espiritualidad
del catequista,
de una espiritualidad
del clero diocesano,
de una espiritualidad
del trabajo.

Por la misma razón,
en Evangelii gaudium
quise concluir con
una espiritualidad
de la misión
,
en Laudato si’ con
una espiritualidad
ecológica

y en Amoris laetitia con
una espiritualidad de
la vida familiar.


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Punto 29.
Esto no implica
despreciar
los momentos
de quietud,
soledad y
silencio
ante Dios.


Al contrario.

Porque las constantes novedades
de los recursos tecnológicos,
el atractivo de los viajes,
las innumerables ofertas
para el consumo,
a veces no dejan
espacios vacíos
donde resuene
la voz de Dios.

Todo se llena
de palabras,
de disfrutes
epidérmicos
y de ruidos con
una velocidad
siempre mayor.

Allí no reina la alegría
sino la insatisfacción
de quien no sabe
para qué vive.

¿Cómo no reconocer entonces
que necesitamos detener
esa carrera frenética
para recuperar
un espacio personal,
a veces doloroso
pero siempre fecundo,
donde se entabla
el diálogo sincero
con Dios?

En algún momento tendremos que
percibir de frente la propia verdad,
para dejarla invadir por el Señor,
y no siempre se logra esto si uno
«no se ve al borde del abismo
de la tentación más agobiante,
si no siente el vértigo del precipicio
del más desesperado abandono,
si no se encuentra absolutamente solo,
en la cima de la soledad
más radical»[28].


Así encontramos
las grandes
motivaciones
que nos impulsan
a vivir a fondo
las propias tareas.


[28]
Carlo M. Martini,
Las confesiones de Pedro,
Estella 1994, 76.

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Punto 30.
Los mismos recursos
de distracción que
invaden la vida actual
nos llevan también
a absolutizar
el tiempo libre,

en el cual podemos
utilizar sin límites
esos dispositivos
que nos brindan
entretenimiento
o placeres
efímeros[29].

Como consecuencia,
es la propia misión
la que se resiente,
es el compromiso
el que se debilita,
es el servicio
generoso
y disponible
el que comienza
a retacearse.

Eso desnaturaliza
la experiencia espiritual.

¿Puede ser sano
un fervor espiritual
que conviva con
una acedia en
la acción
evangelizadora
o en el servicio
a los otros?


[29]
Es necesario distinguir
esta distracción superficial,
de una sana cultura del ocio,
que nos abre al otro y a la realidad
con un espíritu disponible
y contemplativo.

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Punto 31.
Nos hace falta
un espíritu
de santidad
que impregne
tanto la soledad
como el servicio,

tanto la intimidad
como la tarea
evangelizadora,
de manera que
cada instante
sea expresión
de amor entregado
bajo la mirada
del Señor.

De este modo,
todos los momentos
serán escalones
en nuestro camino
de santificación.

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Para ver el texto completo, pulsar en:
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FELISA PISABARRO
 
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